lunes, 07 de julio de 2008
Publicado por Desconocido @ 8:32  | Viaje hacia el amor
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CAPÍTULO I

EN LA SOLEDAD DEL AMOR


“Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.
 
Soy una abierta ventana que escucha,
por donde ver tenebrosa la vida.
Si por un rayo de sol nadie lucha
nunca ha de verse la sombra vencida”
(Miguel Hernández; España, 1910 – 1942)

DESDE CUÁNDO estaba enamorado Guillermo de María Teresa era difícil de precisar. ¿Desde cuándo se hace uno consciente de sus sentimientos? ¿Ayer no y hoy sí? ¿Ayer la odiaba y hoy me levanto enamorado? ¡Qué difícil es saber cuando cambian o aparecen los sentimientos de las personas! Se dio cuenta cuando se percató que llevaba varias semanas sin gastarle una sola broma. Y lo que era peor, no sentía ningunas ganas de gastárselas. Lo cierto y lo innegable es que Guille, ahora, estaba enamorado de Teté. Y la constatación de ese hecho, de esa certeza, le helaba el corazón, le dolía en el alma. Y vivir en la misma casa no ayudaba nada, no facilitaba las cosas. Verla todos los días era un suplicio constante. Contemplarla cuando se peinaba o se cepillaba su larga melena; imaginarla mientras se arreglaba o se duchaba, era un tormento continuo para Guille.

A veces uno se enamora de una chica preciosa; la adora y la idolatra hasta el día que la ve por primera vez sin arreglar, recién levantada. Entonces se da cuenta de cómo es ella en realidad al natural, y la magia desaparece. Pero cuando uno se enamora de alguien que acostumbra a ver cada día cuando se levanta, con los ojos todavía medio cerrados por el sueño, con el pelo enmarañado y con la cara sin lavar, entonces está perdido. Entonces ¿qué circunstancia podrá desengañarlo? ¿Qué visión de su amada podrá desencantarlo? Para Guille, ni siquiera existía la posibilidad de ir a clases diferentes. Su mejor amigo era el hermano de la mejor amiga de ella. Era como estar ligada a ella las 24 horas del día. Era como estar casado con ella, pero sin ninguna de sus ventajas.

Se la encontraba en el desayuno y en la comida y en la cena. La tenía en clase; su mirada podía recrearse en su hermoso pelo. Intentó, en su momento, sentarse delante de ella para no verla, pero no fue posible. La veía al salir del baño en su casa mientras esperaba para entrar en él o la veía cuando él salía y ella esperaba para entrar. La aspiraba, la olía, la vivía cuando salían juntos con sus amigos o cuando se sentaban en el sofá a ver la tele.

Cuando su padre se casó con Lucía y ellas dos junto con su herman mayor se instalaron en casa creyó que no importaría demasiado, que las cosas no cambiarían excesivamente. Pero lo cierto es que cuando ella llegó lo desplazó. Lo desplazó totalmente. De ser el centro y girar todo en torno a él, paso a no contar para casi nada. Ya hubo un primer intento cuando nació Curro, su hermano pequeño. Pero cuando éste se hizo un poco mayor, él volvió a conquistar el puesto central en la familia. Al fin y al cabo Marcos, su hermano mayor, se interesaba por otras cosas en esos momentos. Sin embargo, cuando apareció ella, las cosas cambiaron radicalmente. Ella era perfecta. Para todos, incluso para él. Y no lo soportaba. Ese aire de no haber roto un plato en su vida. Ese pelo castaño hasta la cintura. Y ese hablar entre pijo y natural. Todo le sacaba de quicio. El problema no era que le gustara a todo el mundo. El problema era que le gustaba también a él. Durante cuatro años, desde el momento que llegó con doce años, los mismos que él, le había intentado hacer la vida imposible. Ella se convirtió en el blanco de sus bromas más pesadas. Y ahora, cuatro años más tarde, se había colgado totalmente de ella.

–Pero maldita sea –pensó–, es Maritere. Guille estás hablando de tu hermana. Bueno, hermanastra.

Como diría su padre, con un incesto en la familia ya es suficiente. ¿Cómo demonios va ha gustarme? Soy un animal. No puedo enamorarme de Maritere. Pero lo cierto es que cada vez que cerraba los ojos, veía esos hermosos ojos verdes; y veía esos labios pálidos. Y se imaginaba besándolos delicadamente. Deben ser tan suaves, pensó. Y esa cintura. Cuando se imaginó atrayéndola hacia sí para besarla, notó como su cuerpo se despertaba. Pensó: eres un degenerado. Se levantó de la cama para empezar a caminar por la habitación. Eso le calmó un poco los ánimos. Se sentó frente al escritorio, intentando concentrarse en el libro de sociales. Pasó páginas, pero no pudo conseguirlo.

–Joder, ¿y esos dibujos? –se dijo–. Podían dibujar a las chatis con menos atributos. Estaba claro, cuando estás excitado hasta un cuadro de Picasso te pone –cerró el libro convencido de que era un salido.

Mientras la puerta de su habitación se abría, Teté entró sin llamar.

–Me puedes dejar el mp3 –le preguntó–. ¿Tienes grabado Amaral, ¿no?

–¿Sabes? Es de buena educación llamar a la puerta antes de entrar –se quejó él.

–Qué fino eres, ¿no?

–¿Y si hubiera estado en bolas?

–Pues no habría visto nada que no haya visto otras veces –le dijo sin inmutarse.

–¿Siempre tienes respuesta para todo?

–Lo intento chaval. Con vosotros es la única manera de sobrevivir –volvió al tema inicial– ¿Bueno qué? ¿Me lo dejas o no?

Se apoyó en su espalda, pasándole los brazos por el cuello. Y él pensando: sólo me faltaba eso. Ahora la cojo y me la siento en las rodillas a la vez que la beso en la boca. Tú estás loco, tío. Ni lo harás hoy, ni lo harás nunca, se dijo. No tienes valor para ello. Ella puso su mejilla junto a la de él.

–Venga, va –le dijo suplicante.

–Está ahí en el primer cajón –claudicó él.

Ella abrió el cajón, cogió el reproductor y después de darle un fuerte beso en la mejilla salió de la habitación.

Él volvió a sus cavilaciones, al tiempo que se acercaba a la ventana. Fuera la lluvia continuaba cayendo, como había hecho todo el día. La tarde declinaba lentamente y la luz disminuía rápidamente ayudada por las nubes. Un sentimiento de melancolía y tristeza le invadió como siempre que contemplaba la lluvia desde su casa. Se la imaginó tumbada en su cama con los auriculares puestos. Con ese chándal medio pijama rosa que le marca las curvas de las nalgas y de los pechos.

–Mientras está con los ojos cerrados escuchando música –se dijo–, me acerco lentamente a ella. Luego con mucho cuidado la beso en los labios. Abrirá sorprendida los ojos, pero al verme sus brazos me rodearán el cuello y me atraerá hacia sí para besarme ella. ¡Pero cómo puedes ser tan burro! ¡Joder, que es Maritere!

La lluvia continuaba cayendo. Se metió en el cuarto de baño; abrió el grifo del agua fría y metiendo las manos debajo se mojó la cara con el agua recogida. Lo hizo varias veces, hasta que sintió que su cuerpo se tranquilizaba. Luego se secó con la toalla y bajó al salón para ver la tele. Para su sorpresa se la encontró sentada en el sofá escuchando música. Cuando se sentó a su lado para poner la televisión en marcha, ella se quitó los auriculares para dirigirse a él.

–Anda, hazme un masaje en la cabeza –le dijo ella con voz melosa.

–Pues mira, no pensaba en otra cosa –le dijo él con suficiencia.

–Va . . ., porfa –insistió ella.

Intentó seguir negándose para resistirse un poco, pero lo estaba deseando. Así que al final claudicó, antes que ella dejara de pedírselo.

–De acuerdo –le dijo–, ven.

Ella le dio la espalda, mientras él introducía sus dedos entre su pelo para frotarle la cabeza. Se colocó de nuevo los auriculares y cerró los ojos al tiempo que se echaba hacia atrás hasta que su espalda se apoyó en su pecho. Él continuó acariciándole su cabeza más que masajeándola. Cuando su padre pasó por delante camino de la cocina, se lo quedó mirando unos instantes.

–¿Se puede saber que estás haciendo? –le preguntó.

–Pues ya ves, de esclavo –respondió Guille.

Y mientras Diego continuaba su camino moviendo la cabeza en signo de negación, ella le ordenó:

–Ahora por delante.

Inmediatamente se tumbó boca arriba en el sofá y apoyó su cabeza en el regazo de él. Guille volvió a introducir los dedos en su pelo, esta vez por las sienes, continuando con el masaje. Ella continuó con los ojos cerrados y los auriculares puestos.

–¡Dios, que boca tan bonita! ¡Y los pechos cómo se le marcan, así boca arriba! Pero desgraciado –se recriminó–, ¿cómo puedes haberte enamorado de Maritere? Si llega a enterarse me humillará hasta la miseria. Y si se entera mi padre me mata.

Cuando observó que su respiración se había transformado en profunda y acompasada, tuvo la certeza que ella se había dormido. Lentamente apartó los dedos de su cabeza. Sin embargo, no se atrevió a moverse por miedo a que despertara.

–¡Qué bonita está así relajada! –continuó hablando consigo mismo– ¡Cómo me gustaría cogerla en brazos y subirla arriba, mientras la beso! Luego tendernos en la cama abrazados. ¿Pero cómo es posible, Guille? Es una pija presumida, una barbie melenas. Es insoportable. Una creída que piensa que todo el mundo gira a su alrededor. Es soberbia, es altiva, es irritante, es . . ., es . . ., Dios mío, es . . . encantadora, es preciosa, es tan perfecta. Guille estás perdido, completamente perdido. Sí, se dijo, perdidamente enamorado de ella. De acuerdo, reconócelo, estás enamorado. Sí, sí, estoy enamorado. Y ahora ¿qué vas hacer? Joder, ¿qué puedo hacer? Díselo. Ni loco. Si se lo digo, se va ha estar riendo de mí hasta Navidad del año que viene, además lo esparcirá a los cuatro vientos. ¡Joder, joder, joder! ¿Por qué me ha tenido que pasar a mí? Será que no hay chicas en el mundo. Pero no. Claro, el señor Guillermo no podía conformarse con una chica normal, claro que no. Él tenía que ir a buscar lo más complicado y enrevesado. Eres un gilipollas de mierda. ¡Pero que bonita es! ¿Y esa piel? ¿Y esos labios? Sí, sí, ¿pero que vas hacer? –continuó preguntándose a sí mismo–. Pues nada, joderme y aguantarme. ¿Es que puedo hacer otra cosa?

Guillermo estuvo dándole vueltas al tema en el interior de su cabeza, hasta que Lucía los llamó para cenar. Entonces, le pasó el dorso de su mano por la mejilla de ella mientras la llamaba en voz baja. Ella ronroneó, sin terminar de despertarse. Le quitó los auriculares y continuó llamándola mientras seguía acariciando su mejilla. Por fin abrió los ojos.

–Bienvenida al mundo de la realidad –le dijo él sonriéndole.

–¿Qué pasa? –preguntó ella frotándose los ojos.

–A cenar –le anunció él.

Mientras Teté se incorporaba y los dos se dirigían a la cocina, Guille se preguntó cómo era posible que alguien pudiera sentirse tan abandonado, tan solo, estando enamorado. ¿Cómo podía existir la soledad en el amor?

FIN DEL CAPÍTULO I


 


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