CAPÍTULO II
RASTRO DE UN SUEÑO
“Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.
Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.”
(Miguel Hernández; España, 1910 – 1942)
CUANDO LLEGÓ al instituto, todas las chicas babearon por él. Era guapo. Y rubiales. Y alto. Y Teté y Yoli: vaya culito. Y además iba un curso por delante. Pero cuando abría la boca se acababa la magia. Sólo sabía hablar de sí mismo. Además era un creído insoportable. Pero había que reconocer que el tío era constante. Teté empezaba a estar desesperada. La perseguía continuamente para intentar salir con ella. Y a ella se le estaban acabando las excusas.
–¡Joder, otra vez no! –se dijo, cuando lo vio acercarse de nuevo–. ¿Pero es que no se dará por vencido? Hay que reconocer que está bastante bien. Pero, ¡caramba, no me gusta que me agobien! Aunque la verdad es que no me importaría darle un buen morreo. Pero cuando yo quiera. Además –se dijo–, una tiene que hacerse valer. Si no van a pensar que soy fácil.
Mientras él se acercaba, ella se giró como si no lo hubiera visto, se cogió del brazo de Yolanda y la obligó a caminar, alejándose de él.
–Vámonos; que ya está aquí el pesado ese.
–Quien –preguntó Yoli–mirando a un lado y a otro.
–El Humberto ese –le dijo Teté.
–Joder, Teté, no entiendo como lo esquivas. ¡Si está como un tren! –le dijo Yoli.
– Tía, no te gires que te va a ver babear –exclamó Teté.
– Si por mí fuera . . . –se quejó Yoli–. Pero sólo va detrás de ti.
– Pues a mí no me gusta que me presionen. Además, no soporto su conversación.
– Ya, pero yo no lo quiero para hablar –sentenció Yoli.
Cuando él las divisó, fue siguiéndolas, caminando más deprisa que ellas, para acortar la distancia que los separaba. Cuando las tuvo a una distancia razonable, la llamó:
–¡Eh Teté, espérame –gritó él.
Tuvo que llamarla dos veces para que a ella no le quedara más remedio que pararse y volverse hacia él. ¡Dios, pensó, se va a enterar todo el instituto!
–¡Ah hola! No te había oído –le dijo mintiendo.
–No sé porque me parece que me evitas –le dijo él.
–No entiendo porque tendría que hacerlo –pero pensando: lo malo es que tanto tiempo diciéndole que no, ahora no puedo ceder, porque sino todos pensarán que es cuestión de insistir.
– Vamos Teté, no me creo tus excusas.
– Puedes hacer lo que quieras.
–¿Se puede saber porque no quieres salir conmigo? Soy atractivo. Estoy bastante bien y también soy simpático.
Habrase visto tío más creído, se dijo Teté. Pero cómo es posible que sea tan chulo. No lo soporto. Pero tiene razón, está de un bueno que mata y el tío lo sabe. Pero por mi madre que a este lo parto por la mitad.
– Mira chaval, aparte de un poco chulo, me estás empezando a cansar –le dijo Teté en voz alta.
– Es que no entiendo por qué no quieres salir conmigo.
– Pues mira, ya que insistes tanto, al final te lo tendré que decir. La cuestión es que tengo novio –la propia Teté se asustó de oír sus palabras.
A Yolanda se le cayeron unas cuantas libretas al suelo de la sorpresa, mientras la miraba asombrada. Me parece, pensó Teté, que me estoy liando; a ver como salgo ahora de ésta.
–Vamos, venga –dijo él– Toda la escuela sabe que no es verdad. Para empezar eres un poco pija y bastante enteradilla, así que entiendo que en este instituto no encuentres a nadie que quiera salir contigo. Pero yo soy diferente. Soy un poco más refinado que los demás. Como tú –añadió.
–Para que te enteres, si nadie lo sabe es porque lo llevamos en secreto –continuó ella
–Pues no veo el motivo.
–El motivo es que nuestros padres no lo aprobarían –su mente estaba encontrando una salida, aunque no lo tenía demasiado claro. Tiene que servir, se dijo ella. Tiene que servir. Incluso si es necesario. . . Pero ¿y él, pensó, me seguirá? Joder, por culpa del presumido este me estoy metiendo en un embolado de la hostia.
–Y puede saberse porque no lo aprobarían? –preguntó él.
–Porque son los mismos, aventuró ella.
–No entiendo –reconoció Humberto.
–Porque mi novio es mi hermano –mintió Teté.
–Venga hombre –exclamó él– eso no te lo crees ni tú. Cómo va a ser tu novio tu hermano. Eso no puede ser.
–¿No te lo crees?
–Pues no.
–De acuerdo –le dijo–. Sígueme.
Teté se dio la vuelta y se dirigió al pasillo donde se encontraba su clase. Él la siguió con expresión burlona. Ella pensó: ¿dónde demonios está Guille? Joder, nunca lo encuentro cuando lo necesito. Su corazón se estaba acelerando por momentos. A este le crujo, se dijo, se le va a quedar la cara de pasmarote. Ella estuvo buscando con la vista a su hermano, hasta que lo divisó discutiendo animadamente con sus amigos. Entonces se acercó rápidamente para poder separarse un poco de su acompañante. Durante unos instantes se detuvo a sus espaldas. Tengo que hacerlo, pensó, sino no me lo quito de encima en la vida. Ahora no puedo echarme atrás. Sin embargo, dudaba de cómo reaccionaría Guille. Por fin se decidió. Se acercó a su hermano y colocada junto a su espalda le pasó los brazos por la cintura, mientras se apretaba contra él.
–Cariño, te estaba buscando –le dijo en voz alta, mientras en voz baja le susurraba al oído: – Por favor, Guille, por lo que más quieras, sígueme la corriente.
Mientras esto ocurría, sus amigos David y Josemari, que lo tenían de frente vieron como sus ojos se abrían como platos en una expresión de sorpresa y de no entender nada. Cuando Guille se giró, se encontró con el rostro de Teté frente al suyo. Esta le pasó entonces los brazos por el cuello y después de una pequeña vacilación que él intentó aprovechar para decir algo, le besó en los labios durante un buen rato. Sólo Guille se dio cuenta que Teté mantuvo los labios completamente cerrados mientras le besaba.
Joder Guille, aguanta, deseó Teté, mientras le besaba; vamos, no me descubras; si lo haces me hundes. Se dio cuenta que si él no le seguía la corriente, además de la vergüenza de la mentira, debería aguantar la vergüenza del beso a su hermano. Cuando Teté se separó, le dio la espalda a Guille, sin mirarlo en ningún momento, mientras se dirigía de nuevo al chico con el que había venido.
–¿Qué, convencido? –le preguntó
–Pues no sé que decirte.
–¿Se puede saber que necesitas para convencerte? ¿Qué te dé una entrada para cuando hacemos el amor?
–Ya hablaremos otro día –le dijo dándose la vuelta y alejándose de ella.
Teté se volvió hacia Guille, que entretanto se había quedado inmóvil en la misma posición que lo había dejado Teté. Oyó la voz de su hermana, aunque su pensamiento estaba en otros ámbitos.
–Muchas gracias, Guille –le dijo Teté–, en casa te lo explico todo; no te preocupes; que no pasa nada, total no es más que un beso mal dado.
Y él callado, pensando: ¡Joder, algo que he estado soñando desde hace ni se sabe y tiene que ocurrirme sin casi darme cuenta! Me ha besado, se dijo. Me ha besado y yo no he podido ni siquiera saborearlo. Me ha besado, se repitió para sí una vez más.
–Tío ¿de qué va eso? –le preguntó Boliche–. ¿Estás saliendo con tu hermana?
–Vaya morreo, tío, ha sido alucinante –le dijo David.
Pero él seguía todavía sin comprender nada: pero ¿qué ha pasado? ¿Cómo ha pasado? ¿A qué ha venido eso? El timbre anunciando la entrada a clase le sacó de sus pensamientos. En el interior del aula la estuvo mirando todo el rato, pero ella no se giró ni una sola vez. Cuando terminaron las clases, Guillermo se preguntó si todo no había sido solamente un sueño; un sueño del que no quedaba ni siquiera un rastro.
FIN DEL CAPÍTULO II
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