CAPÍTULO III
DONDE HABITE EL OLVIDO
“Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora;
donde yo sólo sea
memoria de una piedra sepultada entre ortigas
sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
disuelto en niebla, ausencia,
ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos,
donde habite el olvido.”
(Luis Cernuda; España, 1902 – 1963)
TETÉ SUBIÓ las escaleras ligeramente preocupada. La escenita del instituto, a la que no había dado demasiada importancia al principio, le preocupaba ahora. ¿Y si Guille se lo contaba a su madre? O peor aún, si lo contaba estando Diego delante se podía armar la gorda.
Cuando entró en la habitación de los chicos después de llamar sin recibir contestación, se encontró a su hermano tumbado en la litera con la vista fija en el techo. Guille ni siquiera la miró cuando ella se le acercó con cierto recelo.
–Hola Guille –dijo intentando comenzar una conversación.
–¿Qué pasa Teté? –le dijo él sin dejar de mirar al techo, mientras continuaba con las manos cruzadas sobre el pecho.
–Yo . . ., quería explicarte lo de esta mañana.
Entonces sí reaccionó Guille; incorporándose se quedó sentado en la litera con las piernas colgando frente a su hermana.
–Y . . ., disculparme, por si te ha molestado lo del beso –continuó ella.
–Pero Teté, ¿a qué ha venido eso? –le preguntó secretamente esperanzado.
–¡Joder Guille! –intentó justificarse–. Es que no sabía cómo quitármelo de encima.
–Teté, no entiendo nada –insistió de nuevo su hermano.
–Pues que Humberto me acosaba para que saliera con él –reconoció–. Y para quitármelo de encima le he dicho que tú y yo éramos novios. Y como no se lo creía pues . . ., eso, que he decidido demostrárselo dándote un beso.
Los dos se quedaron unos instantes en silencio mirándose a los ojos.
–Gracias por no delatarme –le dijo–. Y por favor, no se lo cuentes a tu padre –continuó–. Ya sabes que vería cosas donde no las hay. Al fin y al cabo no ha sido más que un beso con los labios cerrados.
Guille continuaba en silencio observándola atentamente.
–Espero que no te haya molestado –le dijo un poco preocupada por el silencio de su hermano–. Todo arreglado ¿no? –continuó mientras se dirigía hacia la puerta.
–Espera –dijo Guille de repente, saltando de la litera.
–¿Qué . . ., qué quieres?
–No . . ., no me ha molestado, claro que no –reconoció Guille.
–¡Ah, bien! –dijo Teté más tranquila–. Entonces todo arreglado.
–Espera, no te vayas –le dijo su hermano–. No me ha molestado –le repitió–. En realidad . . ., la verdad es que . . ., bueno, quiero decir que . . ., la cuestión es que me ha gustado. Es decir . . ., que me ha encantado.
Teté se quedó boquiabierta por la sorpresa que le produjeron las palabras de Guille.
–Maria Teresa, tengo que reconocer que me colgué de ti hace ya mucho tiempo –se sinceró Guille, armándose de valor y acercándose lentamente a su hermana–. No sé cuando ocurrió, pero hubo un momento que pasé de no soportarte a estar enamorado de ti.
Guille continuó acercándose lentamente a Teté, mientras esta inmóvil no daba crédito a lo que estaba oyendo.
–De no aguantarte –continuó Guille–, de casi odiarte, a no poder pasar mucho rato sin verte, a echarte de menos cuando no estás a mi lado, a esperar que me mires, a desear besarte y acariciarte. Yo . . ., Teté –dijo terminando de acercarse con intención de besarla–, Teté, yo . . ., te quiero.
Ahora sí reaccionó Teté, cuando descubrió las intenciones de su hermano al acercarse; lo apartó con las dos manos sobre su pecho.
–¿Pero qué dices? ¿Tú estás loco, o qué? –le dijo con evidente rechazo.
–Teté, por favor –suplicó Guille–. Yo te quiero. Estoy loco por ti.
–¡Pero bueno! ¿Tú de qué vas? Esto es una broma de mal gusto, ¿no?
–Teté, no es ninguna broma. Tú me gustas –insistió Guille.
–¿Pero tú estas loco, niño? –repitió alucinada–. ¿Se puede saber que te has fumado? ¿De verdad piensas que me interesas lo más mínimo? Yo alucino, Guillermito. Creo que tienes que estar mal de la azotea.
–Teté, yo . . . –intentó disculparse Guillermo.
–¿Pero tú te has mirado bien, Guillermito? –le dijo con tono despectivo–. No eres más que un canijo enclenque, aburrido y gamberro. ¿Qué chica se podría fijar en ti? ¿Cómo es posible que pudieras haber pensado que yo podría interesarme por ti? –continuó diciéndole, aunque esta vez riéndose abiertamente.
Guille continuaba petrificado, de pie en medio de la habitación mirando absorto a su hermana
–Vamos –continuó ésta de forma cruel–, ni que fueras el último hombre sobre la tierra, por llamarte de algún modo, podría fijarme en ti. Antes me hacía monja. ¿Se puede saber que puedes tú ofrecer a una chica normal? En tu vida has sabido lo que son las atenciones y la ternura. Yo creo que en lugar de besos debes dar mordiscos.
No contenta con todo eso, Teté continuó, encontrándole gusto en atormentar a su hermano de forma inexplicable, incluso para ella misma.
–Dudo mucho que sepas lo que es el amor, lo que significa estar pendiente de alguien que no seas tú, estar dispuesto a sufrir por una persona que no seas tu mismo.
Mientras Teté continuaba hundiendo en la miseria más extrema a su hermano con sus comentarios, este deseó poder rebobinar los últimos minutos, que estos no hubieran existido nunca, y poder esconderse bajo la cama para que nadie pudiera verlo, ni sentir la vergüenza que ahora sentía.
–Mira, Guillermito, tú dedícate a realizar tus bromas pesadas con tu amigo el gordito y deja estas cosas del corazón para los chicos de verdad.
–Teté, yo te quiero –insistió Guille casi llorando.
–Pues machácatela con dos piedras, niño. Porque lo que es conmigo lo tienes crudo –dijo su hermana encaminándose hacia la puerta.
Luego, antes de salir de la habitación se volvió para amenazarle.
–Y como le digas algo a tu padre o a mi madre de lo del beso, yo les contaré lo que acabas de decirme tú. Así que, ¿a ver quien sale perdiendo?
Mientras Teté salía de la habitación, Guille permaneció de pie en medio de la sala. Todas las incertidumbres que hasta entonces habían llenado su mente, se habían convertido en certezas. Y esas certezas tenían espinas afiladas que le desgarraban el corazón a medida que Teté se las había ido descubriendo.
Su dolor y su frustración eran tales en ese momento, que ni siquiera se acordó de llorar. Ninguna lágrima acudió a sus ojos, porque aunque había previsto la posibilidad de que ella lo rechazara, jamás en sus peores pesadillas había pensado que ella pudiera reírse de él.
La llamada de Lucía para bajar a cenar lo sorprendió todavía de pie en medio de la habitación. Lucía tuvo que insistir para que él se diera cuenta de la hora que era y para qué lo llamaban. Cuando entró en la cocina estaban todos ya sentados a la mesa. Al principio se sentó con la cabeza gacha; sentía como el rubor de la vergüenza lo inundaba. Se sentía como si todo el mundo hubiera sido testigo de lo que había ocurrido y supiera la situación en que se encontraba. Sólo al cabo de un buen rato se atrevió a levantar la vista, justo para encontrarse con la mirada de su hermana. Volvió a bajarla inmediatamente mientras continuaba jugando con la comida.
–¿Te ocurre algo? –preguntó Lucía dirigiéndose a Guille.
–Yo . . ., nada. Es que . . . no tengo hambre.
–¿Te encuentras bien, hijo? –le preguntó Diego.
–Sí, sí, sólo que . . ., no tengo hambre, eso es todo.
–Es que te veo triste, hijo, si, te veo triste –insistió Diego– ¿Todo va bien hijo?
–Sí papá, no te preocupes.
–Eso es que le debe haber dado calabazas alguna chica –intervino Teté riéndose y hurgando en la herida abierta por ella misma.
Eso fue demasiado para Guille. Sintió como las lágrimas acudían a sus ojos. Pero no estaba dispuesto a que Teté lo viera llorar, y menos delante de toda la familia. Se levantó y balbuceando una explicación se fue hacia su habitación.
–Yo . . . , yo voy a continuar con los deberes.
–Pero hijo –le dijo su padre–, toma al menos un vaso de leche.
–De verdad Teté –le recriminó su madre–, parece mentira. ¿Cómo es posible que no podáis estar un solo momento sin meteros el uno con el otro?
–Venga mamá, era una broma –se excusó Teté.
–Quizá. Pero si has dado en el clavo, no te puedes llegar a imaginar lo que duele eso –reconoció su madre.
–¿El qué?–se sorprendió Teté
–El que alguna chica lo haya rechazado. ¿Sabes si estaba interesado en alguna? –le preguntó su madre.
–Yo . . . , no lo sé –mintió Teté.
–¿Por qué no intentas enterarte? ¿Por qué no hablas con él?
–¡Pero qué dices mamá! –se quejó Teté–. ¿Cómo voy hacer algo así? Además –se justificó–, a mí no me lo diría.
–Sí –reflexionó Lucía–. Tienes razón. Yo hablaré con él después de cenar.
El anuncio de su madre la dejó un poco preocupada. ¿Y si Guille era capaz de contarle lo que había ocurrido a su madre? ¿Y si también le contaba lo del beso en el instituto? Pero no, Guille, no era tan tonto. Si lo hacía ella quedaría descubierta, pero el ridículo de él sería mayor. No. Estaba segura que Guille no le contaría nada. Y si lo hacía, qué más le daba, ella no tenía nada de que arrepentirse; podía justificar su actuación. Él saldría peor parado que ella. Diego lo iba a poner firmes, le estaría dando collejas hasta que cumpliera los 18 si se enteraba que él había intentado besarla y que se le había declarado.
La cena continuó sin más interrupciones y en un silencio no muy habitual. Cuando hubieron terminado, Lucía preparó una bandeja con un baso de leche y unas cuantas galletas. Luego se dirigió hacia la habitación de los chicos.
Guille se encontraba tumbado en su cama cuando oyó que llamaban a la puerta de la habitación. Sin esperar contestación la puerta se abrió y Lucía penetró en la habitación. Se acercó a la litera de Curro, donde se encontraba Guille y se sentó a su lado.
–¿Estás bien Guille? –le preguntó.
–Sí Lucía, no me duele nada. Te lo aseguro –intentó tranquilizarla Guille–. Sólo que no tengo hambre.
–¿Penas de amor? –preguntó ella directamente.
–No . . ., yo. Bueno, sí –reconoció finalmente.
–¿Alguna chica que no te hace caso?
–En realidad es algo peor –dijo Guille decidiéndose a ser un poco más sincero con Lucía–. Le he dicho que me gustaba y me ha rechazado.
–Lo siento Guille –le dijo Lucía acariciándole el pelo–. No sé cómo te puede rechazar alguien. Eres un chico estupendo –continuó intentando darle ánimos.
–Gracias Lucía. Pero no sólo me ha rechazado, sino que además se ha reído de mí.
–Eso es muy cruel, cariño. ¿La conozco? ¿Es de tu clase?
–Lucía, no creo que esté bien que te diga quien es.
–Tienes razón Guille –asintió Lucía–. Pero déjame decirte algo. Cuando alguien se enamora de una persona, esa otra puede perfectamente rechazar ese amor, porque no esté enamorado de esa persona, o porque lo esté de otra o por cualquier motivo que sea. Y eso entra dentro de las posibilidades de la vida –Lucía lo miró fijamente mientras continuaba acariciándole el pelo–. Pero que después de rechazarte se ría de ti, me parece más grave. Creo que una persona así no te merece y aunque ahora te duela y seguramente te duele mucho, lo mejor que te puede haber pasado es que te haya rechazado.
–¿Por qué dices eso? –preguntó Guille.
Mientras Lucía y Guille hablaban, Teté no pudo resistir la curiosidad. La intriga y la ansiedad de saber si Guille sería capaz de contarle a Lucía todo lo que había pasado, pudo más que su discreción. Procurando no hacer ruido, subió al piso de arriba y por la puerta entreabierta que había dejado Lucía pudo ver la espalda de su madre sentada en la litera de Curro y pudo oír perfectamente la conversación de ella con Guille.
–Escúchame Guille –dijo Lucía–. Una chica que es capaz de reírse de ti porque le hayas dicho que te gusta y te haya rechazado, tiene que tener un corazón de hielo. No puede ser demasiado cariñosa, ni debe saber lo que es la ternura. Más bien tiene que ser fría y soberbia, y arisca. Guille, tú no te mereces una chica así, tú te mereces algo mejor. Te mereces una chica que sea comprensiva, cariñosa, que sea humilde y que sea capaz de ver en ti todas las virtudes que tienes, y todo lo bueno que puedes ofrecerle.
–Gracias, Lucía, por tus ánimos –le dijo con una sonrisa.
–Guille, sé perfectamente que todo cuanto te pueda decir ahora no te servirá de nada. Porque ahora te debes sentir como algo sin valor que puede ser tirado a la basura –Lucía, que seguía mirándolo a los ojos vio como dos lágrimas aparecían en ellos–. Te puedo asegurar que todos, más o menos, nos hemos sentido así alguna vez. Y también sé que en estos momentos nada de lo que te diga podrá hacerte sentir mejor. Pero también te puedo asegurar, aunque ahora creas que eso es imposible, que esa sensación irá disminuyendo con el tiempo hasta desaparecer por completo. Entonces acuérdate de lo que te he dicho y verás que tengo razón. Te dejo –le dijo Lucía sonriéndole–. De todas formas ahí te dejo la leche y las galletas por si tienes hambre durante la noche.
Guille asintió con la cabeza. Mientras tanto, Teté se retiró sin hacer ruido a su habitación. ¿De verdad, pensó, era como la había descrito su madre? El hecho de que la hubiera descrito por los hechos, sin saber que estaba hablando de su hija, hacía que Teté creyera que la descripción que había hecho su madre fuera totalmente objetiva. ¿Por qué se sintió tan bien cuando vio que sus palabras hacían daño a Guille? ¿De dónde le venía esa sensación tan agradable de saber que con sus palabras podía atormentar a su hermano? ¿De verdad era soberbia y fría? ¿Y arisca? ¿De verdad pensaba su madre que Guille no la merecía? Eso último le dolió. Parecía como si su madre quisiera más a Guille que a ella. Pero eso era una tontería; cuando Lucía estaba hablando no sabía que la otra persona era ella. Seguramente si lo hubiera sabido, hubiera pensado que quién no la merecía a ella era Guille. ¿Guille no la merecía? ¿De verdad Guille no la merecía? ¿Guille se merecía algo mejor que ella?
Con esa pregunta y esa idea en la cabeza se fue amodorrando metida en la cama hasta que por fin se durmió.
Por su parte, Guille se sentía algo confortado con las palabras de Lucía, pero no se sentía mucho mejor de lo que se sentía antes. Deseó perderse en algún sitio donde nadie pudiera verlo, donde nadie supiera de él, donde nadie lo conociera; deseó que todos se olvidaran de él y él pudiera olvidarse de todos; irse lejos, allá lejos, donde habite el olvido.
FIN DEL CAPÍTULO III
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