lunes, 22 de diciembre de 2008
Publicado por Quiquebo @ 7:30  | Viaje hacia el amor
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CAPÍTULO XX

LA HISTORIA MÁS HERMOSA


Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
medulas, que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, más tendrá sentido;
polvo serán, más polvo enamorado.
(Francisco de Quevedo; España, 1580 – 1645)

 El silencio presidió la mayor parte de la cena. Teté lanzaba miradas de vez en cuando a su hermano. No podía quitarse de la cabeza la conversación que habían mantenido sentados afuera. ¿Guille llorando? ¿Y esa sensación que sintió cuando él le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí, mientras ella descansaba la cabeza en su hombro? Y luego cuando se miraron a los ojos. De nuevo habían estado a punto de besarse. Como el día en la nieve, cuando él encima y ella debajo, le pareció natural e inevitable que terminaran besándose. Cuando él fue descendiendo lentamente su cabeza acercándose a la suya, pensó que lo más lógico y, sobre todo lo natural, era que terminaran besándose. Si no hubiera sido por Humberto, como ahora por Sara, lo hubieran hecho. ¿Pero que demonios te pasa, Teté?, se dijo a sí misma. Cuando te besa Humberto pierdes el sentido, se repitió; casi te desmayas cada vez, todo te da vueltas. ¿Por qué quieres que te bese Guille? ¡Dios, ¿qué me está pasando?! Aquella tontería de los celos ya pasó. No, no son celos. ¿De quién iban a ser? Pero me gustaría que me abrazará, reconoció, reposar en sus brazos y que me besara. ¿Pero qué digo? Sí, sí. Y cuando él estaba llorando me hubiera gustado abrazarle yo y besarle en los ojos y acunarle. ¿Dios mío, qué me está pasando?, se repitió de nuevo.

 –Sara –dijo Guille, interrumpiendo los pensamientos de su hermana–, este mediodía nos dijiste que la casa abandonada donde pasamos la noche había sido la tuya o la de tus padres.

 –Bueno –dijo ella–, eso es preguntarme por mi vida, por nuestra vida.

 –Espera –intervino Mateo–. Vamos a recoger y luego continuamos hablando.

 Así lo hicieron; recogieron todos los platos y los cubiertos, y después de dejarlos en la cocina, se prepararon unos vasos de leche caliente. Luego cuando Guille y Teté iban a sentarse en el sofá, Mateo les detuvo.

 –No, no, esperad –le dijo–, vamos a acercar el sofá y los sillones y vamos a sentarnos sobre la alfombra, cerca del fuego. Así el sofá y los sillones nos servirán de respaldo. A mí –continuó– me encanta hablar mirando el fuego.

 Hicieron tal como había dicho Mateo. Teté se sentó junto a su hermano, apoyándose un poco lateralmente en él.

 –La verdad –comenzó Mateo–, es que no sé por dónde empezar. Sara y yo íbamos al mismo colegio, aunque me parece que nunca me había fijado demasiado en ella. O eso creo –dijo pensativo–. Pero un día –continuó– fue como si la viera por primera vez y me enamoré definitivamente. Como digo, nunca me había fijado en ella y todavía no sé por qué aquella mañana la vi diferente. Ella estaba junto a la ventana. El sol entraba por ella e iluminaba su pelo, su largo pelo. Como el tuyo –dijo dirigiéndose a Teté–. Pero rubio, hermosamente rubio. Fue el momento más desgraciado de mi vida. Cuando fui consciente de su existencia y también cuando fui consciente de que yo no existía para ella. ¿Cómo era posible que hubiera pasado desapercibida para mí hasta entonces? ¿Y cómo era posible que ahora se me revelara en todo su esplendor, en toda su hermosura? En el recreo la continué observando, mientras hablaba con su grupo de amigas. Sólo se acercaron un par de chicos, los más guapos, intentando entablar conversación, que ella despachó rápidamente. Eso me descorazonó aún más. ¿Qué probabilidades tenía yo frente a una chica que despreciaba a los chicos más populares? Aquel curso fue el peor de todos mis estudios. Me pasaba los días observándola sin que se diera cuenta, o eso creía yo. Mis amigos no entendían por qué estaba tan ido y tan absorto. En broma me decían que estaba enamorado, y no sabían cuanta razón tenían. Aprobé por los pelos el curso. Durante el verano fuimos de campamento. En una de las pocas excursiones en que fuimos chicos y chicas, ella se perdió. Cuando volvimos nos dimos cuenta que ella no estaba. Se había perdido. Mi corazón dio un vuelco y en mi desesperación salí a buscarla cuando la tarde comenzaba a caer. No me preguntéis cómo, ni por qué pero la encontré, con el tobillo torcido, se había dormido por el cansancio. Cuando la desperté, inesperadamente, se abrazó a mí mientras me besaba impulsivamente. Yo también la besé y nos declaramos nuestro amor. También ella se había fijado en mí hacía tiempo.  Cuando la besé y le dije que la quería, sus ojos brillaron de una forma tan especial que nunca podré olvidarlos. En ellos vi resumida toda la chispa y el amor del mundo.

 Mateo calló durante unos segundos, para mirar a Sara. Ella le sonrió, mientras movía su cabeza en un gesto afirmativo.

 –Yo –dijo Sara– estaba soñando con él cuando me despertó. Creo que sólo otras dos veces he sido tan feliz como entonces, al ver al chico del que estaba enamorada cuando abrí los ojos. No pude contenerme y empecé a besarlo con desesperación, sin saber siquiera si él me correspondía.

 –Luego –continuó Mateo– como anochecía y ella tenía el tobillo muy hinchado pasamos la noche en una cabaña de cazadores. Ella durmió dentro y yo fuera en una hamaca que encontramos. Pero durante un rato estuvimos juntos, abrazados, confesándonos nuestro amor. Por la mañana la llevé a cuestas hasta el campamento. Llegué de milagro, estaba más lejos de lo que pensaba y llegué agotado y medio deshidratado.

 –Y yo –reconoció Sara–, todavía le quise más. Sobre todo después por la tarde en la enfermería, cuando me contó todos sus temores e inquietudes, todos sus miedos y dudas que hacían referencia a nuestro amor y a cómo se lo tomarían nuestros padres y nuestros amigos.

 –Así fue –dijo Mateo–, nuestro enamoramiento y nuestra declaración mutua de amor. Jamás la olvidaré. Nunca olvidaré esa mirada, ese brillo en sus ojos, tan especial, cuando le dije que la quería, que estaba loco por ella.

 –El resto del instituto –continuó Mateo–, fue maravilloso. Poder verla cada día, poder besarla y abrazarla aunque fuera a escondidas, cogerla de la mano cuando salíamos juntos a pasear. El día que decidimos hacer el amor por primera vez –la miró sonriendo–, regresamos a la cabaña de cazadores para realizarlo allí. Y fue maravilloso. Teníamos 16 años, pero yo sabía que iba a quererla durante el resto de mi vida.

 –Y yo –añadió ella–, sabía que él era el hombre de mi vida, que jamás podría querer a otro que no fuera él. Cuando me besaba, cuando me abrazaba todo mi cuerpo se estremecía, temblaba como una hoja mecida por el viento. Cuando me leía una poesía era capaz de hacerme llorar de tristeza, de melancolía o de amor. Cuando sus ojos miraban fijamente los míos, sabía que no podía esconderle nada dentro de mí corazón. Tenía, y aún tiene, la capacidad de ver dentro de mí como a través de un cristal. Jamás pude esconderle un secreto más allá de unos segundos de su mirada.

 Sentados junto al fuego, Teté se había ido aproximando a Guille, hasta que con las piernas recogidas y cruzadas sobre el suelo apoyó su espalda en el pecho de su hermano, mientras él le pasaba los brazos por su cintura y le depositaba un beso en la sien. Mateo y Sara intercambiaron una mirada de complicidad y de extrañeza.

 –Se lo ocultamos a nuestros padres –continuó Mateo–, pero al final nos descubrieron un día los padres de ella besándonos. La verdad es que lo pasamos muy mal. Ninguno de nuestros padres aprobó nuestro amor. Decían que éramos demasiado jóvenes y todas esas cosa. Menos mal que nunca supieron que habíamos hecho el amor. La verdad es que no desistimos. Decidimos hacer ver que aceptábamos sus deseos, pero lo cierto es que nos continuábamos viendo cuando podíamos. Y entonces los besos y las caricias eran más dulces, porque eran más escasos. Yo le propuse a mi padre dejar de estudiar y comenzar a trabajar. Él no se opuso, era de los que creía que la educación no sirve para nada. Pero nosotros lo habíamos hablado y pensamos que en los tres años que me quedaban hasta los 18 me dedicaría a ahorrar todo lo que pudiera.

 –Lo decidimos –intervino Sara–, pero yo no estaba muy de acuerdo. Pensé que debía continuar estudiando, pero la verdad es que los razonamientos que me hizo fueron muy difíciles de rebatir. Además –dijo Sara mirando a Mateo a los ojos–, yo confiaba ciegamente en él, confío ciegamente en él –rectificó.

 Mateo le cogió la mano a Sara mientras la besaba en la mejilla y luego tiernamente en los labios. De forma inconsciente Teté se apretó más contra Guille. Tirando la cabeza un poco hacia atrás dejó su mejilla junto a la de su hermano. Sara no se perdía ninguno de sus movimientos junto a Guille. Vio que Teté se encontraba totalmente relajada y abandonada en los brazos de su hermano. Mientras tanto Mateo continuó:

 –Fueron tres años muy duros. Trabajando sin parar por un jornal mísero. A los jóvenes de nuestra edad no se les pagaba casi nada. Pero poco a poco conseguí ahorrar un poco de dinero. Nos continuábamos viendo en secreto. Sólo lo sabían mis amigos y sus amigas que nos cubrían todo lo posible. Nos veíamos en las fiestas de los pueblos de los alrededores. Entonces bailábamos toda la noche o nos tumbábamos sobre la hierba del campo abrazados, y nos contábamos lo que nos había sucedido desde la última vez. O llorábamos los dos por nuestra suerte y sobre todo cuando nos teníamos que separar. Así pasamos como pudimos hasta que cumplimos 18 años. Entonces nos escapamos.

 –¿Os escapasteis? –preguntó interesada Teté al tiempo que cogía las manos de Guille que reposaban sobre su  vientre.

 –Qué fuerte, ¿no? –exclamó Guille.

 –Nos fuimos a León –continuó Mateo–. Ahora puede decirse que está aquí mismo, pero entonces que no había carreteras ni casi automóviles, eso significaba todo un mundo de por medio. Sabíamos que difícilmente podrían encontrarnos. Alquilamos una habitación y yo encontré trabajo en una explotación que había fuera del pueblo. En aquellos años –dijo Mateo al ver la expresión de Guille–, León no era más que un pueblo. Continuamos ahorrando todo lo que pudimos porque sabía que cuando cumpliera los 21 años debería ir al servicio militar y ella se quedaría sola mucho tiempo. Tenía que dejarle el dinero suficiente para que pudiera vivir durante todo ese período. Fueron años muy duros, trabajando y viviendo con lo justo, pero fueron años maravillosos. Teníamos poco, pero teníamos nuestro amor y nos teníamos a nosotros.

 Teté continuaba recostada sobre Guille, pero ahora jugaba con sus manos con los dedos de las manos de su hermano.

 –Así fueron pasando los años –dijo Sara–. Cuando llegó el momento terrible de la separación, él se fue al servicio militar y yo me quedé sola.

 Sara se acercó más a Mateo. Curiosamente ahora las dos parejas estaban prácticamente en la misma posición, Sara y Teté recostadas sobre Mateo y Guille, mientras estos las abrazaban por la cintura con sus manos.

 –Fue la etapa más terrible de mi vida. Lo destinaron a África. Nos escribíamos largas cartas, pero su ausencia era algo que tenía clavado en el corazón. Estaba tan lejos que era impensable que en uno de los cortos permisos que le daban pudiera venir hasta donde estaba yo. Fueron años terribles –volvió a reconocer Sara–. Pero aún recuerdo el día que volvió.

 Sara se calló, mirando a Mateo fijamente con una sonrisa en los labios. Este la besó en la mejilla. Inconscientemente, como acto reflejo, Guille hizo lo mismo con Teté besándola también en la mejilla. Esta no se opuso ni protesto, solamente cerró los ojos unos instantes, para luego continuar escuchando la historia de Mateo y Sara.

 –El día en que volvió –continuó Sara–, llamó a la puerta sin que yo supiera que era él.  Yo desconocía el día que iba a volver. Al verlo allí en el umbral de la puerta estuve a punto de desmayarme. Creo que si él no me hubiera cogido, me hubiera caído al suelo. Todo mi cuerpo se estremeció y comencé a temblar. No podía parar las lágrimas. Él me cogió en brazos y, bueno . . ., ya podéis imaginaros el resto. Fue otro de los días más maravillosos de mi vida.

 –A partir de entonces las cosas comenzaron a mejorar –continuó ahora Mateo–. Un tío mío nos vio en León y se lo dijo a mi padre y un día éste se presentó por la noche en nuestra casa. Nos reconciliamos. Me dijo que si habíamos podido superar tantas cosas en esos años, era claro que estábamos hechos el uno para el otro. Nos pidió que volviéramos aquí. Mi madre estaba enferma y los dos se encontraban muy solos. Así que decidimos volver.

 –A los que les costó más aceptar la situación fue a mis padres –dijo Sara–. Bueno, en realidad a mi padre, porque mi madre lo aceptó casi de inmediato.

 –Las cosas fueron arreglándose –repitió Mateo–. Con el dinero que aún teníamos nosotros modernizamos un poco la casa y compramos más terrenos. Éramos felices –dijo triunfalmente Mateo–, y el tiempo fue pasando, aunque para mí se había detenido por el hecho de poder estar con ella de forma normal y definitiva. Luego con el tiempo mis padres murieron y me dejaron la finca. Cuando murieron los suyos también nos dejaron la suya, pero la distancia que había entre las dos y la gran cantidad de terreno que significaba para que nos encargáramos nosotros, hizo que la vendiéramos y utilizamos el dinero para mejorar las comodidades de esta. Es la casa abandonada en la que pasasteis la noche ayer.

 –¿Y no tuvisteis hijos? –preguntó Teté.

 –No –dijo Sara–. Lo intentamos muchas veces pero no fue posible –fue la única sombra de tristeza que Guille y Teté vieron en sus caras, aunque sólo duró unos instantes.

 –Ante ese hecho –dijo Mateo–. Pensamos que no valía la pena continuar agrandando la finca. Tal como estaba nos daba el dinero suficiente para vivir bien, así que la dejamos tal como estaba, tal como está ahora.

 –Pero cuanto más grande –dijo Guille–, les hubiera dado más beneficios.

 –¿Para qué? –preguntó Mateo–. Teníamos lo que queríamos, es decir, a nosotros. Vivíamos bien. ¿Para qué queríamos más? No deseaba pasarme trabajando todo el día, sino lo justo para continuar como estábamos y tener más tiempo para estar juntos.

 –Así hemos vivido –intervino Sara– hasta ahora. Así continuaremos viviendo.

 –Que historia más hermosa –reconoció Teté–. A mí me gustaría vivir un amor así.

 –Sólo tienes que encontrar la persona adecuada, y una vez encontrada entregarte a ella con todas tus fuerzas, amarla con toda tu alma –sentenció Sara–. Aunque no sé por qué tus ojos me dicen que ya la has encontrado o que estás a punto de encontrarla.

 Ante ese comentario Guille se puso serio y retiró sus brazos de la cintura de su hermana. Mateo y Sara se levantaron.

 –Bueno, creo que ya es hora de que os vayáis a la cama –dijo Mateo–. Mañana os acercaré hasta la carretera nacional.

FIN DEL CAPÍTULO


 


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lunes, 15 de diciembre de 2008
Publicado por Quiquebo @ 6:50
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CAPÍTULO XIX

AL ATARDECER LA MELANCOLÍA


Pocas cosas más claras me ha ofrecido la vida
que esta maravillosa libertad de quererte.
Ser libre en este amor más allá de la herida
que la aurora me abrió, que no cierra la muerte.

Porque mi amor no tiene ni horas ni medida,
sino una larga espera para reconocerte,
sino una larga noche para volver a verte,
sino un dulce cansancio por la senda escondida.

No tengo sino labios para decir tu nombre;
no tengo sino venas para que tu latido
pueda medir mi tiempo sin soledad un día.

Y así voy aceptando mi destino, el de un hombre
que sabe sonreírle al rayo que lo ha herido
y que en la tierra espera que vuelva su alegría.
(Antonio Carvajal; España, 1943)


 DESPUÉS DE tapar y arropar a su hermana, Guille se incorporó para dirigirse a Sara.

 –¿Puedo ayudarte en algo? –preguntó Guille.

 –No, no. De momento no hace falta. Ve a ver si puedes ayudar a Mateo.

 –¿Dónde está?

 –A esta hora debe estar en el establo.

 Guillermo salió al exterior. La tarde estaba clara y el sol aunque comenzaba a descender, todavía calentaba la piel. Mateo se encontraba efectivamente en el establo.

 –Hola –dijo Guille–, ¿puedo ayudarte?

 –¿De verdad quieres, o es sólo cortesía? –preguntó riendo Mateo.

 –No, de verdad. No sé que hacer. Teté se ha quedado dormida en el sofá y Sara dice que no hace falta que la ayude.

 –Tu hermana parece una chica muy simpática –dijo Mateo.

 –Cuando quiere –reconoció Guille

 –Mira hay que cambiar la paja a todos los animales –dijo Mateo–. Allí hay una carreta y una horquilla, puedes comenzar a quitársela por aquí. Luego la vas dejando allí. ¿Qué quieres decir con “cuando quiere”? –continuó Mateo haciendo referencia a Teté.

 –Que a veces puede llegar a ser muy irritante.

 –Bueno, pero eso nos pasa a todos ¿no?

 –Supongo, pero ella es la reina en eso. Puede ser muy cruel cuando quiere.

 –Aunque quede un poco de la sucia no pasa nada –le dijo Mateo–. Vaya, ¿tan mala es?

 –No, no –rectificó Guille inmediatamente–. No es mala. Todo lo contrario, tiene un gran corazón, y es sensible. Pero ella y yo no nos llevamos muy bien.

 –Pues no me lo ha parecido. Yo he creído ver que te preocupabas mucho por ella. No os llevaréis tan mal como dices.

 –Si . . ., bueno . . ., desde que nos hemos quedado solos procuro no irritarla demasiado, aunque no siempre lo consigo. Soy bastante estúpido a veces –reconoció.

 –Ahora coge la carreta y sígueme, vamos a buscar paja limpia –le dijo Mateo mientras se dirigían al exterior–. ¿Y por qué os peleáis?

 –Bueno a ella no le gustaba la chica con la que yo salía –se sinceró Guille–. Y a mí no me gusta el chico con el que ella sale ahora.

 –Pero ¿a ti que más te da? Ella estará enamorada de él, ¿no?

 –Supongo que sí –reconoció Guille.

 –Entonces, ¿cuál es el problema? –continuó preguntando Mateo.

 –Que la trata a patadas. Es como si ella fuera su criada. No le tiene la más mínima consideración –Guille fue elevando el tono de voz mientras esta se volvía más agresiva; Mateo no dejaba de observarlo mientras cargaba la paja limpia en la carreta–. ¿Cómo puede ser que Teté se haya enamorado de un tipo así? –se preguntó Guille–. Ya sé que es tractivo y todo eso, pero ¡joder! hay otras cosas ¿no? aparte de estas.

 –Ahora la misma operación pero dejando la paja limpia –dijo Mateo–. Bueno, también debe tenerlas cuando a tu hermana le gusta –continuó Mateo con el tema de Guille–. No parece que Teté sea una chica que no sepa lo que quiere, ¿no crees?

 –No lo sé. Yo pienso que en realidad no está enamorad de él.

 –¿Ah no? –preguntó con una sonrisa que no pudo distinguir Guille–. ¿Entonces que piensas?

 –Creo que se ha encaprichado de él, pero en realidad no está enamorada.

 –Ya, bueno, en realidad a ti eso no debe preocuparte demasiado. Yo creo que ella sabrá lo que le conviene.

 –Eso es cierto –reconoció Guille–. Pero no quiero que le hagan daño. No me gustaría verla sufrir por un tipo que no se la merece.

 –Bueno ya hemos terminado –dijo Mateo–. Vamos a prepararnos para la cena.

 –Pero si es muy pronto –dijo Guille.

 –Aquí en el campo se cena pronto –explicó Mateo–. Y luego hacemos la sobremesa, explicando alguna historia junto al fuego antes de irnos a dormir.


 CUANDO TETÉ se despertó, vio a Sara sentada junto a la ventana cosiendo alguna prenda de ropa. Se quitó la manta y se puso los calcetines y las zapatillas antes de levantarse.

 –¿Has dormido bien? –le preguntó Sara.

 –Muy bien –dijo Teté desperezándose–. Y lo mejor: los pies ya no me duelen como antes. ¡Qué maravilla de masaje! ¿Dónde está Guille? –preguntó mirando a su alrededor.

 –Ha ido a ayudar a Mateo en el establo.

 –¿Puedo yo ayudarte en algo? –preguntó Teté.

 –Bueno, mientras yo termino de zurcir estos calcetines de Mateo, podrías ir pelando unas patatas para la cena, si quieres, claro.

 –Por su puesto que sí –asintió Teté.

 Mientras continuaban sus respectivos trabajos, Sara comenzó a preguntarle a Teté por su casa y sus amigos, por su vida y sus actividades. Poco a poco fue llevando la conversación hacia el tema que le interesaba. El desmesurado interés de su hermano por Teté, todas sus atenciones, su forma de cuidarla y protegerla, preocupaban a Sara. Así que con sus preguntas fue acercándose a la cuestión que más le interesaba: Guillermo.

 –¿Guille? –preguntó Teté–. Guille es un cafre y un gamberro.

 –No es esa la sensación que me ha dado a mí –dijo extrañada Sara.

 –Bueno, la verdad es que ahora no lo es –reconoció Teté.

 –¿Cómo que ahora no lo es?

 –Quiero decir que desde hace un tiempo ya no es el gamberro que era. Desde que nos quedamos solos se ha portado muy bien conmigo. Si no hubiera sido por él, yo no sé que hubiera hecho. La verdad es que siempre se ha preocupado de mí –reconoció pensativa.

 –¡Ah! –dijo Sara–. ¿Y por qué crees que debe ser que ya no es tan gamberro como dices que era?

 –Pues no lo sé. No había pensado en ello.

 –¿Y desde cuando no lo es? –volvió Sara a la carga.

 –Pues desde . . ., desde . . . que se enamoró –tuvo que reconocer Teté.

 –Vaya. ¿Así que está enamorado?

 –Sí. Bueno, eso creo.

 –¿Y de quién? –continuó insistiendo Sara.

 Las preguntas de Sara cada vez resultaban más incómodas para Teté, pero eran tan lógicas, o al menos a ella se lo parecían, que no podía eludirlas.

 –Bueno –dijo Teté–, él está saliendo con una chica de su clase. Pero creo que está enamorado de otra.

 –Vaya lío, ¿no? –dijo Sara– ¿Por qué salir con una si estás enamorado de otra?

 –Es que la otra, cuando se le declaró le rechazó –dijo Teté aunque no le contó el resto de la historia.

 –¡Vaya por Dios! ¿Y sale ahora con esta por despecho?

 –Por despecho o por pecho –ironizó Teté.

 –¿Cómo dices? No entiendo.

 –No, bueno . . ., era una broma. Es que la chica con la que sale tiene abundancia de . . . –balbuceó mientras con sus manos parecía hincharse los pechos–, bueno . . ., ya sabes, que tiene unas tetas impresionantes –dijo finalmente.

 –¡Ah, ya! –asintió Sara–. Pero no se olvida un amor con unas tetas, ¿no crees?

 –¿Qué quieres decir? –preguntó Teté intrigada.

 –Que si realmente estaba enamorado de esa chica, dudo mucho que la haya dejado de amar por unas tetas.

 –¿Crees que todavía está enamorado de la primera? –preguntó de nuevo Teté.

 –Bueno, yo no lo sé –reconoció Sara mirando fijamente a los ojos de Teté–. Pero si es verdad lo que tú dices, estoy segura que todavía continúa queriéndola.

 Las dos callaron durante unos instantes. Sara no perdía ojo a cualquier reacción de Teté, mientras esta última se sentía ligeramente turbada por las revelaciones que le había hecho Sara.

 –¿Sabes? He conocido bastantes hermanos y vosotros sois la primera pareja que os veo realmente preocupados e interesados el uno por el otro –dijo Sara, mientras observaba como Teté se sonrojaba–. Sobre todo tu hermano; creo que si alguien intentara acercarse a ti con intención de hacerte daño no dudaría en tirársele al cuello a morderle –dijo riéndose–. Bueno, ya lo comprobaste ayer. ¿Y tú? –continuó Sara cambiando de tema–. ¿También tienes novio? ¿Sales con alguien?

 –Sí, salgo con un chico de un curso superior al mío.

 –¿Qué bien, no?

 –Sí, es guapísimo, y rubio –dijo Teté sin mucha convicción–. Guille no lo soporta, dice que es un pijo. Pero en realidad sé que lo que pasa es que le tiene envidia.

 –¿Envidia, por qué? –se extrañó Sara.

 –Porque sale conmigo –reconoció Teté, aunque inmediatamente se dio cuenta del error que había cometido.

 –¿Me estás diciendo que Guille está celoso de tu novio? –Sara iba derecha al meollo de la cuestión.

 –No, no –Teté se percató que a Sara no se le escapaba nada–. Es que no se llevan bien y claro . . ., siempre nos estamos peleando por culpa de él.

 Teté empezaba a encontrarse extremadamente violenta con la conversación. Extrañamente Sara tenía una facilidad pasmosa para acercarse a la realidad de la historia. Mateo y Guille la salvaron cuando ya se veía perdida ante Sara.

 –Bueno –dijo Mateo–. Será cuestión de comenzar a preparar la cena.

 –Sí –dijo Sara–. Nosotras vamos a ello, mientras vosotros os laváis y arregláis un poco.

 –Si –dijo Teté riéndose– hueles fatal, Guille.

 –A trabajo y a establo –reconoció Mateo–. Anda, venga vámonos a lavar.

 –Subid y no tardéis –dijo Sara–, que luego se duchará Teté.

 –De acuerdo –dijeron los dos.


 CUANDO TETÉ terminó de ducharse bajó de nuevo al salón. Mateo estaba poniendo la mesa, mientras Sara continuaba trasteando en la cocina.

 –¿Puedo ayudaros? –preguntó Teté.

 –No es necesario –dijo Mateo–. Ya lo tenemos todo preparado, aunque para cenar aún falta una media hora.

 –¿Y Guille? –preguntó ella mirando a su alrededor.

 –A dicho que iba a ver la puesta de sol.

 –Voy a ver si lo encuentro –dijo Teté cogiendo el anorak.

 Salió al exterior mientras se abrochaba la cremallera del chaquetón al tiempo que buscaba a su hermano con la vista. Lo vio sentado sobre un pequeño muro de obra de no más de un metro de altura. Se acercó a él colocándose enfrente.

 –Ayúdame a subir –le dijo.

 Guille le extendió su mano. Ella se la cogió mientras con un pie apoyado en el muro se daba impulso para subir. Se quedó sentada junto a Guille. El sol todavía estaba entero en el horizonte. Sin embargo, su rojizo resplandor era suficientemente apagado como para poder mirarlo directamente. Junto a él algunos jirones de nubes negras lo acompañaban,

 –Qué hermoso, ¿verdad? –dijo Guille–. Es realmente bonito. Eso no se ve en Madrid.

 Callaron los dos mientras el sol iba lentamente escondiéndose en el horizonte.

 –¿Sabes? Mirando eso, no sé porque, me siento melancólico –dijo Guille–. Siento que una tristeza inexplicable me coge el estómago y me sube por el pecho hasta los ojos, haciéndome saltar las lágrimas –calló de nuevo unos instantes, para luego continua: –La verdad es que no lo entiendo.

 Teté se asombró de oír a su hermano diciendo estas cosas, expresando esos sentimientos. Giró su cara para ver el rostro de Guille y comprobó extrañada que una lágrima se deslizaba por su mejilla. Aún sin poder creérselo alargó su mano para tocarla con su dedo.

 –¡Estás llorando! –exclamó Teté.

 –¿Creías que no soy capaz de llorar? –preguntó Guille tristemente–. Soy un ser humano como los demás, ¿sabes? Y me duelen las mismas cosas, y me alegro con las mismas cosas. Y me hieren las mismas cosas que los demás –calló durante unos instantes para luego continuar: –ya sé que piensas que  soy un cafre y un insensible, y como me dijiste una vez en lugar de besar seguro que muerdo. Quizá sea verdad. Pero ahora viendo este paisaje tengo ganas de llorar.

 –Pero . . . ¿por qué? –preguntó su hermana todavía impresionada por las palabras de su hermano. La referencia a lo que le había dicho cuando él le declaró su amor la hizo sentir culpable.

 –No lo sé –reconoció él–. En estos momentos me siento triste, sólo y perdido en un mundo demasiado grande para mí.

 Guille notó como un escalofrío recorría el cuerpo de su hermana. Limpiándose las lágrimas con su mano, le preguntó:

 –¿Tienes frío?

 –Un poco –reconoció ella.

 Guille le pasó el brazo por sobre los hombros, mientras la acercaba más a él. Ninguno de los dos era consciente que estaban siendo observados de forma atenta.

 –Míralos –dijo Sara mientras Mateo se acercaba a la ventana.

 Teté se acercó más a Guille reposando su cabeza lateralmente en el hombro de su hermano.

 –¿Crees que están enamorados? –le preguntó Mateo.

 –Él desde luego que sí –afirmó Sara–. Y ella estoy casi convencida que también, aunque intenta negárselo a ella misma.

 –¿Qué podemos hacer? –preguntó de nuevo Mateo–. Tienen derecho a escoger su destino.

 –Pero Mateo, son hermanos –se excusó Sara–. Me pregunto si no habrán escapado por este motivo.

 –¿Crees que los alcanzaremos? –preguntó Teté ajena a la conversación entre Mateo y Sara.

 –Desde luego que sí –reconoció Guille–. Te prometo que llegarás a Santiago para encontrarte con tus amigos.

      Y para abrazarte con tu Humberto, pensó Guille, sin ira, aunque con desconsuelo y abatimiento.
     
      –Gracias Guille –dijo ella mientras le miraba a los ojos.
     
      También Guille miró la profundidad de esos maravillosos ojos que lo habían cautivado desde el mismo principio que los contempló. Lentamente acercó sus labios a los de ella, mientras los dos se miraban alternativamente a los ojos y a sus bocas.

 –¡Guille! ¡Teté! –gritó una voz detrás de ellos–. ¡A cenar!

 Se separaron rápidamente mientras Sara aparecía en el quicio de la puerta.

 –Vamos –dijo Guille mientras ayudaba a descender a su hermana.

 Entraron en la casa. A sus espaldas no pudieron observar la mirada de desaprobación que Mateo dirigió a su mujer. Esta, sin embargo, tenía una expresión entre preocupada y asustada.

FIN DEL CAPÍTULO


 


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martes, 09 de diciembre de 2008
Publicado por Quiquebo @ 6:43
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CAPÍTULO XVIII

LA CASA DE LA BELLEZA CREPUSCULAR

Cuando de mí no quede sino un árbol,
cuando mis huesos se hayan esparcido
bajo la tierra madre;
cuando de ti no quede sino una rosa blanca
que se nutrió de aquello que tú fuiste
y haya zarpado ya con mil brisas distintas
el aliento del beso que hoy bebemos;
cuando ya nuestros nombres
sean sonidos sin eco
dormidos en la sombra de un olvido insondable;
tú seguirás viviendo en la belleza de la rosa,
como yo en el follaje del árbol
y nuestro amor en el murmullo de la brisa.
(Miguel Otero Silva; Venezuela, 1908 – 1985)


 –BUENOS DÍAS –dijo Guille a su hermana.

 Cuando esta abrió los ojos pudo ver a su hermano sentado en el suelo, junto a ella.

 –¿Has dormido bien? –se interesó él.

 –No mucho –reconoció–. Me he despertado varias veces. Y he tenido un sueño –dijo recordándolo de pronto.

 –Debía ser una pesadilla –dijo Guille–. Te agitabas tanto que estuve a punto de despertarte.

 –Sí –asintió ella–. Era una pesadilla. Bueno –rectificó–, luego terminó bien.

 –Anda, vístete –le dijo su hermano, dándose la vuelta.

 Teté abrió el saco y fue vistiéndose lentamente mientras de vez en cuando iba mirando a Guille que continuaba inmóvil de espaldas a ella. Sin saber cómo ni por qué sintió como de pronto la invadía un intenso sentimiento de gratitud hacia su hermano. Cuando terminó de vestirse se acercó a él por la espalda y le pasó los brazos por el cuello.

 –¿No has dormido nada en toda la noche? –le preguntó.

 –La verdad es que he intentado dar alguna cabezada –mintió sintiendo como el rubor acudía a su cara, al sentir el cuerpo de Teté apretado junto al suyo–. Pero estaba tan nervioso que no he podido. Bueno –continuó cambiando de conversación–, vamos a recoger y a ver si encontramos la carretera nacional.

 Después de colocarse los anoraks y las mochilas salieron de la casa y comenzaron a caminar, aunque sin saber muy bien hacia dónde. Al cabo de un buen rato, Guille oyó a su hermana que se quejaba.

 –Guille, tengo hambre.

 –Y yo –reconoció él–. Pero no nos queda nada. Vamos a continuar a ver si encontramos la carretera.

 Después de un par de horas de andar por caminos de tierra, divisaron a lo lejos una nueva casa muy parecida a la de la noche anterior.

      –Mira –le dijo Guille–. Allí se ve otra casa.

 –Guille, por favor –le rogó ella–. Por favor, ve con cuidado.

 Su hermano se volvió hacia ella. Acercándose le cogió la cara, colocándole el pelo detrás de las orejas, primero con una mano y después con la otra.

 –Vamos, Teté –le dijo–. No todas las personas del mundo son malas.

 –Ya lo sé –afirmó su hermana–. Sólo te pido que vayamos con cuidado.

 –De acuerdo –aceptó él–. Te lo prometo. Nos acercaremos poco a poco y antes de hacer nada observaremos.

 Fueron, efectivamente, acercándose lentamente a la casa, prácticamente ocultos por los árboles. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca vieron que en la parte frontal de la casa, enlosada con unas grandes piedras, un hombre afilaba una hoz con una piedra de esmeril. Debían ser casi las doce del mediodía y el sol, a pesar del ambiente frío, calentaba cada vez más.

 Mientras Guille y Teté observaban la escena ocultos, una mujer salió de la casa. Llevaba una lata de cerveza en la mano y acercándose al hombre por detrás le pasó los brazos por el cuello besándoselo. Este dejó la hoz y la piedra, y dándose la vuelta la cogió por la cintura y la besó en la boca apasionadamente. Teté se asombró, no por el hecho en sí, sino por la edad de los actores de la escena que acababan de presenciar. Ninguno de los dos debía tener menos de 60 años.

 Después de darle la lata de cerveza, cuando la mujer se giró para marcharse, el hombre la volvió a coger por la cintura y la obligó a darse la vuelta. Esta lo hizo con una gran sonrisa en los labios. El hombre la besó de nuevo en el cuello repetidamente mientras ella reía abiertamente.

 –Vamos –dijo Guille.

 –Pero . . ., pero . . ., Guille, no sabemos si . . . –intentó excusarse su hermana.

 –Vamos, Teté, son dos ancianos –reconoció Guille–. Y dos personas que se quieren así no pueden ser malos –concluyó saliendo de entre los árboles y acercándose a la pareja. Teté lo siguió sin protestar.

 –¡Hola! ¡Buenos días! –dijo Guille elevando la voz.

 –¡Buenos días! –respondió el hombre–. ¿Quiénes sois? –preguntó mientras continuaba sujetando a la mujer por la cintura.

 –Me llamo Guillermo –se adelantó Guille–. Y ella es mi hermana María Teresa –dijo alargando su mano hacia atrás sin mirar si Teté la había seguido. Cuando sintió que ella le cogía la mano, respiró aliviado al tiempo que se sintió capaz de afrontar lo que fuera necesario.

 –Encantados –dijo el hombre–. Mi nombre es Mateo y ella es mi mujer Sara. ¿Qué hacéis por aquí?

 –La verdad es que es una historia muy larga –dijo Guille.

 –Me encantan las historias largas –dijo Mateo riéndose–. Vamos dentro a descansar un rato y nos la contáis.

 –Bueno, yo . . ., no sé si . . . –vaciló Guille–. Deberíamos continuar si queremos alcanzar a nuestros compañeros.

 –¿Vuestros compañeros? –intervino Sara–. Nosotros no hemos visto a nadie.

 –Es que nos separamos de ellos hace dos días –reconoció Teté.

 –Bueno, bueno –reconoció Mateo–. Desde luego la historia parece interesante. Venga, vamos dentro y nos la contáis. Podéis quedaros a comer con nosotros. Últimamente no tenemos muchas visitas.

 –No tendrán por casualidad un teléfono –preguntó Guille sin ver la mirada de enfado que le dirigió Teté.

 –Pues no, lo sentimos –dijo Sara–. Parece ser que la línea se estropeó con la tormenta de ayer y no tenemos móviles. Nos gusta la soledad. ¿No habéis podido hablar con vuestros compañeros?

 –La verdad es que no –reconoció Guille.

 –Pero ¿por qué no habéis acudido a la policía o a la guardia civil? –preguntó Mateo.

 –Bueno, la verdad es que no hemos tenido ocasión de ello –mintió Guille, mientras Teté inconscientemente se refugiaba detrás de él.

 –Bien, os quedaréis a comer ¿verdad? –dijo Sara con expresión de suplica, observando el movimiento de Teté–. Por favor, para vosotros será un extra. Y para nosotros que vivimos solos también lo será; hace tiempo que no nos visita nadie.

 Guille se giró hacia Teté para saber si a esta le parecía bien la propuesta. Lo cierto era que no sabían dónde estaban y no tenían dinero. La oferta de quedarse a comer era interesante. Así lo comprendió Teté que le hizo un gesto afirmativo a Guille.

 –De acuerdo –dijo este–. Teté y yo nos quedaremos.

 –¿Teté? –preguntó Sara.

 –Es como me llaman todos –reconoció esta.

 –Son casi la una –dijo Sara–. Vamos dentro. Prepararemos la mesa y mientras comemos nos contáis vuestra historia.

 Entraron en la casa. El comedor era una estancia amplia y acogedora. La temperatura era agradable, por lo que Guille y Teté se quitaron las mochilas y los anoraks.

 –Venid –les dijo Sara–. Podéis lavaros un poco antes de comer. No podéis ducharos porque con la lluvia de anoche se nos fue la luz y no ha vuelto hasta hace poco. Así que el calentador –continuó Sara– no estará en condiciones hasta las 6 o las 7 de la tarde.

 Los condujo a un baño donde pudieron lavarse las manos y la cara, aunque con agua fría. Cuando volvieron al comedor, vieron que la mesa ya estaba puesta.

 –Tenemos potaje de legumbres –anunció Mateo–. Y después unas costillas a la brasa. ¿Os va bien? –les preguntó.

 –Estupendo –dijeron los dos sentándose a la mesa.

 Durante la comida Mateo y Sara les fueron preguntando por su historia. El recelo inicial se había diluido y tanto Guille como sobre todo Teté, le fueron contando todo lo que les había sucedido. Cuando llegaron a la desagradable experiencia con el camionero, Teté calló agachando la cabeza y fue Guille quien relató todo el suceso, incluyendo la caída posterior de su hermana y la noche pasada en la casa deshabitada.

 Sara, sentada junto a Teté le cogió la mano a esta mientras Guille explicaba los sucesos. Pudo comprobar como una lágrima se deslizaba por su mejilla cuando su hermano contaba como el camionero le ponía la mano en su muslo y empezaba a moverla hacia arriba.

 –¿Estás bien, Teté? –le preguntó Sara.

 –Sí –dijo esta limpiándose la lágrima–. Lo siento.

 –Vamos, Teté –le dijo Guille–. Tu no tuviste la culpa de lo que pasó.

 –Siento mucho –dijo Mateo– que hayáis tenido una experiencia de este tipo. No es lo habitual, pero está claro que en el mundo hay de todo.

 –Esa casa deshabitada –dijo Sara cambiando de tema–, es donde nací. Era la casa de mis padres.

 –¿Ah sí? –dijo Guille siguiendo a Sara en el cambio de conversación–. ¿Y cómo es que está deshabitada y casi en ruinas?

 –Bueno –dijo Mateo–. Esa es también una historia muy larga.

 –En realidad es nuestra historia –dijo Sara mirando con ternura a Mateo–. Escuchadme. Por lo que habéis contado lleváis dos días durmiendo en el suelo, con frío y sin comer muy bien. Os propongo que hoy os quedéis aquí a dormir. Tenemos un par de camas donde podéis descansar bien –calló unos instantes mirándolos alternativamente.

 Guille estuvo a punto de aceptar inmediatamente el ofrecimiento de Sara, pero se contuvo a tiempo para mirar a Teté con una débil sonrisa en los labios. Esta todavía tenía una ligera expresión de tristeza provocada por los recuerdos desagradables que habían evocado. También miró a Guille a los ojos. Sin comprender demasiado por qué la tristeza que la atenazaba fue disminuyendo y su alma se liberó de la angustia que la había aprisionado poco antes. De pronto le vino a la memoria el sueño de la noche anterior cuando, desnuda frente a él, Guille la cubrió con la sábana y se la llevó a la cueva para después besarla en la frente. Con esos pensamientos, el rubor apareció por unos segundos en sus mejillas.

 –Mañana por la mañana –dijo Sara observando atentamente a los dos hermanos–, Mateo con el tractor puede llevaros hasta la carretera nacional.

      Guille continuó callado a la espera que Teté tomara una decisión, aunque en su fuero interior deseaba que su hermana se decidiera a pasar la noche allí y poder reposar durante unas horas de todas las preocupaciones y las angustias que les atenazaban.

 –Creo que me gustaría mucho dormir en una cama de verdad –dijo Teté.

 –De acuerdo –corroboró Guille–. Nos quedaremos a dormir.

 –Estupendo –dijo Sara–. Así, además podremos hablar de nuestras cosas –añadió enigmáticamente.

 –¿Qué quiere decir? –preguntó Guille a Mateo.

 –Pues no lo sé exactamente –respondió este–. Supongo que se refiere a cosas de mujeres.

 –¡Ah! Ya entiendo –dijo Guille pero con cara de no entender nada.

 Cuando terminaron de comer, Sara comenzó a recoger la mesa ayudada por Teté y Guille.

 –Te ayudamos a lavar los platos –se ofreció Teté.

 –No es necesario –dijo esta–. ¿Por qué no te tumbas un rato en el sofá? –le ofreció Sara–. Haces cara de cansada.

 –La verdad es que esta noche no he dormido muy bien –reconoció Teté–. He estado toda la noche soñando y dando vueltas –sólo Sara se percató de que Teté se ruborizó de nuevo al decir esto, al tiempo que dirigía su mirada hacia Guille–. Voy a tumbarme un rato.

 Cuando Teté se tumbó en el sofá no pudo evitar emitir un par de gemidos.

 –¿Qué te ocurre? –le preguntó Guille.

 –Es que me duele todo –reconoció ella–. Y los pies ni te cuento.

 –Tráelos –le dijo Guille sentándose en el sofá y cogiendo los pies de su hermana.

 –¿Pero que haces? –exclamó ella recogiendo sus piernas.

 –Sólo quiero hacerte un masaje, no seas mal pensada –le dijo cogiéndole de nuevo uno de sus pies–. ¿No te han hecho nunca un masaje en los pies? –preguntó mientras le desabrochaba la zapatilla.

 –No, yo no . . ., no sé si me gustará.

 –Pues a mí me encanta –continuó su hermano mientras le quitaba el calcetín–. Mi madre me los hacía cuando volvía de alguna excursión.

 –Pero, Guille . . ., los tengo sucios –le dijo con voz avergonzada.

 –¿Y qué más da, tonta? Anda relájate.

 Luego cogió con sus dos manos el pie de Teté y fue acariciándolo y masajeándolo lentamente. Primero los dedos, cogiéndolos todos con su mano e imprimiéndoles un movimiento de rotación. Luego la planta apretándola con sus pulgares y finalmente también el talón, para posteriormente volver a empezar por los dedos y continuar así una y otra vez.

 Los gemidos de Teté al principio fueron muy fuertes y evidentes, tanto que Sara no pudo evitar sacar la cabeza desde la cocina. Luego, poco a poco, se hicieron más débiles y espaciados. Guille continuó masajeándole el pie a Teté, mientras esta cerraba los ojos y su respiración se convertía en profunda y acompasada.

 –Venga, dame el otro –pidió Guille.

 –¿Eh? ¿Qué? –dijo ella medio adormilada.

 –Nada –contestó Guille al darse cuenta–. Déjame a mí.

 Guillermo desabrochó la zapatilla del otro pie de Teté y después de sacarle también el calcetín, comenzó las mismas operaciones que había realizado con el primero. Cuando sus manos comenzaban a dolerle de forma ya insoportable, la llamó suavemente:

 –Teté, Teté.

 Sin embargo, ella no contestó. Tuvo la certeza de que estaba dormida. Se levantó para acercarse a la cocina, donde Sara estaba terminando de lavar los platos.

 –Sara –dijo–. ¿No tendrás una pequeña manta por ahí? –preguntó con un poco de vergüenza.

 –¿Una manta? –dijo Sara–. ¿Para que quieres una manta?

 –Es que Teté se ha quedado dormida en el sofá. No quisiera que cogiera frío –se disculpó.

 –¡Ah, claro! Espera un momento –le dijo mientras se secaba las manos–. Ahora te la traigo.

 Sara subió al piso superior, mientras Guille volvía al comedor. Teté continuaba durmiendo apaciblemente. Su rostro se encontraba relajado y una ligera sonrisa lo surcaba. Su hermano se arrodilló junto a su cara, observándola con atención. Luego con su mano derecha le apartó algunos cabellos que habían permanecido en su cara. Se volvió cuando percibió una presencia a sus espaldas. Sara estaba allí, detrás de él, de pie, observándolo pensativa, con una manta en la mano.

 –Toma –le dijo mientras le entregaba la manta.

 Guille le envolvió primero los pies desnudos con la manta, para luego irla extendiendo poco a poco sobre su cuerpo, intentando que ella no se despertara. Cuando llegó a su cuello la dobló, dejando sólo su cabeza descubierta. Finalmente no pudo evitar acercarse a su cara y depositar un ligero beso en su frente.

      Mientras todo eso ocurría, Sara no dejó de observarlo atentamente, al tiempo que una mueca de extrañeza y preocupación aparecía en su rostro. Cuando Guille se volvió hacia ella, Sara intentó poner una cara lo más amable posible.

FIN DEL CAPÍTULO


 


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