lunes, 18 de agosto de 2008
Publicado por Desconocido @ 6:40  | Viaje hacia el amor
Comentarios (0)  | Enviar

CAPÍTULO VIII

LA DULZURA DEL INFIERNO


"Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
insatisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor: quien lo probó lo sabe."
(Lope de Vega; España, 1562 – 1635)

 –¡TETÉ! –GRITÓ su madre–. ¡Que ha venido Yolanda!

 –¡Dile que suba! –contestó Teté.

 Cuando la puerta de su habitación se abrió y Yoli apareció en ella, Teté vio en el rostro de su amiga reflejada la tensión y el nerviosismo.

 –Pero qué te pasa Yoli?

 –¡Ya lo tengo! –exclamó–. ¡Por fin lo tengo!

 –¿Tienes él qué? –preguntó Teté.

 –El punto exacto. El sistema perfecto. La ocasión ideal . . .

 –Yoli –la interrumpió Teté–, no sé de qué me estás hablando.

 –Teté, estoy hablando de la “operación Humberto”

 –¡Ay Yoli, por Dios! No me apetece nada. ¿Estaba Guille abajo?

 –Olvídate de Guille por unos momentos –dijo Yoli–. Ahora hay que lanzar el anzuelo a Humberto. Cuando lo tengas amarrado ya pensaremos en Guille.

 –Tía, no puedo pensar en otra cosa que no sea mi hermano. Lo veo a todas horas, me lo encuentro en todas partes. Y la mayoría de las veces con la tetuda esa.

 –Bueno, es normal ¿no? Vives con él. Ahora puedes imaginarte lo que debió pasar él cuando estaba por ti.

 –Ya, pero yo no soy él –calló unos instantes–. Yoli, ¡es que ahora ni me mira!

 –Si esto fuera una mala telenovela –se rió Yoli–, te diría que estás probando un poco de tu propia medicina. Bueno, a lo que íbamos –continuó Yoli–, después de muchas preguntas he conseguido saber que al curso de Humberto les han puesto un trabajo sobre Picasso y la guerra civil española.

 –Pues que bien –dijo Teté de forma cansina tumbándose en la cama.

 –¿Eso significa . . .? –preguntó Yoli.

 –Pues no sé Yolanda. La verdad es que no estoy para acertijos.

 –Venga Teté, haz un esfuerzo; tú eres más lista que todo eso. Picasso –repitió– y la guerra civil. Eso significa . . .

 –Pues . . ., no sé . . ., yo no . . . –se quedó pensativa unos instantes. Luego incorporándose tanteó: –Eso significa el Guernica.

 –¡Ahí mi niña! –exclamó Yoli.

 –Bueno, ¿y que? –continuó Teté.

 –Joder Teté que poca imaginación. Desde que estas rota por Guille tu cabeza no funciona como antes –le dijo molesta Yoli–. Vamos a ver, si tienen que entregar el trabajo el viernes que viene, sólo quedan dos días festivos para documentarse: el sábado y el domingo. El domingo hay partido, así que sólo nos queda el sábado.

 –Ya, ¿y qué? –continuó Teté desganada.

 –Pues que el sábado nos vamos al museo y nos hacemos las encontradizas con Humberto.

 –Joder Yoli, ¿y nosotras que hacemos allí?

 –Ya buscaremos una excusa.

 –¿Y cuándo se supone que va a ir? –continuó Teté.

 –Por la mañana, por supuesto.

 –¡Ah! –exclamó Teté–. ¿Y esa seguridad?

 –Tía el sábado por la tarde los tíos salen a ligar. Así que este sábado que viene nos vamos al museo en cuanto abran y estaremos paseando por él hasta que lo encontremos.

 –¿Y si no viene?

 –Venga Teté, ¡joder!, hay que tener más esperanza. No me vengas ahora con vibraciones negativas. A ver si lo vas a estropear todo.

 –Bueno, de acuerdo –se resignó Teté–. ¿Pero estaba Guille abajo o no?

 –Joder Teté, sí, estaba abajo.

 –¿Sólo? ¿No estaba Lorena?

 –No. Yo no la he visto. Bueno –dijo Yoli–, me voy a pensar que excusa le daremos cuando nos encontremos con él. Adiós –continuó su amiga–. Y alegra esa cara.
Teté bajo con Yoli para acompañarla hasta la puerta. Una vez se hubo despedido de su amiga se dirigió al salón. Allí se encontraba Guille viendo la televisión.

 –¿Y mamá? –preguntó Teté.

 –Ha ido a comprar no sé qué para la cena.

 –¿Puedo ver la tele contigo? –preguntó un poco temerosa Teté.

 Guille se volvió algo extrañado. Mirando a su hermana a los ojos creyó distinguir una ligera tristeza en su semblante.

 –¿Te ocurre algo Maritere? –preguntó él.

 –No. Nada. ¿Por qué lo preguntas?

 –No sé te veo un poco rara.

 –¿Rara? ¿Por qué?

 –Pues no lo sé Maritere, te noto algo triste.

 –Pues no me pasa nada –dijo algo molesta su hermana.

 –Vale, vale. Yo sólo preguntaba.

 –¿Que miras? –dijo Teté cambiando de conversación.

 –Una película que me ha dejado David. Se titula ‘El lago azul’. Va de unos hermanos, o algo así, que se quedan solos en una isla cuando son pequeños, y cuando son mayores se enamoran el uno del otro.

 –Vaya por Dios –exclamó Teté.

 –¿Qué pasa? –se extrañó Guille.

 –Nada, nada. Anda continúa con la peli.

 –Quieres que la comience de nuevo. Llevo poco rato.

 –No, no, No hace falta.

 Mientras continuaban mirando la película, Teté se fue acercando de forma disimulada donde estaba su hermano. Cuando éste se giró en una de las veces, se extrañó de verla tan cerca de él, aunque no le dio más importancia. Teté volvió, de nuevo, a acercarse un poco más en el mismo momento en que sonó el teléfono. Guille se levantó de golpe para contestar.

 –Sí –dijo–. Hola bonita –su cara cambió inmediatamente a una expresión mucho más dulce que hasta entonces.

 Teté supo inmediatamente que era Lorena quien llamaba. ¿Cómo es posible que Guille se haya podido dejar engatusar por esa . . . tetuda, se preguntó ella? Aunque la zorra esa estaba muy bien de cuerpo, reconoció mientras se miraba sus pechos. Cuando se levantó para alcanzar el mando a distancia y parar la película, aprovecho para mirarse por encima de su hombro. Y además, se dijo, yo con poco culo; ¡caramba es que no tengo de nada! Mientras Teté seguía con sus pensamientos, Guille continuaba al teléfono.

 –Claro que sí Lorena –dijo Guille–. Nos encontramos junto a la parada del autobús. Dentro de un cuarto de hora. Vale, adiós.

 Después de colgar se dirigió a su hermana:

 –Me voy Maritere, puedes continuar viendo la película. Y dile a la familia que no me esperen a cenar; que seguramente llegaré tarde.

 Cuando Guille cerró la puerta de la calle, Teté se tumbó en el sofá. Se encontraba sola en casa y un sentimiento de impotencia y abandono la fue ganando poco a poco. Puso de nuevo la película, pero cuando vio a los protagonistas semidesnudos, con apenas quince años besándose y acariciándose, las lágrimas acudieron a sus ojos. Cerró la televisión, mientras las lágrimas continuaban mojándole las mejillas. Durante un buen rato vagó por la casa solitaria. Luego subió al piso de arriba. Iba a entrar en su habitación cuando se lo pensó mejor y a hurtadillas, a pesar que estaba sola en la casa, entró en la habitación de los chicos. Estuvo chafardeando entre las cosas de Guille, observando y acariciando sus objetos personales. Luego se subió y se tumbó en su litera. Cogió su almohada y se abrazó a ella, besándola e imaginándose que era su hermano Guillermo, pensando situaciones y diálogos con él, intercalados con besos y abrazos. Así poco a poco, fue quedándose dormida sin darse apenas cuenta.
La despertó una voz melosa que la llamaba una y otra vez.

 –Teté, Teté.

 Cuando abrió los ojos, se encontró con el rostro de Marcos, el hermano mayor de Guille. Por unos instantes no supo ni donde estaba ni que hora era.

 –¿Qué haces aquí, Teté? –preguntó Marcos.

 –Yo . . . ¿dónde?

 –En la litera de Guille.

 –Es que . . . , estaba sola y he oído unos ruidos –mintió–. Y . . ., me he asustado. Luego seguramente me he quedado dormida.

 –¿Y la almohada era para protegerte? –preguntó irónico su hermano.

 –Yo . . ., no sé . . . –continuó mientras descendía de la litera.

 –Teté ¿pasa algo con Guille? –preguntó Marcos.

 –¿Con Guille? No, no, ¿qué iba a pasar? No pasa nada –dijo dirigiéndose a la puerta.

 –Ven aquí –le dijo Marcos, cogiéndola de la mano.

 –¿Qué haces, Marcos? –protestó ella.

 –¿Te ha hecho algo Guille?

 –Que no Marcos, que Guille no me ha hecho nada.

 –No –dijo Marcos pensativamente–. Claro que no. Si te hubiera hecho algo no estarías durmiendo en su cama y abrazada a su almohada.

 –Venga Marcos –protestó ella un poco asustada–. Déjame.

 –Guille te atrae –sentenció Marcos.

 –¡Pero qué dices, hombre! ¿El salvaje ese? Tu estás loco.

 –No lo creo –continuó él–. Te está empezando a gustar –insistió.

 –Marcos, por favor –dijo Teté al borde de las lágrimas.

 –Claro –continuó él para sí–. Y él no te hace el más mínimo caso. Está saliendo con Lorena. Sí, la verdad es que hay que reconocer que es muy bonita –dijo Marcos mirándola de reojo.

 –¡Bonita! –salto Teté–. ¿Con esas tetas y ese culo? –luego se calló al ver que Marcos sonreía. Acabada de caer en la trampa.

 –¡Que fuerte, Teté! ¡Estás enamorada de él!

 Eso fue más fuerte que ella. Ahora no pudo aguantar las lágrimas y dejó que estas corrieran libremente por su cara. Intentó marcharse, pero Marcos la atrajo hacia sí, abrazándola.

 –Venga Teté, tranquilízate. Todo tiene solución en esta vida.

 Abrazada a su hermano continuó llorando, dejando que saliera toda su frustración y desconsuelo.

 –Por favor, Marcos –dijo limpiándose las lágrimas–, no se lo cuentes a nadie. Ni siquiera a Eva. ¡Qué vergüenza, Dios!

 –Vamos Teté, ¿vergüenza de qué? Lo que tienes que hacer es conseguir que se fije en ti.

 –Ya. ¿Y cómo lo hago? –preguntó, pensando que lo había tenido a sus pies, y que por imbécil y soberbia lo había dejado escapar.

 –Pues, no sé –dijo Marcos pensando–. Dale celos.

 –¿Y tú crees que esto funcionará?

 –Prueba. Si no funciona, tendrás que buscar otra manera. Pero te aconsejo que no te des por vencida tan fácilmente.

 –Gracias, Marcos –dijo Teté, dirigiéndose a la puerta–. Y por favor, no se lo digas a nadie.

 –Descuida hermanita, será nuestro secreto.



 –MAMÁ –DIJO Teté–. El sábado por la mañana, me gustaría ir al museo.

 –¿Al museo? –preguntó extrañada Lucía

 –Si, es que me gustaría ir a ver el Guernica.

 Tanto Diego como, Guille levantaron la cabeza extrañados para mirarla.

 –¿Y eso a que viene, hija? –volvió a preguntar su madre.

 –Es que el otro día estuve leyendo una revista que hablaba de él y yo sólo lo he visto una vez y cuando era pequeña. Me gustaría volver a verlo.

 –Pues me parece muy bien –asintió Lucía.

 –Sí, y a mí –intervino Diego–. Algunos deberían aprender de su hermana –continuó mirando a Guille–. Si, deberían aprender a culturalizarse un poco más. ¿Cuándo fue la última vez que viste el Guernica? –preguntó Diego a su hijo.

 –Papa, lo he visto infinidad de veces.

 –No me refiero en foto, sino al natural, hijo, al natural. Viendo y disfrutando de los colores.

 –Papa el Guernica es en blanco y negro –se rió Guille.

 –Ya lo sé, Guille, ya lo sé –le dijo su padre dándole una colleja–. ¿Pero cuando fue la última vez que lo viste al natural?

 –Yo . . ., no lo he visto nunca al natural –reconoció Guille.

 –Pues tendrías que hacerlo, hijo –dijo su padre.

 –Papa, el sábado por la mañana no pienso pasármelo en un museo.

 –Pues deberías, hijo, deberías. Es más –dijo Diego–, lo harás.

 –¿Pero que dices, papa?

 –Pues que acompañarás a tu hermana.

 Teté sintió que el plan trazado con Yoli empezaba a complicarse demasiado. No había contado con que Guille le acompañara.

 –Papa, no pienso ir al museo un sábado por la mañana. Además he quedado con Lorena para ir a la sesión matinal del Condal.

 –Pues tú mismo. Elige. O vas de visita al museo con tu hermana, o este mes no hay asignación.

 –Papa, esto no es justo. Porque Maritere tenga una idea descabellada, no tengo porque pringar también yo.

 –Está decidido, iréis los dos al museo. Y no se hable más.

 Continuaron cenando, mientras Guille de vez en cuando mandaba miradas asesinas a su hermana. Esta no estaba más contenta que su hermano con la decisión de Diego, aunque finalmente pensó que si Guille estaba presente quizá fuera más fácil provocarle los celos. Cuando subían hacia sus respectivas habitaciones, Guille le susurró a Teté en voz baja:

 –Desde luego Maritere, no sabes que inventarte para joderme la vida.

 –Perdona Guillermito, pero tu vida me importa bien poco, ¿sabes? Yo hago la mía y si tu padre te complica la tuya no me eches la culpa a mí.

FIN DEL CAPÍTULO




Tags: Viaje hacia el amor, Quiquebo, Romanticismo, La dulzura del infierno, Novela romántica

Comentarios