CAPÍTULO XIV
LA SOMBRA DE LA TERNURA
“Anoche te he tocado y te he sentido
sin que mi mano huyera más allá de mi mano,
sin que mi cuerpo huyera, ni mi oído:
de un modo casi humano
te he sentido.
Corriste por mi casa de madera
sus ventanas abriste
y te sentí latir la noche entera,
hija de los abismos, silenciosa,
guerrera, tan terrible, tan hermosa
que todo cuanto existe,
para mí, sin tu llama, no existiera.”
(Gonzalo Rojas; Chile, 1917)
–¡GUILLE! –gritó Teté al tiempo que se acercaba con cuidado al borde de la elevación por donde había desaparecido su hermano.
Cuando miró hacia abajo vio a Guille tumbado de espaldas en el suelo intentando incorporarse. La explanada debía estar a unos tres metros por debajo de donde Guille había caído. Desde arriba Teté lo llamó:
–¡Guille estás bien! –su voz sonaba preocupada–. ¿Te duele algo?
–¡Sí! –gritó él con voz claramente molesta– ¡El culo, me duele el culo!
–Vale tío, no hace falta ser tan borde –dijo Teté.
–No soy borde –replicó él–. Es la verdad, me duele el culo y la rabadilla –añadió.
Cuando se levantó quitándose la nieve de encima y se dio la vuelta hacia la parte elevada donde Teté lo estaba contemplando, su cara se iluminó con una expresión de alegría.
–Baja Teté –gritó–. Anda ven, corre, mira esto.
Ella se retiró de la zona elevada donde estaba y dando un pequeño rodeo bajó hasta donde se encontraba Guille. Cuando estaba llegando junto a él, este le señaló debajo de la parte por donde se había caído.
–Mira, es perfecto –le dijo.
La parte elevada por donde Guille había resbalado, no era más que una pequeña cueva transformada en ermita. Protegida por una reja cerrada con una cadena asegurada con candado, había en su interior un pequeño altar. La cueva parecía profunda ya que desde donde estaban no se divisaba el final de la misma.
–Si pudiéramos abrir el candado –dijo Guille–, podríamos pasar aquí la noche.
–Venga Guille –se quejó ella–. ¿Cómo puedes pensar en eso? Vamos a continuar. Seguro que encontramos una casa o una carretera.
–Teté, llevamos andando un par de horas; son las seis de la tarde y ya casi es de noche. Además está empezando a nevar otra vez. No está claro que podamos encontrar nada de todo esto que dices rápidamente.
–Pero Guille –protestó ella–, aquí vamos a pasar mucho frío.
–Y si no encontramos nada dentro de poco, tendremos que dormir a la intemperie y entonces nos vamos a helar. Maritere –le dijo mirándola fijamente–, yo me quedo aquí a dormir si puedo abrir el candado. Tu puedes hacer lo que quieras.
Guille estuvo buscando una piedra lo suficientemente grande por los alrededores que le permitiera golpear con fuerza el candado. De vez en cuando miraba de reojo a su hermana. Esta continuaba indecisa. En una de las veces hizo intención de continuar caminando, pero Guille intervino rápidamente.
–Por favor Teté –rogó Guille–. Vamos, no me dejes solo. Necesito que me ayudes. No te vayas.
–Bueno –dijo ella vacilando, aunque sabía que su hermano tenía razón–. Pero que conste que lo hago para no dejarte solo y porque esta mañana me has seguido tú a mí.
–Gracias Maritere –dijo él al tiempo que continuaba sopesando las rocas buscando la más adecuada después de esbozar una ligera sonrisa.
–¿Se puede saber de qué te ríes? –le preguntó su hermana con evidente mosqueo; estaba claro que la sonrisa no había pasado inadvertida para Teté.
–¿Eh? No, yo . . ., que creo que ya he encontrado lo que buscaba –dijo levantando una roca de tamaño presentable–. Veamos –dijo, acercándose al candado que cerraba la verja.
Levantó la roca y la dejó caer golpeando con todas sus fuerzas sobre la cadena y el candado. Este no se rompió; pero después de intentarlo cuatro veces más, a la quinta el candado continuó resistiendo, pero uno de los eslabones de la cadena se partió, permitiendo que la verja de abriera.
La cueva no era muy ancha, pero sí profunda. Junto a la entrada, a mano izquierda se encontraba un pequeño altar lleno de polvo. Estaba claro que hacía mucho tiempo que nadie iba por allí. Seguramente, la capilla, únicamente se encontraba abierta durante la época de buen tiempo.
Explorándola, sólo encontraron unas cajas que contenían velas y también un par de paquetes de cajas de cerillas. Poca cosa más que pueda servirnos para algo, pensó Guille.
–Aquí nos vamos a helar –protestó de nuevo Teté.
–Maritere, más nos helaremos fuera. Y para ya de quejarte. Reconoce que por una vez tengo razón, caramba.
–Tengo hambre –dijo ella cambiando de tema.
–Desde luego Maritere, no comprendo como Humberto puede soportarte.
–Porque es más atento que tú, y más tierno y más delicado –le dijo en tono despectivo intentando ser lo más hiriente posible.
Sin embargo, en el mismo instante en que Teté acabó de decirlo se arrepintió inmediatamente de sus palabras. Guille no contestó a los comentarios de su hermana. Sin embargo, sus palabras se le clavaron como flechas en su corazón. ¿Cómo es posible, pensó, que unas simples palabras puedan hacerme tanto daño?
–Guille, yo . . ., lo siento –se disculpó Teté poniéndose frente a él y mirándolo a los ojos–. No quería decir eso, te has portado muy bien conmigo, pero es que a veces me sacas de quicio.
Este se recompuso un poco con la disculpa de su hermana. Luego se agachó, cogió su mochila y metiendo su mano en ella la extrajo con un puñado de algo oscuro y ligeramente redondo.
–¡Castañas! –dijo Teté– ¡Qué bien! ¿Eso es lo que recogías?
–Sí, he pensado que nos irían bien si no encontrábamos alguna casa. Espera –le dijo a su hermana al ver que iba a pelar una para comérsela–, vamos hacer una pequeña hoguera para calentarnos y además podremos asarlas. Ves sacando la leña –le dijo acercándole la mochila–. Mientras yo voy a ver si encuentro más madera.
Teté fue sacando todas las ramas y las castañas que Guille había ido recogiendo. Cuando este volvió, ella había separado la leña de las castañas y había extendido los sacos en el suelo.
–Mientras intento encender una pequeña fogata –dijo él–, podrías deshacer las cajas de velas y poner los cartones de las cajas debajo de los sacos. Eso nos protegerá de la humedad y del frío del suelo.
–Pero Guille –se quejó ella–, no sé si eso estará bien.
–Venga Teté, es un caso de fuerza mayor. No les robamos nada, solo utilizamos unos cartones.
Guille amontonó las pequeñas ramas en el centro y luego las que eran un poco mayores en la periferia. Cogió tres o cuatro velas y las encendió con unos fósforos. De esta manera resultó relativamente sencillo comenzar una pequeña hoguera que iluminó el interior de la cueva. Luego fue poniendo a su alrededor las castañas. Cuando estas estuvieron ligeramente asadas cogió unas cuantas y se las fue pasando de una mano a la otra hasta que notó que ya no quemaban. Entonces se las entregó a su hermana. Cuando vio que ella se las comía también él comenzó a comer.
–Están buenas, ¿no? –preguntó él.
–Sí, desde luego . . .¡Ah! –gritó mirando la que tenía en la mano y escupiendo la que estaba comiendo– ¡Un gusano! ¡Qué asco, por Dios!
–Vamos Teté –dijo Guille sin dejar de comer–, no seas remilgada. No mires lo que comes. Como decían en no sé qué película son proteínas. Venga cierra los ojos y come.
–¡Qué asco! ¿Y si son venenosos? –preguntó ella.
–No me fastidies Teté, ¿desde cuando son venenosos los gusanos de las castañas?
–¿Tú lo sabes seguro? –insistió ella.
–Tete, si lo fueran lo sabríamos. Lo hubiéramos leído en algún . . . –Guille se calló de repente mientras se llevaba las manos a su estómago, al tiempo que abría la boca con intención de vomitar.
–¿Qué te pasa Guille? –le preguntó ella alarmada.
Él la miró a los ojos mientras continuaba con las convulsiones tapándose la boca con la mano derecha.
–Guille no me asustes –dijo ella–. ¿Qué te pasa?
Pero Guillermo sin hacerle el menor caso se tumbó en el suelo presa de unos temblores incontrolables. Teté se acercó a él cogiéndole la cabeza en su regazo al tiempo que en sus ojos aparecían unas lágrimas.
–Guille, por favor, ¿qué te ocurre? Vamos devuelve. Por lo que más quieras. Eres un tonto, te he dicho que no te los comieras –dijo casi sollozando–. ¿Por qué no me haces nunca caso?
–Por que no te lo mereces –dijo Guille con voz serena e incorporándose.
El cambio en Teté fue brusco e inesperado. Con la mano derecha le golpeó la cara con una claro bofetón.
–Eres un gilipollas –le dijo irritada, al tiempo que se limpiaba las lágrimas de las mejillas.
–Venga Maritere –dijo él–, no era más que una broma.
–Pues te puedes meter tus bromas por donde te quepan. Eres un estúpido, y te odio –le dijo.
Luego se dirigió al saco y después de abrirlo se metió en él cerrándolo. Finalmente se giró hacía el fondo de la cueva. Guille estuvo observándola durante un buen rato. Su intención no había sido otra que relajar el ambiente y que Teté se olvidara por unos instantes de la situación en la que se encontraba. Estaba claro que se había equivocado de estrategia. Soy un imbécil y un cafre, pensó. Si antes me odiaba, ahora todavía más. Pero Guille ¿cómo puedes ser tan gilipollas? Pero ¿y esas lágrimas? ¿De verdad estaba tan preocupada por lo que me pudiera pasar? Sí, claro, para que no la deje sola y se la pueda devolver a su Humberto. Joder con el pijo de los cojones. Si es que hasta sin estar aquí me está jodiendo. Mientras continuaba con estas digresiones iba pelando castañas para ver si contenían algún gusano. Cuando vio que tenía un puñado bastante importante, lo cogió y se acercó a Teté. Ella continuaba girada hacia el fondo de la cueva. Guille se arrodilló a su espalda.
–Lo siento Teté –intentó disculparse–. Sólo quería hacer una broma. Pero está claro que me he equivocado.
Ella continuó en silencio, sin moverse lo más mínimo y con los ojos cerrados.
–Ya sé que soy un gilipollas y un cafre –continuó Guille–. Lo siento, perdóname Teté. Te prometo que no volverá a ocurrir –le dijo mientras ella continuaba en silencio.
Guille depositó el puñado de castañas asadas limpias frente al rostro de Teté, mientras continuaba intentando disculparse por su actuación.
–Toma –le dijo–. Te dejo estas castañas. Están limpias y no tienen gusanos. Teté por favor, perdóname –luego al comprobar que ella continuaba en silencio continuó: –Bueno, buenas noches. Y tápate bien, por favor.
Guille se alejó de ella. Mientras ponía más leña al fuego y se metía dentro de su saco, Teté abrió los ojos que hasta entonces había mantenido cerrados. Frente a su cara vio un pequeño montoncito de castañas peladas y limpias. Alargó la mano para coger una y comprobó que todavía estaban tibias. Cogió otro trozo y se lo metió en la boca al tiempo que pensaba que ese trozo había sido tocado y limpiado por los dedos de Guille. Se lo pasó de un lado a otro de la boca antes de masticarlo y tragarlo. Eso le produjo una extraña sensación que no supo identificar. Hizo lo mismo con todos antes de írselos comiendo uno a uno, mientras pensaba por qué se había sentido tan mal cuando creyó que a Guille le ocurría algo. ¿Y las lágrimas? ¿Y esas ganas de llorar? Eso era absurdo. La época de los celos por verlo salir con Lorena ya había pasado desde que ella salía con Humberto. Humberto era incomparable frente a Guille. Era alto, atractivo, interesante, y no le gastaba esas bromas absurdas. Era todo lo que Guille no sería nunca. Además, se dijo, ¿a qué viene comparar a Humberto con Guille? No eran dos opciones. Sólo había una. Y esa era Humberto.
FIN DEL CAPÍTULO
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