El romanticismo existe
lunes, 17 de noviembre de 2008

CAPÍTULO XV

LA DICHA MÁS LEJANA


“Tú me mirarás llorando
–será el tiempo de las flores–,
tú me mirarás llorando,
y yo te diré: –No llores.

Tú me mirarás sufriendo,
yo sólo tendré tu pena;
tú me mirarás sufriendo,
tú, hermana, que eres tan buena.

Y tú me dirás: –¿Qué tienes?
Y yo miraré hacia el suelo.
Y tú me dirás: –¿Qué tienes?
Y yo miraré hacia el cielo.

Y yo sonreiré
–y tú estarás asustada–,
y yo sonreiré
para decirte: –No es nada...”
(Juan Ramón Jiménez; España, 1881 – 1958)


 EL FRÍO ESTABA empezando a traspasar el saco. Los dedos de sus pies comenzaban a notar la baja temperatura exterior. La cueva no protegía demasiado, ya que evidentemente no podía taponarse la entrada. Y la pequeña fogata que habían hecho no calentaba mucho.

 Guille se quedó atento durante unos instantes al creer oír ruidos que no pudo identificar. Conteniendo la respiración intentó oír lo que le había inquietado. Sin embargo, sólo llegó a distinguir el crepitar de la leña húmeda y el sonido del viento en el exterior. Estuvo pensando en la probabilidad que algún animal viniera a refugiarse en la cueva, pero pronto desechó tal idea. Los dedos de los pies continuaban enfriándose, así que decidió comenzar a moverlos continuamente.

 De nuevo el mismo ruido volvió a alertarlo. Volvió a contener la respiración para apreciarlo mejor y esta vez continuó oyéndolo. Se incorporó un poco asustado, para comprobar que venía de donde estaba tumbada Teté. El sonido era ahora inconfundible. ¿Teté estaba llorando?

 Guille abrió la cremallera de su saco y se incorporó. Continuaba oyendo el sonido, pero ahora estaba totalmente convencido de que era Teté. Salió del saco intentando no hacer ruido y se acercó a ella. Teté estaba acostada de lado mirando hacia el interior de la cueva. Guille le puso la mano en el hombro al tiempo que le hablaba.

 – Teté . . ., ¿estás bien? ¿Te encuentras mal?

 Los sollozos cesaron casi de inmediato mientras vio que con la mano ella se limpiaba las lágrimas. Luego, sin girarse y con expresión adusta le contestó:

 – ¿A ti que te importa?

 –Vamos Teté. Claro que me importa. Eres mi hermana.

 – ¿Tu hermana? –se burló ella–. ¡Déjame en paz!

 – Venga Teté, por favor. Sabes perfectamente que sí me importa –le dijo, mientras intentaba que se volviera hacia él.

      Por fin, ella descorrió la cremallera de su saco y se incorporó, quedando a la altura de Guille arrodillado.

      –Vamos Teté, no puedo dejarte llorando.

 Esta continuaba sollozando, mientras con el dorso de la mano se cubría la boca. Guille alargó la mano para acariciarle el pelo, pero ella lo esquivó. Sin embargo, él no se dio por vencido intentándolo de nuevo. Ahora le apartó el pelo de la cara. Después de varias vacilaciones, los sollozos de Teté se convirtieron en llanto declarado, al tiempo que se abrazaba decididamente a su hermano.

 – Teté, por favor –le dijo Guille–, no me asustes. ¿Te duele algo?

 Ella negó con la cabeza, mientras continuaba abrazada a él. Finalmente se decidió a confesarle sus problemas.

 – Tengo miedo –le dijo entrecortadamente–. Y vergüenza. Y estoy helada.

 – ¿Miedo? –le preguntó Guille–. Vamos Teté, eres lo suficientemente lista para saber que no va a ocurrir nada. Aquí no estamos en los bosques de Canadá. Aquí no hay animales salvajes –le mintió–. Y lo más lejos que puede estar una carretera serán a un par kilómetros.

 – ¿Estás seguro? –le preguntó ella con una expresión un poco más dulce.

 – Claro que estoy seguro. Aquí lo máximo que podemos encontrar es alguna pobre ardilla, tan helada como nosotros. Además el fuego seguramente la ahuyentará. Venga –le dijo apretándola un poco más y frotándole la espalda con su mano–, no tienes de qué tener miedo.

 Quedaron en silencio durante unos segundos. Parte del pelo de ella estaba sobre la cara de Guille y este la movió para acercarla al cuello de Teté, oliendo su aroma. Dios, pensó, huele tan bien. Estuvo a punto de besarle el cuello, pero entonces se acordó del otro problema que había mencionado ella.

 – ¿Y vergüenza? –preguntó Guille–. Vergüenza ¿de qué?

 – De habernos perdido por mi culpa –dijo ella bajando la voz–. Ahora podrás burlarte de mí a conciencia.

 – Venga Teté. Nos hemos perdido los dos. No te has perdido tú y yo no.

 – Pero yo he sido quien se ha puesto terca para venir hacia aquí. Tú no querías.

 – Cierto, yo no quería –reconoció Guille–. Pero te he seguido. Así que la responsabilidad es de los dos al cincuenta por ciento. Si hubiera estado tan seguro que no era por aquí tenía que haberme puesto más duro. Pero no te preocupes –continuó–. Mañana buscaremos la carretera y en el primer puesto de la Guardia Civil les explicamos la situación y . . .

 –¡No, por favor! –le interrumpió Teté–. Si aparecemos acompañados de la Guardia Civil, como dos niños pequeños, creo que me moriré de vergüenza.

 –Pero Teté –intentó convencerla su hermano–, es la mejor solución.

 –¡Por favor! ¡Por favor! –le suplicó ella a punto de volver a llorar– ¿por favor, Guille!

 –Está bien –claudicó él–. Haremos autostop y los alcanzaremos nosotros solos.

 –Gracias, Guille –le dijo al tiempo que de forma impulsiva le daba un beso en la mejilla– ¿Me prometes que no te vas a reír de mí delante de Humberto? –le preguntó un poco amedrentada.

 – ¿Eso es todo lo que te preocupa? ¿Qué me burle delante de Humberto? ¿Cómo es posible –continuó– que te importe tanto lo que piense de ti el pijo ese?

 – Me importa porque me gusta –reconoció ella, preparándose para la discusión de siempre.

 – Sí, claro, lo siento –Guille pensó que no era momento de discutir, sino de calmarla–. Vamos Teté, te prometo que no me burlaré de ti. Además, ya te he dicho que la culpa es de los dos, así que aguantaremos las burlas juntos. Te lo prometo, venga, no llores más, por favor.

 – Gracias –Teté se había ido tranquilizando poco a poco y ya no lloraba.

  Guille se separó de ella y sacando el pañuelo del bolsillo de su pantalón le secó y limpió las lágrimas que aún estaban en sus ojos.

 – Guille, estoy helada –reconoció ella.

 – Yo también, pero no sé que hacer –reconoció mientras se levantaban los dos y comenzaban a dar patadas en el suelo para intentar calentarse. Después de poner algunas ramas gruesas en el fuego e intentar calentarse las manos, Guille la miró calibrando la idea que se le había ocurrido.

 – Teté –le dijo–, podríamos hacer una cosa para calentarnos.

 – ¿El qué? –se extrañó ella.

 – Podríamos poner un saco dentro de otro y dormir los dos juntos dentro.

 – ¡Qué! –exclamó ella–. ¿Dormir . . .  juntos?

 – Estaremos un poco apretados –continuó él–, pero estaremos dentro de dos sacos. Además, si nos quitamos los anoraks y los ponemos encima aún estaremos más protegidos.

 – Pero . . . , pero Guille –repitió ella– ¿Dormir . . . juntos?

 – Venga, ya veras –y sin hacer caso a la cara de alucinada y asustada de Teté, cogió los dos sacos y colocó uno dentro del otro. Luego se quitó el anorak y se lo hizo quitar a ella que continuaba indecisa desde el primer anuncio de Guille. Luego se introdujo en el saco y desde el interior se dirigió a ella:

 – Venga Teté, métete en el saco. Ven.

 Esta se acercó poco a poco, todavía un poco indecisa. Luego se introdujo como pudo en el interior del saco. Guille vio como el rubor aparecía en la cara de su hermana mientras forcejeaba para poder entrar en el saco.

 – Así no –le dijo Guille–. Ponte de lado y abrázate a mí, para poder cerrarlo. Luego ya nos iremos moviendo.

 Ella hizo lo que él le decía. Guille también la abrazó intentando cerrar las cremalleras a su espalda. Sus caras se rozaron varias veces en el intento de introducirse en los sacos. Pero aún apretados como estaban estaba claro que así no cabían.

 – Tenemos que quitarnos más ropa –sentenció Guille.

 – ¿Más? –se quejó Teté.

 – Creo que si nos quedamos en ropa interior cabremos perfectamente. Venga levántate.

 Volvieron a salir de los sacos. Guille se quitó el jersey, la camiseta y los pantalones, quedándose sólo con el slip. Luego volvió a introducirse en los sacos.

 –Vamos Teté, ¿a qué esperas? Ahí te vas a resfriar. Quítate la ropa y ven.

 –Yo . . ., pero –todo había pasado tan deprisa que Teté todavía no había sido capaz de reaccionar ni de oponerse a las ideas de Guille–. Bueno . . . , pero cierra los ojos.

 –Venga Teté, no seas infantil. Total es como si te viera en la piscina con bikini.

 –Yo . . ., bueno pero cierra los ojos.

 –De acuerdo –claudicó él.

 Después de un rato con los ojos cerrados, Guille notó como se abría el saco y un cuerpo helado se juntaba con el suyo.

 –Estás helada –le dijo.

 –Y tú– se rió ella nerviosamente.

 –¿Puedo abrir los ojos ya? –preguntó él.

 –Espera.

 Sintió como los brazos de Teté le abrazaban, mientras su cabeza y su pelo descansaban sobre su hombro. Sus caras quedaron juntas. Sus piernas se entrecruzaron.

 –Ya puedes abrir los ojos –le dijo ella–. Mira a ver si puedes cerrar las cremalleras.

 Él se apretó más contra ella, su boca se acercó aún más a la de Teté, mientras intentaba cerrar las cremalleras a la espalda de ella. Por fin lo consiguió y después de varios pequeños movimientos los dos fueron acoplándose uno a otro. Sus pieles se encontraron en una gran parte de sus cuerpos, alejando poco a poco el frío que los dominaba y absorbiendo cada uno el calor que desprendía el otro.

 –¿Estás cómoda? –preguntó Guille, aunque inmediatamente rectificó: –Bueno, quiero decir si estás más o menos bien.

 –Un poco apretada, pero bien –reconoció ella–. ¿Cómo es posible que ya tengas los pies calientes?

 –No lo sé, pero te juro que hace unos instantes los tenía helados como los tuyos. Ven tráelos –le dijo mientras con sus pies intentaba aprisionar los de Teté para calentarlos.

 –¿Sabes? –le dijo ésta–. Después de todo has tenido una buena idea. Ya empiezo a entrar en calor.

 –Yo también –le dijo Guille–. ¡Ah!, se me olvidaban los anoraks. Espera.
 Abrió un poco los sacos; lo justo para sacar el brazo que le quedaba libre y con él poner las prendas de los dos sobre los sacos. Luego volvió a cerrar los sacos y esconder el brazo.

 Finalmente después de varios movimientos, Teté se había quedado con la cabeza sobre el pecho de Guille. Así, sobre él, notaba y sentía el latir de su corazón.

 –Teté, puedes moverte un poco –esta oyó la voz de Guille como resonaba al escucharla sobre su pecho.

 –¿Para qué?

 –Es que . . . –la voz de Guille sonaba azorada.

 –Vamos Guille, ¿qué pasa?

 –Es que  . . . me estás clavando tu sujetador.

 –Vaya por Dios –le dijo Teté–. Espera que me muevo un poco –añadió un poco divertida.

 –Ya . . . ya está. Gracias –anunció él.

 También Guille sentía el latir del corazón de Teté, pero ahora era a lo que menos prestaba atención. De forma extraña e inesperada estaba viviendo un sueño que había tenido infinidad de veces tumbado por la noche en su cama. Estar durmiendo junto a Teté, poderla abrazar, tenerla entre sus brazos, aspirar ese aroma tan agradable que ella desprendía. Tenía que hacer esfuerzos verdaderamente inmensos para no dejarse llevar por el deseo y no besarla. Intentaba no mover sus manos para que ella no pensara que intentaba acariciarla.

 Le costó mucho dormirse, pero poco antes de hacerlo, cuando estuvo seguro que ella dormía, la besó. Fue un pequeño y dulce beso, en la frente.

 Teté sintió ese beso y estuvo a punto de abrir los ojos, pero pensó que era mejor continuar haciéndose la dormida. Fue un beso agradable, aunque le pareció corto en ese momento. La verdad es que no sabía como interpretarlo. ¿Era un beso de buenas noches? ¿Un beso de hermano a hermana? ¿O quizá había algo más? ¿Tal vez todavía estaba enamorado de ella? Con todos esos pensamientos en su cabeza y el calor proporcionado por los sacos, la ropa y sus cuerpos, finalmente se durmió.


 CUANDO TETÉ se despertó vio que Guille continuaba con los ojos cerrados. La luz de la mañana comenzaba a inundar poco a poco la cueva. Su hermano respiraba acompasadamente. Continuaban abrazados. La noche había sido terriblemente fría, pero la idea de Guille había funcionado perfectamente. El calor de los dos sacos y los anoraks, junto con el de sus cuerpos les había impedido pasar frío. Teté se encontraba de buen humor y durante toda la noche, a pesar que se había despertado varias veces, el hecho de encontrarse abrazada a su hermano le había provocado un sentimiento de tranquilidad, de descanso y satisfacción. Guille continuaba en la misma posición en que se durmió. Su cabeza ladeada hacia la de ella le mostraba su boca ligeramente entreabierta. Era una hora tranquila y sosegada; probablemente el sol en el exterior comenzaba a calentar el ambiente.

 Y entonces sucedió algo extraordinario. Algo que posteriormente, durante el día estuvo preocupando e intrigando a Teté. Algo que ella no consiguió entender ni explicar. Algo que provocó infinidad de preguntas a Teté y para las cuales no encontró ninguna respuesta. Tal como se encontraban, Teté acercó sus labios a los de su hermano y los besó. Ligeramente, muy ligeramente para no despertarle. Fue un beso ligero, sí, pero no fue rápido ni corto. Teté demoró sus labios en los Guille, prolongando ese contacto durante unos segundos. Y si incomprensible fue para ella que se decidiera a besarlo, más incomprensible fue que sus labios permanecieran unidos en ese beso durante unos instantes que a ella le parecieron maravillosos. Le gusto ese tacto suave y sedoso de los labios de su hermano, y su cuerpo empezó a despertarse al notar que sus alientos se mezclaban. Cuando separó su boca de la de su hermano, a pesar de estar solos, notó cómo el rubor acudía a su rostro.

 Después de unos minutos, Guille abrió los ojos, despertándose y encontrándose con el rostro de Teté frente al suyo.

 –Buenos días –le dijo Teté.

 –Buenos días –le contestó él–. ¿Cómo te encuentras?

 –Bien –reconoció ella–. Anda, intenta abrir las cremalleras.

 Guille se echó sobre su hermana al tiempo que sacaba su brazo izquierdo del saco y con su mano descorría las cremalleras después de varios intentos.

 –Cierra los ojos –le dijo Teté–, que voy a salir.

 –¡Joder Teté! –se quejó él–. ¿Otra vez?

 –Venga Guille –le repitió poniéndole su mano sobre los ojos para cerrárselos–. cierra los ojos.

 –De acuerdo –claudicó él.

 Guillermo sintió como el cuerpo de Teté se separaba de él. Durante un rato la oyó trastear. Imaginó que se estaría vistiendo. Durante ese tiempo con los ojos cerrados, rememoró el momento en que sintió los labios de Teté sobre los suyos. Estaba claro que su hermana pensó que todavía estaba dormido. Pero lo que no estaba claro, o al menos él no lo entendía, era por qué ella lo había besado. La noche había sido movidita; primero con su tontería de hacerse el enfermo con las castañas y que tanto había molestado a Teté; luego el sofoco que pasó cuando se desnudaron y se colocaron en los sacos, abrazados. Y ahora, sin ningún motivo aparente ella le besaba. Y no había sido un beso rápido. Guille pensó que era la segunda vez que se daban un beso. En realidad la segunda vez que ella le besaba. El primero había sido en el instituto, pero sin que significara nada, al menos para ella; sólo por jugar con Humberto. Ahora, otra vez le había besado; sólo que esta vez no venía a cuento de nada. No había ninguna circunstancia que la obligara a ello. ¿Por qué, pues, le había besado? Sin embargo, se dijo, había sido estupendo. Los labios húmedos de Teté le habían mojado ligeramente los suyos, y ese sabor que le había transmitido le pareció maravilloso. Pero ¿qué significaba? ¿Significaba algo? De todas formas, dadas las características de su hermana, prefirió no comentarle ni preguntarle nada al respecto y que ella continuara pensando que él estaba dormido cuando le besó. Tampoco pudo continuar sus pensamientos mucho tiempo, pues ella le avisó que ya podía abrir los ojos.

 Después de vestirse, recogieron todas las cosas. Lo dejaron todo lo más ordenado posible. Guille cogió unas cuantas velas y un par de cajas de cerillas. Después de ajustar la verja para que pareciera cerrada, comenzaron a caminar, aunque no sabían exactamente desde donde ni hacia donde. En el silencio de la mañana no parecía escucharse el ruido de ningún vehículo a motor, lo que les indicaba que no estaban cerca de ninguna carretera. Mientras Guille abría la marcha y Teté le seguía detrás, oyó como esta le decía:

 –Parece como si hubiéramos estado solos en el mundo esta noche.

 –Sí –afirmó él. Luego reflexionando, añadió –Con lo pequeño que parecían las distancias en el mapa que nos enseñaron en la clase, hay que ver luego que grande es la tierra.

FIN DEL CAPÍTULO


 


Tags: Viaje hacia el amor, Quiquebo, Romanticismo, La dicha más lejana, Novela romántica, Amor, Poesía

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