lunes, 11 de agosto de 2008
Publicado por Desconocido @ 6:31  | Viaje hacia el amor
Comentarios (0)  | Enviar

CAPÍTULO VII

DONDE SE ESCONDE EL DOLOR


Así que cuando sufras –y lo harás–
por alguien que te amó, procura siempre
acusarte a ti mismo de su olvido
porque fuiste cobarde o quizá fuiste ingrato.
Y aprende que la vida tiene un precio
que no puedes pagar continuamente.
Y aprende dignidad en tu derrota
agradeciendo a quien te quiso
el regalo fugaz de su hermosura.
(Felipe Benítez Reyes; España, 1960)

 LOS DÍAS SIGUIENTES pusieron a prueba los nervios de Teté. Lorena comenzó a pasar a buscar a Guille por las mañanas para ir al instituto. Teté tuvo que soportar los crecientes cariñitos y besos, mientras ella caminaba detrás de ellos con Yoli. Alguna que otra vez su amiga tuvo que agarrarla para impedir que se abalanzara sobre ellos para separarlos. Pero eso no fue lo peor. Lo peor vino cuando Lorena comenzó a venir por las tardes para estudiar junto con Guille. Encerrados en la habitación de los chicos, Teté no entendía como su madre y sobre todo Diego permitían que Guille se encerrara en su habitación con una chica. Y ya que Diego no parecía importarle lo que pasaba dentro de aquella habitación, ella se erigió en la guardiana de la decencia. Así que periódicamente entraba en la habitación de su hermano con las excusas más peregrinas con el fin de espiar si de verdad estudiaban o no. Y lo que allí vio le dio la razón, puesto que más de una vez, y más de dos, los encontró acaramelados, haciendo manitas. Sin embargo para su desesperación la mayoría de las veces no se cortaban lo más mínimo, ignorándola completamente y prosiguiendo con sus investigaciones del cuerpo humano.

 Sin embargo, lo que Teté no sabía es que todo eso no era nada comparado con lo que todavía estaba por llegar. Cuando Guille aprovechó la hora de la cena en que todos estaban sentados en la mesa, para plantear la cuestión que llevaba varios días dándole vueltas a la cabeza, Teté no se podía imaginar que se preparaba uno de los momentos de su máxima desesperación.

 –Papá –dijo Guille–, este sábado que os vais todos al pueblo, ¿puedo invitar a Lorena a pasar la tarde aquí?

 –¿Aquí? –preguntó Diego– ¿Aquí? –repitió–. ¿Para qué?

 –Pues no sé . . ., papá –dijo Guille pensando rápidamente–. Alquilaremos una película . . ., y merendaremos . . ., y hablaremos . . ., y jugaremos con ordenador . . ., y alquilaremos una película –volvió a repetir.

 –Te repites mucho, niño –intervino Teté–. Ya son dos películas las que vais a ver. Me da la sensación que lo queréis es daros el lote.

 –Teté, por favor –dijo su madre–. No me gusta que hables así.

 –Vamos papá –insistió Guille–, se supone que estoy en la edad ¿no?

 –¿En la edad, en la edad? –empezó a exaltarse Diego–. Lo que ocurre es que eres un libertino. A ti lo que hay que hacer es atarte corto, sí corto, muy corto, porque si no te desmadras Guille. Así que olvídate. Como me entere que has traído a una chica a esta casa estando solo, estarás castigado seis meses sin salir y sin paga.

 –Pero papá, por favor –suplicó Guille.

 –Ni papá ni gaitas. Aquí no entra una chica mientras tú estés solo. No quiero que haya desgracias personales.

 Guille se calló mientras su hermana le dirigía una mueca muy expresiva y le sacaba la lengua.

 –Estupendo –dijo Teté–, así podré pasar la tarde tranquila con Yolanda.

 –¿Tú y Yolanda vais a pasar la tarde aquí en casa? –preguntó su madre.

 –Sí –presumió ella.

 –¿Toda la tarde? –insistió su madre.

 –Que sí mamá, aprovecharemos para ver alguna película y estudiar un poco –presumió.

 –En ese caso Guille no estará solo. Diego. Creo que puede traer a su amiga aquí.

 –¿Qué? –saltó Teté.

 –Bueno si vosotras dos estáis toda la tarde –continuó Lucía–, creo que Guille y Lorena también pueden estar, ya que no estarán solos. ¿Verdad Diego?

 –¿Eh? Sí, sí, claro. Si es así no hay problema –concedió su padre.

 –Pero mamá –suplicó Teté–, ¿me vas a obligar a tener que aguantar los besitos y carantoñas de esos dos?

 –Si estáis vosotros dos, sólo serán eso: besitos y carantoñas. Y nosotros nos iremos más tranquilos. Decidido ¿verdad Lucía? –dijo Diego después de reflexionar unos instantes.

 –Decidido –dijo Lucía–, podéis pasar la tarde los cuatro en casa.



 LORENA ACERCÓ lentamente su cara a la de Guille. Este no se retiró. Sus labios se rozaron ligeramente, mientras se cogían sus manos mutuamente. Cuando Guille se decidió a coger la iniciativa prolongando el beso, un terrible ruido de vidrios rotos los hizo separarse. Cuando se separaron sobresaltados y miraron hacia la puerta de la cocina, vieron varios vasos rotos en el suelo, así como lastas de refrescos derramándose. Teté de pie en la puerta de la cocina los miraba con expresión desesperada.

 Después de dejar a Yoli en la cocina preparando un bol de palomitas, Teté había cogido la bandeja con los refrescos y los vasos y se había dirigido al salón. Cuando entró en él vio a Guille y Lorena besándose apasionadamente, mientras sus manos enlazadas parecían fundirse en un solo cuerpo, al tiempo que ella se echaba sobre el cuerpo de Guille.

 La sorpresa, la ira, la rabia y la desesperación se fundieron en Teté en un solo momento. La bandeja que sostenía en sus manos se deslizó, cayendo estrepitosamente al suelo.

 Cuando Guille y Lorena se separaron sorprendidos por el ruido, Teté fue incapaz de articular una disculpa razonable.

 –Lo siento . . . , yo, no . . .

 –Joder Maritere –le dijo Guille–, que torpe eres. Hay que ver como has puesto el suelo.

 –Ha sido sin querer –se justificó ella–, ahora lo limpio.

 –Espera –dijo Guille–, que te ayudo.

 –Vamos Guille –le dijo Lorena–, ya lo limpiará ella. Total se le ha caído a ella.

 –Sí, sí –reconoció Teté–, ya lo limpio yo –dijo entrando de nuevo en la cocina.

 –Pero tía –dijo Yoli–, ¿qué te ha pasado?

 –¡Yoli, por Dios, que se estaban besando!

 –¿Y qué esperabas, alma cándida? Salen juntos, ¿no? Se gustan. Pues lo normal es que se besen, y se achuchen e incluso alguna otra cosa.

 –¿Qué quieres decir con “alguna otra cosa”? –preguntó visiblemente alterada Teté.

 –Joder Teté, ¿qué te has caído de un guindo o qué? Quiero decir que algunas caricias extras habrá cuando estén solos.

 –¡Dios mío Yoli! –dijo Teté casi sollozando–. Parece que disfrutas diciéndome estas cosas.

 –¿Qué disfruto? –se extrañó Yolanda–. ¿Pero se puede saber que te pasa? Parece como si . . . –Yolanda se calló mirando la expresión de desespero de Teté–. ¡Oh no! –exclamó–. ¡Oh no! –repitió de nuevo comprendiendo por fin a su amiga–. ¡Tú estás enamorada de Guille! –exclamó triunfante–. Tú te mueres por los huesos de tu hermano.

 Teté se sentó en una silla de la cocina tapándose la cara con las manos y sollozando ahora abiertamente.

 –Tía, ¡qué fuerte! ¿Pero cómo es posible? –preguntó Yoli–. Si cuando se te declaró lo rechazaste, y encima te burlaste de él? ¿Cómo puede ser que ahora estés enamorada de él?

 –No lo sé –reconoció Teté–. No entiendo nada de lo que me está pasando. Nunca me ha gustado Guille y cuando se me declaró me pareció una broma de mal gusto –calló durante unos instantes mientras continuaba sollozando. Yoli se le acercó abrazándola para intentar consolarla.

 –Pero desde el día que supe que salía con Lorena –continuó Teté– no sé que me pasó. Empecé a verlo con otros ojos. No quería que estuviera con otra. Y cuando los imaginaba besándose me sentía fatal y con ganas de llorar. Y ahora cuando los he visto, Yoli, creí que el mundo se me venía encima.

 –¡Teté! –gritó Guille desde el comedor–, ¿quieres que te ayude a limpiar esto?

 –No, no –contestó Yoli–, ahora lo limpiamos. Es que no encontrábamos la fregona. Venga, límpiate las lágrimas –le dijo a su amiga–, y vamos a recoger todo el estropicio. Luego continuaremos hablando.

 Con el recogedor, primero y con la fregona después limpiaron los cristales y el líquido derramado. Luego sacaron más vasos y refrescos. Mientras Guille y Lorena, continuaban acariciándose acaramelados, sin prestar casi atención a la película, Teté y Yoli, continuaron su conversación en la cocina.

 –¿Qué puedo hacer Yoli? Cada vez que los veo juntos siento un dolor aquí en el pecho que no me deja respirar.

 –Pues sí que te ha dado fuerte, hija. Desde luego eres mujer de contrastes. De no poder soportarlo a no poder vivir sin él. Bueno –reflexionó Yoli–, quizá todo sea lo mismo.

 –¿Pero qué hago Yoli? –insistió Teté mirando hacia el salón–. Mira, mira, la guarra esa se lo está comiendo a besos. ¿Y has visto el escote que lleva? Como tiene una buena delantera, tiene al tonto ese embobado –se quejó.

 –Bueno, ¿y no piensas hacer nada, Teté? –preguntó Yoli–. La verdad es que no te reconozco. ¿Cuándo te has dado tú por vencida cuando has deseado algo?

 –Pero Yoli, ¿cómo puedo competir con esa . . ., con ella?

 –Bueno, con atributos está claro que no –dijo Yoli mirando a Lorena y luego al pecho de Teté.

 –Vaya, gracias. Creí que eras mi amiga –se quejó Teté.

 –Lo siento Teté, pero por ahí, de momento, no puedes hacer nada –luego continuó pensando en voz alta–. Por simpatía no creo que consigas nada. Por belleza . . . , bueno, quizá podrías ganar, pero me temo que Guille no está ahora por esas sutilezas.

 Las dos se quedaron calladas, mientras pensaban. Teté se había calmado y recompuesto un poco, encontrándose ya más serena.

 –¿Sabes? –dijo Yoli–, yo creo que vosotros dos sois bastante parecidos.

 –¿Y qué?

 –Que si tú te pusiste celosa al verlo con otra, quizá él se ponga celoso si te ve con algún chico en situación cariñosa.

 –Ya. ¿Y quién querrá prestarse a eso?

 –A ver Teté, no se trata de que pongas un anuncio. Se trata que te ligues algún pringao para darle celos a tu hermano.

 –Ya, pero no me apetece que me bese nadie. Y menos que me soben –dijo mientras un escalofrío le recorría el cuerpo–. ¡Que asco!

 –Venga Teté, no me seas estrecha. ¿Alguien habrá que te guste un poco no?

 –No sé –contestó Teté reflexionando.

 –Podrías intentarlo con Humberto.

 –Anda Yoli, no me fastidies, que es un pesado y un creído.

 –Pero está como un quesito.

 –No lo veo claro. Tengo que pensármelo.

 –No tienes nada que pensar –sentenció Yoli–. Mañana mismo comenzaremos la operación Humberto. Venga, ahora vamos a ver la película; y por favor, Teté –añadió Yoli– compórtate.

 Volvieron al salón. Estuvieron viendo la película, mientras Guille y Lorena continuaron con sus cariñitos. Yoli se sentó entre ellos y Teté para que ésta no tuviera que presenciar las escenas amorosas, pero no pudo evitar que su amiga lanzara continuas miradas a la pareja, miradas de las cuales ellos no fueron conscientes en ningún momento y que en caso de que hubieran sido detectadas hubieran descubierto, sin lugar a dudas, los sentimientos que en ese momento consumían el corazón y el alma de Teté.

FIN DEL CAPÍTULO


 


Tags: Viaje hacia el amor, Quiquebo, Romanticismo, Donde se esconde el dolor, Novela romántica

Comentarios