CAPÍTULO XII
OSCURO COMO LA TIERRA DONDE YACE EL DESEO
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?
(Sor Juana Inés de la Cruz; México, 1651 – 1695)
CUANDO TETÉ abrió la puerta de su habitación sintió una sensación extraña. Humberto estaba allí, en el umbral de la puerta, con esa sonrisa que la cautivaba. Él se adelantó para intentar besarla, pero ella retrocedió hacia el interior de la habitación.
–Con la puerta abierta no, Humberto, que nos pueden ver –le dijo.
–Perdona, lo siento –contestó él cerrándola.
Luego se acercó lentamente hacia ella para cogerla por la cintura, mientras ella le pasaba los brazos por el cuello. Humberto la besó, ligeramente primero y luego con más ímpetu. Ella se abandonó al beso, sintiendo como su piel se erizaba y un escalofrío de placer recorría todo su cuerpo.
–Yo . . . –dijo Teté–, es la primera vez que voy a dormir con un chico.
–Bueno, no te preocupes –dijo él con suficiencia–, yo tengo alguna experiencia. Antes salí con una chica con la que dormí un par de veces.
–Ah –dijo Teté sin comprender demasiado la explicación de Humberto.
Sin embargo, pensó que no era muy delicado por su parte explicarle lo de la otra chica, aunque tampoco le dio mucha importancia cuando él comenzó a besarla en el cuello. Se dejó llevar, notando como las manos de él iban descendiendo por su espalda hasta llegar a su trasero.
–¡Humberto! –se quejó ella.
–Lo siento, es la emoción –se disculpó–. ¿Qué te parece si nos metemos en la cama?
–Claro. Espera, ahora vuelvo –dijo ella entrando en el baño.
Teté se encontraba súper nerviosa. Era la primera vez que se encontraba a solas con un chico, por la noche y en la habitación de un hotel. Lentamente se fue quitando la ropa y se puso el pijama. Luego se volvió a lavar la boca y se cepilló de nuevo el pelo. No fue consciente del tiempo transcurrido, pero debió demorarse bastante ya que Humberto la llamó un par de veces. Finalmente intentó tranquilizarse un poco y se dispuso a salir a la habitación. Cuando lo hizo se encontró con Humberto tumbado en la cama, pero sin pijama.
–¿Vas . . . a dormir así? –le preguntó ella.
–Pues claro –asintió él–. Pero, ¿dónde vas tú con pijama?
–Bueno yo . . ., no sé . . .
–Anda ven aquí –le dijo él–, que ya me encargo yo de todo.
Teté se metió en la cama junto a Humberto. Este la abrazó, besándola repetidamente en los labios y en el cuello. Luego metiendo sus manos por debajo de la parte superior del pijama comenzó a quitárselo, mientras continuaba besándola.
–Humberto –se quejó ella–, yo no sé si esto es lo que esperaba.
–¿Pues qué esperabas, niña?
–Bueno, pensé que nos daríamos algunos besos y hablaríamos de nosotros, y que luego dormiríamos abrazados los dos. O algo así –añadió.
–Venga Teté, no me fastidies –le dijo quitándole la parte superior del pijama.
Continuó besándola, mientras con sus manos buscaba el cierre del sujetador, al tiempo que ella intentaba impedírselo.
–Humberto, por favor, el sujetador no. Vamos, Humberto.
–Pero ¿qué te pasa Teté? –le dijo éste poniéndose encima de ella e intentando meter su mano dentro del pantalón de su pijama–. Creí que te gustaba.
–Humberto, por favor –dijo ella casi llorando–, quita la mano de ahí. Claro que me gustas, pero no es eso lo que yo quería que pasara esta noche.
–Venga, no seas niña. Los besos están bien, pero hay otras caricias, ¿no crees? –le dijo intentando de nuevo quitarle el sujetador.
De pronto Teté se sintió totalmente impotente. La angustia se apoderó de ella. Mientras Humberto continuaba besándola en la boca y en el cuello, intentaba pasarle la mano por debajo del sujetador al ver que no conseguía abrir el cierre. Al mismo tiempo con la otra mano intentaba que Teté abriera las piernas para introducir su mano entre ellas. Teté se encontraba cada vez más asustada. Se daba cuenta que cada vez le iba a ser más difícil escapar de esta situación. No era eso lo que ella había soñado y deseado cuando Humberto y Lorena propusieron el cambio de habitaciones.
–Basta Humberto –dijo por fin Teté deshaciéndose de las manos de Humberto y saliendo de la cama. Esto no es lo que yo pensaba –le dijo casi llorando–. Y no es lo que yo quiero.
La transformación que sufrió en ese momento Humberto la dejó helada. Con una mirada furibunda en los ojos salió de la cama.
–Pero ¿se puede saber que coño pensabas que íbamos hacer esta noche, niña? –le gritó.
–Ya te lo he dicho. Yo creí que dormiríamos abrazados y hablaríamos, y todo eso –le dijo de forma temerosa.
–A ti lo que te pasa es que eres una niñata.
–Humberto, por favor –sollozó ella.
–Primero calientas al personal y luego cuando lo tienes a cien, te haces la estrecha –el tono de Humberto era cada vez más violento. Pues conmigo eso no funciona, ¿sabes? Yo he venido para algo más que dormir abrazados.
–Pero Humberto . . .
–Ni Humberto ni nada. Para eso no te necesito. Puedo dormir con un peluche. Ven aquí –le dijo cogiéndola por la cintura y acercándosela hacia sí.
Teté se resistió a que la besara. Ahora no quería ningún contacto con él. Forcejearon durante un rato, él intentando dominarla y ella intentando zafarse de sus manos. De pronto sin que Teté fuera capaz de adivinar sus intenciones, Humberto la golpeó con la mano cerrada en todo el ojo izquierdo.
–¿Sabes lo que eres? –le dijo chillando–. No eres más que una calienta braguetas. Pero te voy a enseñar a comportarte.
El golpe, totalmente inesperado, lanzó a Teté sobre la cama. Cuando Humberto intentó lanzarse encima de ella, Teté se escurrió por el otro lado de la cama, al tiempo que cogía la parte superior de su pijama.
–Y tú no eres más que un cerdo –le dijo llorando ahora claramente.
–Tú misma. O vienes aquí o duermes en el pasillo.
–Vete a la mierda, cabrón –le dijo Teté mientras abría la puerta de la habitación y salía al pasillo.
Humberto no hizo ninguna intención de seguirla. Teté cerró la puerta desde fuera y comenzó a caminar por el pasillo. Se sentía abatida. Después de doblar un par de veces por el pasillo, se apoyó en la pared y mientras continuaba llorando se deslizó hasta quedar en cuclillas. El miedo había desaparecido, pero le quedaba un sentimiento de rabia y de impotencia. Luego mientras se iba calmando poco a poco se puso la parte del pijama que llevaba en la mano. Su cabeza comenzó a explorar las posibilidades que tenía. Por supuesto no pensaba volver a su habitación. El ojo izquierdo le dolía cada vez más. No podía quedarse en el pasillo. Tampoco podía ir a pedir ayuda a la habitación de su hermano, que se lo estaría pasando estupendamente con Lorena, pensó. Tampoco quería ir a buscar a Candela; aparte del escándalo que se organizaría, toda la clase se reiría de ella. Decidió, por fin, probar suerte en la habitación de Yolanda y de Sonia. Tuvo que llamar cuatro o cinco veces, antes que Yoli, frotándose los ojos, abriera la puerta.
–Pero Teté, ¿qué haces aquí a estas horas?
–Puedo pasar, por favor –rogó ella.
–Pero, ¿no estabas con Humberto? –dijo Sonia apareciendo detrás de Yoli.
–¡Dejadme entrar, por favor! –suplicó de nuevo.
–Pasa, pasa –le dijo Yoli.
Teté penetró en el interior de la habitación sentándose en el sillón y comenzando a llorar de nuevo, esta vez desconsoladamente.
–Vamos, Teté, no nos asustes. ¿Qué te ha pasado? ¿Y ese morado que tienes en el ojo? –preguntó Yoli al tiempo que se lo tocaba con los dedos.
–¡Ay! –se quejó Teté.
–¿Eso te lo ha hecho Humberto? –preguntó Sonia.
Poco a poco, entre sollozos, Teté fue explicándoles todo lo que había ocurrido en la habitación, entre ella y Humberto, sin omitir ningún detalle.
–Será desgraciado el tío ese –dijo Yoli.
–Pero, ¿cómo es posible que sea tan cerdo? –añadió Sonia.
–¿Puedo quedarme a dormir aquí? –dijo Teté ya más tranquila.
–Claro que sí –dijo Sonia–. ¿Verdad Yoli?
–Pues claro. Faltaría más. Anda que se va a poner bueno tu hermano cuando se entere que Humberto te ha atizado. Lo va a poner marcando el paso.
–¡No, por favor! –suplicó Teté–. No le digáis nada a Guille de lo que ha pasado. Por favor.
Pensó que no sobreviviría a la vergüenza de que su hermano supiera todo lo que había pasado aquella noche con Humberto en la habitación.
–Pero Teté –le dijo Yoli–, no vas a dejar que Humberto te zurre y se vaya de rositas.
–Yo lo arreglaré todo con Humberto, pero por favor, prometedme que no le diréis nada a Guille.
–Bueno, como tu quieras –asintió Sonia–. Pero ¿cómo vas a explicarle lo del ojo?
–No sé, ya se me ocurrirá algo.
–Bueno pues vamos a dormir. Estaremos un poco estrechas pero no pasa nada –dijo Yoli.
–No, no, yo puedo dormir en el suelo. Por ahí tiene que haber mantas y con el cojín del sillón estaré bien.
–¿De verdad no quieres dormir en la cama? –preguntó Sonia.
–No os preocupéis, estaré bien –aseguró Teté–. Buenas noches.
–De acuerdo, pues, buenas noches –dijeron Yoli y Sonia.
GUILLE LLEGÓ cuando ya estaban casi todos en la cola para entrar en el comedor para el desayuno. Por suerte sus amigos estaban cerca de las amigas de Lorena, así haciéndose el tonto consiguió colarse y colocarse con ellos.
–¿Bueno, qué? –preguntó David.
–¿Qué de qué? –se hizo el tonto Guille.
–Venga tío –le dijo Boliche–. No disimules y cuéntanos como fue la noche. Queremos detalles.
–A ver tíos, ¿vosotros no veis películas o qué? ¿No sabéis que lo que ocurre entre un hombre y una mujer en una habitación no se cuenta?
–¿Pero fue bien o no? –insistió David, mientras las amigas de Lorena no perdían palabra.
Cuando Guille empezaba a encontrarse muy presionado por sus amigos, apareció Lorena. Buscó con la mirada y cuando divisó a Guille se dirigió hacia él con el semblante extremadamente serio. Cuando llegó a su altura se colocó enfrente de él y le soltó una bofetada que resonó en todo la sala.
–¡Eres un cerdo y un salido! –le dijo con voz alta para que todos lo oyeran–. Tú y yo hemos terminado. Habrase visto. No quiero saber nada más de ti.
Cuando Lorena se juntó con sus amigas estas la acosaron a preguntas, mientras ella les contaba que le había propuesto guarradas y había intentado propasarse con ella, y que al final tuvo que hacerle dormir en el suelo de la habitación.
–¿De verdad dormiste en el suelo, tío? –preguntó Boliche.
–La opción era clara. O eso o en el pasillo –reconoció él–, así que tu mismo puedes deducir cual fue la elección.
–Pero tío, ¿qué le hiciste? –se sombró David–. No me lo puedo creer.
–¿O que le pediste que te hiciera? –preguntó Boliche con voz insinuante.
–Bueno, vamos a dejarlo, ¿de acuerdo? –dijo él–. No pienso contar nada.
–Vaya Guillermito –dijo la voz de Teté a su lado–, parece que no tienes suerte con las mujeres. Claro que con las ansias que llevas no me extraña que seas un salido.
–Anda Maritere, olvídame ¿quieres? Por cierto –dijo cambiando el tono de su voz al observar el morado que presentaba en el ojo izquierdo–, ¿qué te ha pasado en el ojo?
–Me golpeé con una puerta –dijo ella mirando a Yoli y Sonia que la acompañaban–. Además –continuó con un tono más desafiante–, ¿a ti qué te importa?
Durante todo el desayuno, sus amigos estuvieron insistiendo para que les contara lo que había pasado, pero Guille se mantuvo firme en su mutismo. Las amigas de Lorena también la presionaron a ella para que les explicara que había intentado hacerle Guille, pero también se negó, diciendo que no podía repetirlo con palabras, lo cual excitó todavía más los ánimos de algunas de sus compañeras. Teté estaba atenta para ver si podía enterarse de lo que había sucedido, pero se quedó con las ganas, pues ninguno de los dos soltó prenda a sus respectivos amigos. Sin embargo, se sentía extrañamente contenta al pensar que entre Guille y Lorena no sólo no había pasado nada, sino que las cosas habían ido fatales. “No lo entiendo, se dijo, si ya no siento celos de ella”.
Una vez terminado el desayuno, cuando Guille se dirigía a los servicios, al pasar justo enfrente de los de las chicas la puerta de estos se abrió de golpe y una mano lo agarró haciéndole entrar en ellos. Era Lorena. Le pasó los brazos por el cuello y lo besó en las mejillas.
–¿De verdad no quieres que continuemos? –le preguntó con una sonrisa.
–De verdad, Lorena. Sinceramente estás muy buena, pero mi corazón ya no es mío –le dijo él.
–Qué lástima. Bueno, gracias por todo, eres un chico estupendo.
–Ya te dije que funcionaría –reconoció él.
–¿Sabes? de un plumazo me has devuelto mi reputación de chica normal –se rió ella–. Aunque tú no has quedado muy bien.
–Bueno, pero yo soy un chico –reconoció Guille–, y dentro de unas semanas nadie se acordará de todo esto. Si te hubiera dejado yo a ti, tú lo habrías pasado fatal hasta final de curso por lo menos.
–La verdad es que con tanto misterio sobre lo que intentaste, creo que hay un par de amigas mías que están dispuestas a acercarse a ti –le dijo irónicamente.
–Pues diles que no lo hagan –saltó Guille ligeramente asustado.
–Era broma, tonto –reconoció ella–. Supongo que las chicas no te hablarán en bastante tiempo. Pero me sabe mal que lo oyera Teté.
–No tiene importancia. Tampoco tengo ninguna opción con ella.
–Pero pensará que eres un salido de verdad, cuando la realidad es totalmente contraria.
–No te preocupes, tampoco le importa demasiado.
–Guille –le dijo abrazándolo de nuevo–, eres un chico estupendo. Si yo fuera Teté, te prometo que no dejaría que se acercara a ti ninguna chica a menos de veinte metros.
Guillermo le sonrió al tiempo que le devolvía los besos en la mejilla.
–Por cierto –dijo Lorena–, ¿no te habré pegado demasiado fuerte? La verdad es que no sabía como hacerlo para que pareciera creíble.
–Bueno no estuvo mal. De todas formas, procuraré que no te enfades nunca conmigo, por si acaso –le dijo Guille riéndose.
–Que tonto eres –dijo Lorena–. Aunque espero que no vayas diciendo por ahí que me has visto las tetas.
–¡Y que te las he tocado! –añadió él con voz pícara.
–¡Guille! –se quejó ella con un mohín en la cara, al tiempo que se ponía colorada.
–Vamos, mujer –la consoló él–. Sabes que no lo haré. Será un secreto que me llevaré a la tumba. Anda –le pidió a Lorena–, mira a ver si viene alguien.
Esta sacó la cabeza y miró en las dos direcciones del pasillo, luego abrió del todo la puerta al tiempo que le decía:
–Sal ahora Guille. Y gracias –luego cuando este entraba en los servicios de hombres añadió: –Te debo una.
CUANDO TODOS hubieron terminado el desayuno, Candela los reunió para explicarles el plan del día.
–Vamos a ver –dijo–, son las diez de la mañana. A las diez y cuarto os quiero a todos aquí abajo para subir a los autocares y volver a la estación. Pasaremos el día allí y nos iremos sobre las cinco de la tarde para continuar el viaje. Así que –continuó–, ¡andando! Os quiero aquí preparados –repitió– dentro de quince minutos.
Mientras Teté iba hacia las habitaciones hablando con Yoli y Sonia, Humberto se acercó a ellas por detrás.
–Teté –dijo con voz amedrentada–, ¿podemos hablar, por favor?
–No sé de qué tenemos que hablar –contestó cortante ella.
–De lo que pasó anoche, Teté –dijo Humberto–. Yo . . ., la verdad es que no sé que me pasó. Estaba tan excitado que no sé en que pensaba cuando te di la bofetada.
–¿Bofetada? –preguntó con ira Teté–. Me diste con el puño cerrado, cabrón.
–Sí, sí, lo siento Teté. Yo . . ., es que me pusiste a cien, y . . ., eres tan atractiva que no pude controlarme. No sé . . ., era como si tuviera fiebre. Veía tu cara y esos labios tan maravillosos que tienes y . . . , ¡caray Teté! Y ese cuerpo y se me fue la olla. Yo te pido perdón –le dijo mientras la miraba con expresión arrepentida.
Teté lo observó. Su cara era de verdad todo un poema, la tristeza y la angustia se marcaban en ella. Vio como aparecían un par de lágrimas en los ojos de Humberto. Eso le hizo desaparecer la ira que sentía al comienzo.
–Bueno –dijo Teté–, tampoco pasó nada irreparable.
–Yo te prometo que no volveré a descontrolarme así –dijo él; luego tras unos segundos añadió: –Bueno, si tú no me provocas como ayer por la noche. Caramba Teté –añadió–, es que eres tan atractiva que es muy fácil perder la cabeza por tu culpa.
–¡Qué tonto eres! –le dijo Teté–. Anda, ven aquí.
Humberto se acercó para cogerla por la cintura. Teté lo besó ligeramente primero, para después hacerlo con más pasión.
–Anda vamos a vestirnos y nos encontramos aquí abajo para ir a las pistas –dijo él.
Teté asintió, dirigiéndose a su habitación. Su mundo volvía a recomponerse. A estructurarse de nuevo. Una vez más, todo volvía a estar en su sitio.
FIN DEL CAPÍTULO
Tags: Viaje hacia el amor, Quiquebo, Romanticismo, Oscuro como la tierra, Novela romántica