CAPÍTULO X
EL VIENTO EN LOS SAUCES
“–¿Qué hay allí? –preguntó el Topo, señalando con la
pata un fondo de árboles que ponían un marco oscuro a
las vegas de un lado del río.
–¿Aquello? ¡Ah, pues el Bosque Salvaje! –dijo la Rata
secamente–. La gente de las orillas no vamos mucho por
allí.
–¿No son…, no son muy simpáticos los de allí? –dijo el
Topo un pizquito nervioso.
–Bueno… –contestó la Rata–, verás. Las ardillas están
bien. Y los conejos… depende, porque entre los conejos
hay de todo. Y además está el Tejón. Nadie se mete con
él. Más les vale –añadió, en tono significativo.
–¿Por qué? ¿A quién se le iba ocurrir meterse con él
–preguntó el Topo.
–Bueno… claro… hay… hay otros –explicó la Rata
con cierto titubeo–. Comadrejas… y armiños… y zorros y
otros animales por el estilo. Están bien, hasta cierto
punto… yo me llevo bien con ellos… siempre nos
saludamos cuando nos vemos, y tal… pero a veces se
descontrolan, para qué vamos a negarlo, y entonces…
bueno, no te puedes fiar de ellos, eso es lo que pasa.”
(El viento en los sauces, Kenneth Grahame)
–A VER TETÉ –dijo Candela–, ven a ayudarme.
–¿A qué? –preguntó esta.
–No preguntes tanto y ven.
La profesora y Teté salieron mientras toda la clase se quedó expectativa a la espera no sabían de qué. Cuando las dos regresaron, la clase comenzó a vislumbrar algo del misterio, ya que volvieron con el proyector de transparencias y la pantalla de proyección. Después de montar todo el tinglado, Candela apagó las luces. La penumbra se adueñó de la clase mientras la primera transparencia con un plano de una parte de la península ibérica apareció proyectado en la pantalla.
–Vamos a ver –dijo Candela–. Silencio todos. Atendedme. El instituto a organizado un viaje de una semana para después de las vacaciones de Navidad para vuestra clase. Se trata de un viaje lúdico – cultural. Es decir –explicó mientras observaba en la penumbra las caras de ignorancia que aparecían en toda la clase–, se trata de un viaje para disfrutar de los deportes de nieve por una parte . . ., ¡silencio cafres! –tuvo que gritar para acallar los gritos y los aplausos que siguieron a su anuncio–. Callaros y dejadme continuar. Como decía se trata de disfrutar de la nieve, pero también de aprender algo de historia visitando ciertos lugares y adquirir un poco de cultura, que no os vendrá nada mal, además de cumplir con una tradición milenaria.
Eso intrigó a la clase lo suficiente para que permanecieran callados.
–Bien –continuó Candela– Se trata de salir un sábado a primera hora de la mañana en autocares de Madrid siguiendo la nacional uno –explicó marcando el camino sobre el mapa proyectado–. Luego cogeremos la nacional 110 hasta Cerezo de Arriba. Desde allí seguiremos hasta la estación de La Pinilla. Pasaremos el día allí, por lo que para el primer día tenéis que traer bocadillos para comer. Por la tarde volveremos a Cerezo de Arriba a dormir.
Mientras toda la clase tomaba notas mirando el mapa que se proyectaba sobre la pantalla, Candela continuó exponiendo los planes.
–Al día siguiente, domingo, dejaremos el hotel y volveremos a la estación para volver a pasar la mañana y parte de la tarde. Luego cogeremos los autocares y nos iremos a dormir a Valladolid –ante el silencio de todos los alumnos Candela siguió explicando el itinerario previsto: –Por la mañana del día siguiente, lunes, saldremos de Valladolid para visitar a primera hora Tordesillas, lugar donde se firmó el famoso tratado. ¿Qué decía ese tratado, Bellido? –preguntó Candela a traición.
–¿Qué? Yo, bueno . . ., sí, el tratado de Tordesillas . . ., pues era un tratado que se firmó en Tordesillas, y . . .
–Anda, Bellido siéntate –perdonó Candela–. El día 7 de junio de 1494 en Tordesillas, los Reyes Católicos y Juan II de Portugal firmaron un tratado que dividía el océano Atlántico por medio de una ‘raya’ trazada de polo a polo, 370 leguas al oeste de las islas Cabo Verde, quedando el hemisferio oriental para Portugal y el hemisferio occidental para la corona de Castilla.
–O sea –dijo David–, ¿que se repartieron el mundo?
–Ni más ni menos –afirmó Candela–. Eran las potencias navales más importantes de la época y podían hacerlo.
–Bien –continuó Candela–, luego seguiremos hasta Salamanca donde comeremos y visitaremos la Plaza Mayor y la Universidad. También nos acercaremos a Santa María de Tormes. Posteriormente continuaremos, pasando por Zamora para dormir en Benavente.
–¿Por qué en Benavente? –se preguntó así misma Candela–. Pues por varios motivos. El más importante porque es la única población que está cerca de Villarente donde hemos encontrado alojamiento para todos.
Toda la clase se quedó con la boca abierta ante la revelación que parecía tan trascendental pero que nadie entendió.
–¿Villa qué? –se aventuró a preguntar Guille.
–Villarente –confirmó Candela–. Uno de los motivos culturales de este viaje es hacer un trozo del camino de Santiago.
–¿Qué? –dijo Boliche algo exaltado–. ¿Qué vamos ha ir andando hasta Santiago?
–A ver, Bellido, no digas animaladas –le cortó Candela–. Luego os cuento de qué va todo eso. Pero ahora, como veo que estás puesto en el tema explícales al resto de tus compañeros que es esto del camino de Santiago.
–Bueno –dijo Boliche–, el camino de Santiago es la ruta que va desde Francia a Santiago y que seguían los peregrinos para ir a visitar la tumba del apóstol Santiago.
–No está mal, Bellido, no está mal –afirmó Candela–. Buen resumen. Efectivamente es la ruta que comenzando en Somport o en San Juan de Pie del Puerto, sigue a través de Navarra –continuó Candela cambiando la trasparencia–, la Rioja, Burgos, Palencia, León, Lugo y La Coruña hasta la supuesta tumba del apóstol Santiago en la Catedral de dicha ciudad. Inicialmente era un itinerario de peregrinación religiosa, pero actualmente es un viaje, un viaje hacia donde quiere cada una de las personas que lo comienza.
El silencio dominaba ahora la clase. Evidentemente Candela había conseguido captar la atención de todos los chicos.
–Una de las etapas del camino es la número 20, que va de Mansilla de las Mulas a León. Pero son 17 kilómetros. Demasiados para que vosotros los hagáis a pie. Así que saldremos de Benavente por la mañana y los autocares nos dejarán en Villarente; empezaremos a caminar y si todo va bien lo haremos hasta Valdelafuente. En total unos 6 kilómetros. Allí nos recogerán los autocares y continuaremos el viaje por el camino pero en autocar.
–¿Autocares? –preguntó Teté–. Pero no somos tantos, ¿no?
–Eres muy lista, Teté –dijo Candela.
–Demasiado –dijo Guille mientras su hermana se volvía para sacarle la lengua.
–Autocares –desveló Candela–, porque serán dos. Este viaje lo vais a realizar vosotros y el curso superior al vuestro de forma conjunta.
–¡Yoli, Yoli! –exclamó Teté en voz baja pero con mucha excitación–. Humberto también va. Dios mío –repitió emocionada–, Humberto también va.
–Bien –continuó Candela–. En Benavente, si tenemos tiempo visitaremos el castillo de la Mota y algunas iglesias, sobre todo –dijo elevando la voz ante el murmullo de desilusión de la clase–, la de San Juan del Mercado, que es un ejemplo del arte románico, ya que la iglesia se construyó en el año 1181. Quiero recordaros –continuó Candela elevando de nuevo la voz– que aunque estemos hablando de un viaje, esto de hoy no deja de ser una clase.
Una vez se hubieron acallado los murmullos continuó con la explicación sobre el mapa.
–Bien, ese día continuaremos por el camino de Santiago en autocar y comeremos en Astorga, donde si tenemos tiempo visitaremos la catedral y el palacio episcopal.
–¿Y no visitaremos la catedral de León? –preguntó Teté.
–¿Y no visitaremos la catedral de León? –repitió Guille con voz burlona–. ¡Será repelente!
–A ver, Teté –dijo Candela–, déjame terminar. Después de comer continuaremos para hacer noche en Ponferrada. Al día siguiente, miércoles, saldremos de Ponferrada y los autocares nos llevarán hasta la entrada de Santiago. Concretamente –dijo Candela cambiando de transparencia–, hasta el Monte do Gozo, desde donde antiguamente se divisaba la ciudad de Santiago. Entraremos en la ciudad andando y llegaremos hasta la Catedral caminando a través de Santiago –después de una pequeña pausa continuó: –Dormiremos en Santiago esa noche y pasaremos allí el día siguiente jueves y el viernes. El sábado comenzaremos a volver y pasaremos por León para visitar la catedral, que es un ejemplo del gótico francés, con más de 700 vidrieras. Pasaremos la noche en León y el domingo por la mañana saldremos para llegar a Madrid ese mismo día.
De nuevo el silencio se adueñó de la clase mientras ella apagaba el proyector y encendía las luces de la clase.
–Y ahora –dijo antes que desapareciera el efecto del encendido de las luces–, una serie de recomendaciones para el viaje. Atención, calzado adecuado para la nieve, aunque para el día a día y para andar con unas zapatillas y unos buenos calcetines será suficiente –mientras toda la clase tomaba nota, continuó: –A parte de la bolsa que llevéis para la ropa y otras cosas, es adecuado que llevéis una pequeña mochilla para llevar un saco de dormir, ya que nunca se sabe si se necesitará, además de los efectos más necesarios en el día a día.
–¿El saco? –preguntó extrañado Guille– ¿Para qué queremos un saco si dormiremos en hoteles?
–¡Tu eres tonto, niño! –intervino Teté– Yo pienso dormir en el saco todas las noches. A saber cómo estarán de limpias las sábanas en los hoteles.
–Tú eres muy finolis, Maritere –se río Guille.
–A ver, ¡silencio! –intentó de nuevo Candela–. El saco siempre es interesante llevarlo por si ocurre algún percance, o simplemente para lo que ha dicho Teté. Bien, sigamos, la responsable del viaje seré yo. También la encargada de controlar el primer autocar. El segundo será controlado por un chico del curso superior que se llama Humberto. Ahora un tema de organización. Para evitarnos pasar lista continuamente usaremos un método diferente. Haremos parejas y cada uno será responsable de tener controlado a la otra parte a la hora de subir a los autocares. En esta clase las parejas de control serán: Josemari – Yoli, David – Sonia, Teté – Guille, . . . –Candela continuó anunciando las parejas para el viaje, mientras la mayoría continuó sin entender la función de esas parejas.
–Pero eso ¿para qué sirve? –preguntó Teté algo molesta al verse emparejada con su hermano.
–Vamos a ver, Teté, cuando se necesite estar seguro que no falte nadie, bastará con preguntar: ¿cada uno tiene a su pareja? Tan sencillo como eso. No sirve, ni tiene ninguna otra función.
–Menos mal –respiró aliviada Teté mirando a Guille.
Sin embargo, observó con bastante mal humor como Lorena le guiñaba el ojo a su hermano, mientras este le sonreía de forma enigmática.
EL SÁBADO por la mañana, primer día del viaje, amaneció despejado. A las 8 de la mañana el ambiente era muy frío, pero todo parecía indicar que el sol sería el gran protagonista de la mañana.
Cuando Guille y Teté llegaron al instituto, los autocares ya estaban allí. Colocaron las bolsas en el portaequipajes de los mismos, así como las mochilas con los sacos. Humberto como un general iba impartiendo órdenes en su autocar, mientras Candela se encargaba de organizar el otro. Mientras Guille besaba a Lorena, Teté se acercó a Humberto, observando impresionada como este dirigía las operaciones de carga del equipaje.
–Hola –le saludó Teté, un poco tímidamente.
–Cariño –respondió él–, enseguida estoy contigo.
Tras unos instantes dándose alguna importancia de más, se acercó a ella. Cogiéndola por la cintura la besó con pasión. Y como siempre que Humberto la besaba así, Teté sintió como un estremecimiento recorría todo su cuerpo, al tiempo que le parecía que todo a su alrededor daba vueltas.
–Vendrás en mi autocar, ¿no? –preguntó él.
–Por supuesto –asintió Teté mientras volvían a besarse.
–Bueno, ahora déjame que tengo mucho trabajo –presumió él.
–¡Venga, id subiendo a los autocares! –gritó Candela–. A ver –continuó cuando todos estuvieron en ellos y sacando la cabeza en el primero–. ¿Hay alguien a quien le falte su pareja?
–A mí –grito Guille.
–¿Dónde demonios está tu hermana?
–Pues no lo sé. La última vez la vi con Humberto.
–Pues si que empezamos bien –se quejó Candela–. Bueno, por lo menos el sistema funciona. Venga, a ver Guillermo, ven conmigo.
Candela junto con Guille se dirigió al segundo autocar.
–¡Se puede saber que haces aquí, Teté! –le dijo ella cuando la divisó sentada en el segundo autocar–. Se supone que las parejas que formé deben viajar juntas.
–Pues que Guille se venga aquí. Yo quiero ir con Humberto –dijo Teté.
–A ver Maritere, lo normal es que vayamos con los de nuestra clase –razonó su hermano.
–Claro, para que tú puedas ir con tu Lorenita –dijo Teté con voz de burla.
–¡Callaos los dos! –intervino Candela–. No tengo ninguna intención que me amarguéis el viaje y mucho menos antes de empezarlo. Tu hermano tiene razón –dijo dirigiéndose a Teté–. Lo normal es que vayáis con los de vuestra clase.
–¡No hay derecho! –interrumpió Teté quejándose.
–No he terminado Maria Teresa, así que cállate –continuó Candela mientras una sonrisa aparecía en la cara de Guille–. Lo normal es que vayas con los de tu clase, pero vamos hacer una excepción –la sonrisa de la cara de Guille se borró de golpe–. Cada vez que subáis al autocar podéis turnaros viajando una vez en cada autocar.
–Entonces empezaremos en este –dijo Teté.
–No –sentenció Candela–, empezaréis en el otro.
–¡Jo! ¿Por qué?
–Por darme la murga y complicarme la vida. Y se acabó –finalizó Candela–. Venga Teté. Arreando para el otro autocar.
–¡Joder! No hay derecho –continuó quejándose ella, mientras su hermano se burlaba con gestos.
El resto del viaje continuó sin ningún incidente más. Fue un viaje tranquilo, aunque no para Teté, que tuvo que soportar las continuas carantoñas entre Guille y Lorena, mientras ella tuvo que conformarse con ver desde la parte trasera del autocar a Humberto sentado en la parte delantera del otro, junto al conductor. Llegaron a la estación de La Pinilla sobre las diez y media de la mañana.
–Humberto –dijo Teté una vez en las pistas–, ¿nos deslizaremos juntos?
–Mira cariño, creo que deberías ir a jugar con tus amigos –le dijo con suficiencia–. Yo voy a ver si esquío en las pistas más altas. Luego para comer nos vemos, ¿de acuerdo?
–Sí . . ., claro . . . –respondió ella con desilusión–. Claro, luego nos vemos.
Teté se dirigió hacia donde se encontraban sus amigos, junto con Guille y Lorena. Se deslizaban alternativamente con un par de trineos. Sin embargo, ella no se encontraba de humor para mezclarse con ellos. Le hubiera gustado hacer lo mismo, pero con Humberto. Cuando más ensimismada se encontraba una bola de nieve vino a impactar en su cabeza.
–¡Joder . . .! –exclamó.
–Venga Maritere –gritó Guille–, ven a jugar con nosotros.
–¡Déjame en paz, ¿quieres, Guillermito?!
–Ni lo sueñes –dijo él acercándose con un puñado de nieve en sus manos.
–Guille, ni se te ocurra –le amenazó ella apuntándole con el dedo y sonriéndole.
–¿Y quién me lo va a impedir? –la retó él.
–Guille, que te la juegas –insistió su hermana, al tiempo que cogía también un puñado de nieve riéndose ahora claramente.
Guille le lanzó la nieve que llevaba en las manos, mientras ella levantándose corría detrás de él para lanzarle la que había recogido. Estuvieron un buen rato así persiguiéndose alternativamente, hasta que en una de las veces se encontraron tan cerca que se abrazaron intentando que el otro no pudiera tirarle la bola de nieve. Durante el forcejeo Guille resbaló llevándose a su hermana en la caída.
Los dos rodaron por el suelo mientras reían e intentaban restregarse la cara con la mano llena de nieve.
–¡Guille no! –gritó ella intentando evitar que él le introdujera la nieve por el cuello.
–¡Cómo que no! –dijo Guille mientras forcejeaban–. ¡Ahora verás!
Por fin consiguió situarse encima de ella; pudo cogerle las muñecas y apretárselas contra el suelo; con una rodilla a cada lado de la cintura de Teté, vio que la tenía completamente a su merced. Las risas fueron cesando, mientras los dos se miraban a los ojos. De pronto el mundo y todo lo que contenía desapareció alrededor de ellos. Guille sólo tenía ojos para los labios de Teté, esos labios que ella le había negado continuamente. Teté sólo podía concentrarse en la boca de Guille que lentamente se acercaba a la suya. No se movió, no hizo el menor esfuerzo por librarse de la presa de su hermano. Todo lo contrario, su cuerpo se relajó al tiempo que entreabría sus labios.
–¡Teté, Teté! –gritó Humberto desde lejos–. Venga vámonos a comer. Venga corre, deja ya de jugar.
La voz de su novio la hizo reaccionar. Guille, al sentir que ella se relajaba había aflojado completamente la presión de sus manos, por lo que a Teté no le costó lo más mínimo apartarlo de encima de ella. Su hermano tampoco hizo ninguna intención de retenerla.
Mientras ella se levantaba y corría hacia Humberto, él se quedó sentado en el suelo. Cerró los ojos, pensando lo cerca que había estado de besarla. Cuando los abrió de nuevo vio como Humberto y ella se alejaban y cómo Teté se volvía para mirarlo unos instantes. Pero en la cara de su hermana no había ninguna sonrisa, ni se distinguía ironía. Más bien le pareció vislumbrar algo de sorpresa y quizá también una ligera desilusión.
Guille también se levantó, limpiándose la nieve de la ropa. Vio a Lorena y sus amigos deslizándose en un trineo mientras reían a carcajadas y se dirigió hacia ellos.
SERÍAN LAS SEIS de la tarde cuando volvieron a subir a los autocares, para llegar al cabo de poco rato al alojamiento de Cerezo de Arriba. En el vestíbulo fue distribuyendo las llaves de las habitaciones al tiempo que iba formando las parejas que iban a dormir juntas. Guille y Humberto formaron una pareja, mientras a Teté y Lorena también les tocó dormir juntas. Boliche y David, así como su hermana Yolanda y Sonia formaron otras dos parejas. Después de acomodarse en las habitaciones, Guille y sus amigos se encontraron en el vestíbulo del hostal. Mientras continuaban comentando la jornada pasada en la nieve, la tele ofrecía detalles de la fuga de un preso del hospital al que había sido conducido desde la cárcel. Según contaban, la fiebre tal alta que había presentado podía haber sido inducida para preparar la fuga. También contaba la policía que la fuga tenía que haberse llevado a cabo mediante la ayuda de un cómplice. Nadie hizo mucho caso a la noticia, ya que en ese momento Boliche estaba contando que había oído que la película que estaban proyectando esa semana en el cine del barrio, era de acción y sangre a tope.
–No habéis leído la crítica –preguntó acercándose Humberto.
–Pues no –reconoció Guille–. La verdad es que no.
–Pues la dejan por las nubes. Vais a ver; esperad un momento –dijo; luego volviéndose hacia el grupo donde estaba Teté con sus amigas la llamó: –¡Teté, ven! –dijo escuetamente.
Esta abandonó el grupo de amigas para acercarse sumisa donde estaban Humberto, Guille y los demás.
–¿Qué quieres? –preguntó ella.
–Toma –le dijo Humberto alargándole la llave de la habitación–. Ve arriba a mi cuarto y bájate una revista que encontrarás encima de mi cama.
Guille y sus amigos se miraron unos a otros sin acabar de entender la situación.
–Pero Humberto –intentó excusarse Teté–, si ya vamos a cenar enseguida.
–Pues date prisa –le dijo este–, venga rápido, que quiero enseñarles una cosa a estos.
–De acuerdo –claudicó Teté, saliendo corriendo hacia los ascensores.
–Tío, yo alucino –le dijo David–. Es como si tuvieras una criada.
–A ellas les gusta –se justificó Humberto–. Así se sienten útiles. Ahora cuando baje –continuó él–, le doy un beso y se sienten recompensadas.
–Yo . . . –balbuceó Guille–. A mi no me parece bien como tratas a Teté.
–Venga, hombre. Si a ella le gusta. Tú que conoces a tu hermana ¿crees que lo haría si no le gustara?
–Pues . . ., no sé. Pero eso es una forma un poco machista de tratarla.
–¿Y qué? –preguntó Humberto–. El mundo es de los hombres. Somos la especie dominante. Al fin y al cabo ellas están prácticamente sólo para procrear.
Teté no tardó en volver con la revista. Todavía jadeaba cuando Humberto la atrajo hacia sí para darle un ligero beso, mientras la recriminaba:
–Eres un poco lenta, ¿no? Gracias de todos modos. Anda vete con tus amigas.
Mientras Humberto buscaba en la revista el artículo para enseñárselo a David y Boliche, Guille se acercó a su hermana que comenzaba a alejarse.
–¿Por qué dejas que te trate así, Teté? –le preguntó con expresión triste.
–Así, ¿cómo?
–Vamos, Teté, no me digas que no te das cuenta. Te trata como a una esclava.
–¡Qué sabrás tú de las relaciones amorosas! –exclamó ella–. Claro, como tú sólo sabes pensar en ti, no concibes que alguien pueda hacer algo por la persona que quiere.
–Teté, una cosa es amar a alguien y estar atento a sus deseos –dijo Guille–, y otra muy distinta que te utilice como criada. Todavía no he visto que sea él el que haga algo por ti.
–Chaval, no tienes ni idea –le dijo ella despectivamente.
–Además, se jacta delante de todos de cómo te trata.
–No me importa. Todo lo que hago, lo hago por amor.
–Teté, eso no es amor –negó su hermano.
–¿Ah, no? ¿Entonces que es? –preguntó ella.
–No lo sé –reconoció Guille–. Pero desde luego no es amor.
–Olvídame, niñato –le dijo Teté terminando la conversación y dándose media vuelta.
Guille volvió con Humberto y sus amigos justo en el momento en que apareció Candela para mandarlos al comedor para la cena. Después de terminar, mientras estaba viendo la televisión en el salón, Humberto se le acercó.
–Guille –dijo Humberto–, tengo una proposición que hacerte.
–¿A mí? –se sorprendió Guille–. Tú dirás.
–Bueno tu estás con Lorena y yo con tu hermana Teté –anunció Humberto.
–Joder Humberto, ¿y tú estás un curso por encima del mío? –se rió Guille.
–Calla, déjame continuar. Aprovechando que nosotros dormimos en la misma habitación y Lorena y Teté también, se me ha ocurrido que podríamos pasar esta noche cada uno con su pareja.
–¡Cómo! –se sorprendió Guille.
–Sí hombre, tú con Lorena y yo con Teté.
–Ni lo sueñes tío –saltó Guille de forma inmediata.
–¿Por qué no? La triste no se va a enterar.
–Pero . . ., pero. . ., y si nos pillan –intentó buscar excusas.
–Joder tío, ¿y tú eres el famoso Guillermo Serrano, capaz de cualquier cosa? Vaya pringao que estas hecho.
–Pero es que yo no . . ., yo no sé si ellas querrán.
–Pues se lo preguntamos. Voy a buscarlas –dijo Humberto alejándose.
Cuando Guille se quedó sólo, sus pensamientos comenzaron a girar vertiginosamente, pero se dio cuenta que no lo hacían en torno a Lorena, sino a Teté. ¿Teté pasando la noche con Humberto, se preguntó? Y a mí que más me da; que haga lo que quiera, se dijo. Sin embargo, no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido por la mañana, cuando estuvo a punto de besarla. Ella no se resistió, no opuso ninguna traba. Si Humberto no la hubiera llamado, él la hubiera terminado besando. Pero ¿y Lorena? Notó que su cabeza estaba a punto de explotar con tantas preguntas y tan pocas respuestas. Precisamente la voz de Lorena le sacó de sus cavilaciones.
–¿Sabes? –le dijo sentándose lateralmente en sus rodillas mientras le pasaba los brazos por el cuello–, es una gran idea.
–Pues yo no lo tengo tan claro –insistió Guille.
–¿No quieres pasar la noche conmigo? –le dijo ella con voz sensual.
–Yo tampoco creo que sea tan buena idea –dijo Teté.
–Vamos cariño –intervino Humberto cogiéndola por la cintura y besándola– ¿No te gustaría que durmiéramos juntos?
–Bueno sí . . ., pero . . .
–Nos meteremos en la cama y abrazados dormiremos apretaditos –le dijo Humberto melosamente a Teté.
–¿Tú qué dices Guille? –preguntó de forma inesperada Teté a su hermano.
–A ver Maritere, creo que ya eres mayorcita para decidir por ti ¿no crees?
–Tienes razón Guillermito –le dijo Teté evidentemente molesta con la respuesta de Guille–. De acuerdo Humberto, dormiremos juntitos y quizá alguna cosa más.
–¡Genial! –dijo Lorena, besando ahora a Guille.
–Tú –le dijo Teté a Humberto–, puedes venir a mi habitación y tú Lorena puedes ir a la de Guille.
–Tú siempre mandando, ¿eh Maritere? –se burló Guille.
–Alguien tiene que hacerlo ¿no? –le dijo ella alejándose con Humberto.
FIN DEL CAPÍTULO
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