lunes, 25 de agosto de 2008
Publicado por Desconocido @ 7:07  | Viaje hacia el amor
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CAPÍTULO IX

DEL AMOR, LA CENIZA Y EL OLVIDO


Un amor que pregunta, si es virtud o es pecado,
la fuerza que lo agita, eso es el amor soñado.
Un amor que se esconde, porque teme al futuro,
puede ser un amor, pero no es el más puro.

Un amor que se escapa de su propio sentido,
es la rama del árbol sin la gloria del nido.
Un amor que razona, que contrata su ensueño,
inevitablemente será un amor pequeño.

Un amor que me exige preceptos y rituales,
con dudas aritméticas y páginas legales...
ese no es el amor que soñaba ofrecerte
para toda la vida, sobre toda la muerte.

Si tu amor es tan pobre, recuérdame perdido:
cuando es poco el amor, ¡Vale más el olvido!
(José Ángel Buesa; Cuba, 1910 – 1982)



 PARA DESESPERACIÓN de Guille el sábado amaneció un día radiante. Cuando miró al cielo y vio que no había ni una sola nube, su mal humor se multiplicó por diez.

 –Con este día espléndido –se dijo–, y yo metido en un museo por culpa de la boba de Maritere.

 Guillermo aceptó ir a primera hora al museo; pensó que quizá de esta manera todavía le quedaría una parte de la mañana para él. Su padre se lo había dejado bien claro: Teté marcaba la visita; terminaría cuando ella lo considerara oportuno.

 Cuando Guille y Teté llegaron a la puerta del museo ya encontraron a Lorena esperando.

 –¿Qué hace esta aquí? –preguntó Teté claramente molesta.

 –Pues viene conmigo, si no podemos estar juntos fuera, estaremos juntos dentro. Venga, ¿entramos o qué?

 –Espera –dijo Teté–, también tiene que venir Yoli. ¡Ah!, mira por ahí viene.

 Penetraron en el interior del museo comenzando a realizar la visita. Teté iba mirando los cuadros como si tuviera un verdadero interés en ellos. Mientras tanto Yoli se dedicó a mirar a su alrededor para ver si distinguía a Humberto.

 –A ver Maritere –le dijo Guille–, ¿no veníamos a ver el Guernica? Entonces ¿para que nos detenemos en todas las salas? Venga vamos a la sala del dichoso cuadro y a ver si terminamos cuanto antes.

 La sala del cuadro en cuestión estaba desierta a esa hora. Tete se sintió decepcionada. Esperaba haberlo encontrado ya allí. Guille continuaba con sus besos y cariños a Lorena, lo que todavía la ponía de peor humor. Su hermano no hacía más que intentar besar a Lorena en el cuello, mientras ella le rehuía jugando y excusándose en que le hacía cosquillas. Mientras Teté intentó olvidarse de su hermano contemplando el cuadro, oyó una voz familiar detrás de ella.

 –Vaya, qué casualidad. No esperaba encontrarte aquí –la voz de Humberto la sacó de sus cavilaciones–. ¿Cómo es que habéis venido al museo?

 –Pues, por qué Guille se ha empeñado –mintió ella aprovechando que su hermano no podía oírla ocupado como estaba en sus juegos con Lorena.

 –¿Guille? ¿Y para qué? –preguntó extrañado Humberto.

 –Pues no sé, pero dice que sólo lo había visto una vez cuando era pequeño y que quería volverlo a ver. Y mi padre –volvió a mentir–, me ha obligado a venir también a mí. ¿Y tú que haces aquí? –preguntó intentando desviar la conversación, al ver que Guille se acercaba a ellos.

 –¡Hombre! –exclamó su hermano–. Si es el Humberto.

 –¡Hola Guille! Pues resulta –dijo dirigiéndose a Teté e ignorando a Guille–, que nos han puesto un trabajo sobre la Guerra Civil y Picasso; así que no me ha quedado más remedio que venir a ver el cuadro al natural.

 –Qué bien, ¿no? –exclamó Teté.

 –Que bien, ¿por qué?

 –No bueno, quiero decir que qué casualidad –rectificó Tete–. Bueno y que me dices del cuadro –se interesó ella.

 –A mí me gusta mucho Picasso. En mi casa tenemos algunas litografías suyas –dijo con ostentación y suficiencia–. Lo cierto –continuó–, es que Picasso utiliza rasgos cubistas, ya que reduce las formas naturales a formas geométricas, pero también emplea el expresionismo en los gestos de los personajes.

 –¡Qué interesante! –dijo Teté girando la cabeza para intentar localizar a Guille.

 –Aunque también existe una gran pureza y definición de líneas que recuerda al neoclasicismo –continuó Humberto.

 –Sí, sí –afirmó Teté–. Tienes toda la razón.

 –La verdad –concluyó Humberto–, es que es un cuadro muy bonito.

 Mientras Teté continuaba junto a Humberto escuchando sus explicaciones, Guille se alejó ligeramente sin poder apartar la vista del cuadro. A esa hora de la mañana no había mucha gente en el museo y se podía contemplar la pintura en su totalidad con cierta tranquilidad.

 –¿Qué te pasa? –le dijo Lorena al ver que su rostro se había puesto serio–. ¿Te encuentras mal?

 –No, no, es que . . ., no sé –balbuceó Guille–. ¿Has visto la figura de la mujer con el niño?

 –Sí, parece un cómic, ¿no? –dijo ella irónicamente.

 –¿Qué? –preguntó Guille todavía absorto–. ¡Ah!, sí, sí, claro. Pero, ¿no sientes el dolor y la tristeza?

 –¿Qué dices? –se interesó de nuevo Lorena sin comprender las palabras de Guille–. ¿Te duele algo? ¿Quieres que nos vayamos?

 –¡Qué diferente es verlo en un libro o al natural! –dijo Guille sin hacer caso de Lorena–. No pensaba que fuera tan grande. Pero esa mujer con el niño en brazos . . ., no sé, me dan ganas de llorar.

 –¡Pero qué dices! –se extrañó Lorena–. ¿Por qué ibas a llorar?

 –No lo sé –reconoció Guille.

 –La verdad –intervino Yolanda por primera vez–, es que uno se siente impotente y abandonado frente a una pintura así.

 Mientras alejados del cuadro Guille, Lorena y Yolanda continuaban mirando la totalidad de la pintura, Humberto junto a Teté continuaba exponiéndole las características de la obra.

 –Lo cierto es que gracias a la descomposición de la realidad en el cubismo y su posterior composición en todas sus perspectivas, se muestra todo el horror de la guerra.

 –¿De verdad, Humberto? –preguntó Teté intentando situar de nuevo a Guillermo en su campo visual.

 –Sí, por supuesto –afirmó él con seguridad–. Por cierto Teté –dijo después de unos instantes en silencio–, lo que me contaste el otro día que había entre tu hermano y tú . . .

 –Bueno –intervino rápidamente ella–, lo cierto es que lo dejamos.

 –¿Y eso? –preguntó él con una ligera sonrisa en los labios.

 –Porque Guille es un niñato y yo quiero un chico más centrado y serio –dijo Teté con suficiencia–. Pero, por favor, no lo menciones delante de él; creo que todavía no lo ha superado del todo.

 Teté pensó que si Humberto comentaba algo de eso delante de Guillermo, este era capaz de desvelar toda la historia, con el consiguiente ridículo en que ella caería.

 –Lo cierto –continuó ella–, es que duró muy poco. Guille es poco maduro y no es capaz de entender lo que es amar a alguien.

 –Ya –dijo Humberto–. Quizá tengas razón en eso, pero en lo de que no lo ha superado, yo no lo afirmaría; sólo hay que ver el morreo que se está dando con Lorena.

 –¿Qué? –saltó Teté al tiempo que se giraba hacia su hermano.

 Lorena y Guille estaban, efectivamente, besándose con pasión, mientras sus cuerpos abrazados parecían como si quisieran entrar uno dentro del otro. Teté se dirigió con el rostro desencajado hacia ellos.

 –¿Pero es que no podéis comportaros? –casi les gritó.

 Guille y Lorena la miraron sin comprender su enfado después que sus labios se hubieran separado.

 –¿Se puede saber que te pasa Maritere? –preguntó Guille extrañado.

 –Pues . . ., pues . . ., que estamos en un museo –intentó justificarse al borde de las lágrimas–. La gente no viene aquí a darse el lote.

 –Mira hermanita, estoy aquí por tu culpa, así que olvídame.

 –Venga Teté –intervino Humberto–, déjalos. Oye Teté, ¿qué haces esta tarde? –le preguntó de forma imprevista.

 –Pues . . ., no sé. Nada, supongo –titubeó ella–. No tenía nada previsto.

 –¿Te apetecería venir al cine conmigo?

 Teté pensó que Humberto no se lo podía haber pedido en mejor momento, ya que Guille estaba junto a ellos y evidentemente había oído la invitación.

 –Claro –asintió ella–. Me encantaría. ¿Dónde vamos a ir? –preguntó intentando que Humberto concretara el cine para que Guille lo oyera.

 –Bueno, no sé. ¿Te apetece ver algo en especial?

 –Me gustaría volver a ver la que hacen en el Excelsior.

 –Por mí no hay inconveniente. Te pasaré a buscar a las seis.

 De acuerdo –dijo Teté pensando que había conseguido su objetivo–. Bueno, nosotros nos vamos. Venga Guille, ya nos podemos ir –le dijo a su hermano al pasar junto a él.

 Una vez fuera, mientras Guille y Lorena se marchaban hacia el parque a pasear, Teté empezó a pensar en la estrategia que iba a utilizar por la tarde.

 –No te preocupes por Guille –dijo Yoli–. Yo me encargo de que vaya al mismo cine esta tarde.

 –¿Y cómo lo vas a conseguir? –preguntó Teté no muy convencida.

 –No te preocupes. Mi hermano me debe un favor. Conseguiré que Josemari lo lleve al mismo cine que iréis vosotros.

 –¿Tú crees que funcionará? –volvió a preguntar Teté con incredulidad.

 –Estoy convencida –afirmó Yoli.

 CUANDO LUCÍA le gritó que Yolanda acabada de llegar, Teté llevaba ya una media hora en casa, totalmente absorta tumbada en su cama.

 –¡Dile que suba! –le contestó Teté. 

 –Bueno, ¿qué? –preguntó con interés Yolanda nada más entrar en la habitación de su amiga.

 –Increíble, tía –reconoció Teté–. Alucinante.

 –Venga, venga –insistió su amiga–. Quiero pelos y señales. Y desde el principio –añadió.

 –Me llevó a ver ‘Sentido y sensibilidad’ –dijo Teté.

 –Pero . . .¿te metió mano? –preguntó directamente Yoli a su amiga.

 –¡Joder, Yoli! –exclamó Teté.

 –A ver: ¿sí o no? –insistió Yolanda.

 –Pues no. Fue muy atento.

 –Ya –dijo Yoli callando unos instantes–. ¿Y tú a él? –continuó.

 –¡Yoli! –protestó Teté colorada.

 –¡¿Qué?!

 –Pues no –reconoció Teté un poco molesta con las preguntas de su amiga–, no le metí mano.

 –Pero al menos os besaríais –continuó indagando Yoli.

 –Pues no, tampoco –negó de nuevo Teté con evidente desilusión–. Cuando se apagaron las luces me pasó la mano por la espalda y yo apoyé la cabeza en su hombro –continuó explicando Teté a su amiga–. Pensé que cuando llegara alguna escena romántica me besaría, pero no lo hizo.

 –Pues vaya –se quejó Yoli–. Nos ha salido paradito el búho ese. ¿Y cuando salisteis?

 –Estuvimos paseando por el parque y comentando la película. ¡Tiene una conversación tan interesante! –exclamó Teté, mientras Yoli la miraba con cara de no entender nada.

 –¿Os vio Guille?

 –¿Guille? –preguntó Teté–. Pues no lo sé, no lo vi.

 –Bueno, ¿y qué más? –continuó interrogando Yoli impaciente.

 –Como acordamos le dije que tenía sed y nos sentamos en la cafetería. Me invitó a un refresco.

 –¿Un refresco con este frío? –se sorprendió Yoli.

 –Tía, pensé que si me besaba no quería que me encontrara sabor a café con leche. Yo no lo soporto en el aliento.

 –Bueno, bueno, ¿y qué más? –preguntó otra vez Yoli impaciente.

 –Pues fuimos caminando hasta mí casa.

 –¿Y allí?

 –Estuvimos hablando un rato dentro de la verja. Luego como no intentaba nada me despedí de él y me dirigí a la puerta.

 –¿Eso es todo? –preguntó decepcionada Yoli.

 –Casi –afirmó Teté.

 –¿Casi? Teté, vas a conseguir que me dé un ataque al corazón –casi le chillo su amiga–. Me vas a contar lo que pasó, ¿sí o no?

 –Me giré pensando que no habría nada más –continuó Teté–, cuando noté que me cogía de la mano y tiraba de ella. Cuando me volví no tuve tiempo de nada –dijo Teté sonriendo–. Me abrazó y me besó.

 –¡Ala! –exclamó Yoli.

 –Me cogió tan de sorpresa que al principio me opuse. Pero luego . . . ¡Oh Yoli! Fue maravilloso.

 –¿Y Guille? –preguntó Yoli– ¿Os vio?

 –Pues . . . no sé –dijo Teté–. Pero ¿por qué tenía que vernos?

 –A ver Teté –centró Yoli–. Se suponía que debías ligarte a Humberto para darle celos a Guille, ¿no?

 –Bueno . . ., sí. Pero . . ., la verdad, Guille me da igual.

 –¿Cómo que te da igual? –exclamó Yoli–. Si Guille no os vio no ha servido para nada.

 –¡Ay, Yoli! Deja a Guille.

 –¿Cómo que deje a Guille?

 –Estoy enamorada de Humberto –dijo Teté con la mirada perdida.

 –Que ¿qué? –exclamó su amiga.

 –Yoli, fue el mejor beso que me han dado en mi vida –continuó Teté todavía extasiada.

 –Ya –dijo su amiga–. Y . . .¿te han dado muchos?

 –Bueno . . ., no. Yo . . . –Teté se quedó pensativa–. Lo cierto es que un beso de verdad no me lo habían dado nunca hasta ahora.

 –O sea, que no tienes con qué compararlo –afirmo Yoli.

 –Yo . . ., no . . . Pero una mujer sabe cuando un beso es un beso de verdad –afirmó–. Además está buenísimo.

 –Teté, de verdad, soy tu amiga, pero eres la tía más voluble que conozco. Ayer estabas loca por tu hermano. No podías vivir sin él y no podías soportar que estuviera con Lorena –dijo Yoli evidentemente molesta con su amiga–. ¿Me estas diciendo ahora que ya no sientes nada por tu hermano?

 –Eso eran chiquilladas –continuó diciendo Teté todavía ensimismada–. Ahora he descubierto el verdadero amor. Humberto es todo un hombre, guapo, atento, simpático. Yoli estoy enamorada de él.

 –¿O sea, que nos olvidamos de Guille?

 –Totalmente. No tiene punto de comparación.

 Yolanda todavía alucinaba con el cambio tan radical que había sufrido su amiga. De reírse de su hermano cuando este se le declaró, a llorar en su hombro porque Guille salía con Lorena, a olvidarse completamente de él por un beso del pijo de Humberto. Eso no es normal, se dijo; no es normal y lo pagará.

 –¿Así que os besasteis sin que nadie os viera? –volvió a preguntar de nuevo Yoli.

 –Sí, no había nadie. No necesitábamos a nadie. Sólo Humberto y yo –fue maravilloso.

 Sin embargo, Teté se equivocaba. Su beso no había pasado desapercibido. Justo cuando Humberto le cogía la mano y la atraía hacia sí, Diego se levantaba del sofá para estirarse en el intermedio del partido. Al girarse observó escandalizado cómo Humberto atraía hacia sí a Teté y cómo sus bocas se unían. También observó como Teté intentaba oponerse al beso.

 –¡Lucía, Lucía! –gritó–. ¡Ven corre! Esto es un escándalo.

 Lucía acudió desde la cocina, al igual que Guille, justo para ver como Teté sucumbía al beso de Humberto.

 –Le voy a contar las cuarenta al Humberto ese –dijo exaltado Diego–. Pues no va y la besa a la fuerza.

 –Diego –le retuvo Lucía–, a mí no me parece que la esté besando a la fuerza.

 –Pero . . ., pero . . . –Dijo Diego confundido–, si yo he visto que . . .

 –Vamos, Diego –dijo Lucía–, dejémoslos solos. Están en la edad, y Teté ya es toda una mujercita.

 Durante todo el rato que Teté y Humberto se estuvieron besando, Guille no apartó los ojos de los dos. Toda la tarde estuvo pensando en la cita que su hermana tenía con Humberto. Casi terminó enfadándose con Boliche cuando le dijo que no quería ir al cine. No entendía por qué había insistido tanto. Sabía que ese era el cine al que iba a ir su hermana con Humberto. Y sabía cuál sería el final de la cita. El mismo final que tuvo cuando él y Lorena fueron al cine. Pero no le preocupaba ese final. Sabía que Teté y Humberto terminarían así. O mejor dicho: sabía que Teté no se opondría a ese final.

 –¿Estás celoso? –se preguntó a sí mismo–. No. No estoy celoso –se dijo.

 Curiosamente no estaba celoso. Se alegraba que su hermana estuviera enamorada. ¿Se alegraba? No, no se alegraba. En realidad no sabía que sentía. O quizá sí. Se encontraba triste. Sí, esa era la palabra: triste, tristeza. Eso era lo que sentía en ese momento. Por un momento pensó que quien podía estar ahí fuera con su hermana podía haber sido él. Y eso le produjo la sensación de tristeza que sentía. Una sensación de que la vida lo había apartado, lo había dejado al margen, lo había abandonado, ignorado.

 Antes incluso que los labios de Teté y Humberto se separaran, dio media vuelta y comenzó a subir hacia su habitación. Allí se tumbó en su litera y en la oscuridad sintió la inmensidad del mundo y lo pequeño que era él. Sintió el abandono y la soledad en que se encontraba. Rememoró en sus manos y en su cuerpo la exuberancia de Lorena, de sus besos, de sus pechos, de sus muslos, de su cuerpo entero, y tuvo que reconocer, allí y entonces, que estaba dispuesto ha cambiar todo eso por una sola mirada amable de su hermana.

FIN DEL CAPÍTULO



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Comentarios
Publicado por Quiquebo
miércoles, 27 de agosto de 2008 | 7:19
Parece que la historia no tiene mucho éxito, excepto algunas visitas que creo que llegan al blog por casualidad no hay mucho interés por él. Es posible que sea por haberlo colocado en vacaciones, o porque la historia es mala. Agradecería alguna opinión.