El romanticismo existe
lunes, 01 de diciembre de 2008

CAPÍTULO XVII

EL MISMO AMOR, LA MISMA LLUVIA


Bien sé que esto no es sólo
tentación. ¿Cómo renuncio a mi deseo
ahora? Me lastimo y me sonrojo
junto a esta muchacha a la que hoy amo,
a la que hoy pierdo, a la que muy pronto
voy a besar muy castamente sin que
sepa que en ese beso va un sollozo.
(Claudio Rodríguez; España, 1934 – 1999)


 –¡TETÉ, TETÉ! –la llamó Guille gritando repetidas veces.

 Sin embargo, su hermana no hizo ningún movimiento, ni respondió a sus gritos. Con cuidado, pero al mismo tiempo con la máxima rapidez que pudo, descendió por la pared inclinada de la acequia. Estaba claro que Teté en su precipitación por llegar a la casa, no vio la depresión en el terreno hasta que fue demasiado tarde para frenar, cayendo al fondo del riachuelo. Pero, ¿por qué estaba inconsciente? se preguntó Guille. La altura no era excesiva. Probablemente, pensó, se había golpeado con alguna piedra y esa posibilidad le produjo una sensación de miedo indescriptible.

 Cuando llegó junto a ella, después de descender dejándose deslizar de espaldas por la pared del tajo, la cogió incorporándola ligeramente, al tiempo que continuaba llamándola.

 –¡Teté dime algo! ¿Por favor, María Teresa! –sintió que las lágrimas acudían a sus ojos de forma irremediable.

 Sin embargo, no dejó que continuaran. Le pasó las manos por detrás de la cabeza y por las sienes, comprobando que no existía sangre. Luego intentó cogerla en brazos, pero se dio cuenta que así difícilmente podía caminar. La lluvia continuaba cayendo acompañada ahora por algún trueno que sonaba en la lejanía.

 La levantó, poniéndola de pie enfrente de él y pasándole los brazos por la espalda a través de su cintura. Entonces se agachó para dejársela caer sobre su espalda. Ahora sí pudo andar más fácilmente. Con una mano cogió uno de los brazos inermes de Teté para asegurar que no iba caérsele o deslizársele de forma involuntaria. Con la otra recogió las dos mochilas. Luego buscó un lugar que les permitiera salir del cauce del riachuelo y cuando lo encontró, poco a poco, con cuidado de no caerse, con dificultad y mucho esfuerzo fue saliendo del mismo.

 Una vez vuelto al terreno normal, se encaminó lo más deprisa que le permitían sus fuerzas hacia la casa que habían divisado anteriormente y que ahora se veía mucho más cercana, aunque tapada aún por árboles y matojos altos.

      Con su hermana a cuestas, fue acercándose a la casa gritando:

 –¡Eh! ¿Hay alguien ahí? ¡Ayuda, por favor!

 Sin embargo el silencio fue la respuesta que recibió. Cuando estuvo a unos 50 metros tuvo la certeza que la casa estaba abandonada. Efectivamente, a través de los árboles podían divisarse ahora algunas ventanas con los cristales completamente rotos.

 –Teté –dijo dirigiéndose a su hermana–. Teté, por favor, contéstame.

 Esta continuaba inconsciente. Cuando Guille llegó a la casa se introdujo en ella por la abertura de la que debía haber sido la puerta. Dejó a su hermana con cuidado en el suelo, apoyada contra una pared y corriendo recorrió las habitaciones de la planta baja. Encontró una pequeña en la que los cristales no estaban totalmente rotos y en que la corriente de aire no llegaba. Llevó hasta allí a Teté. Luego de comprobar que respiraba con normalidad y que la zona donde se había golpeado no sangraba, intentó despertarla.

 –¡Teté! ¡Teté! Despierta –la llamó varias veces.

 Esta no contestó. Estaba claro que el golpe la había dejado inconsciente, pero Guille estaba asustado. Le sacó el anorak y comprobó que tenía la ropa completamente empapada. Estuvo dudando unos segundos. Primero recogió un poco de madera con la intención de encender una hoguera, pero luego pensó que no podía dejarla con el frío que hacía con la ropa mojada tanto tiempo.

 Tiró la madera que había recogido y sacó el saco de dormir de la mochilla de Teté y luego el suyo, colocando uno dentro de otro como había hecho la noche anterior. Luego la colocó encima de ellos y empezó a quitarle la ropa a su hermana; primero los zapatos y los calcetines, luego el jersey y la camiseta que llevaba debajo y por último los pantalones.

 A continuación se sacó él su jersey y su camiseta. Se volvió a poner el jersey y utilizó la camiseta para secar el cuerpo de su hermana, sobre todo la cabeza y los pies. Comprobó, sin embargo, que tanto el sujetador como las braguitas también estaban empapadas de agua. Estuvo reflexionando unos instantes hasta que finalmente se decidió.

 Descorrió totalmente las cremalleras de los dos sacos abriéndolos, luego la cogió en brazos y la deposito en su interior, para posteriormente cerrar los sacos sobre ella, pero sin cerrar las cremalleras. Estuvo dudando unos segundos, luego metió las manos por la parte inferior de los sacos hasta encontrar sus caderas y le sacó las braguitas. Después la incorporó apoyándosela en su pecho; mientras su cabeza descansaba inconsciente sobre su hombro metió las manos en su espalda, procurando que no se destapara, para quitarle el sujetador, lo cual le costó una barbaridad. No estaba acostumbrado a ese tipo de cierres y sin verlo todavía se le hizo más difícil. Después de pelearse con él durante un buen rato lo consiguió. Luego cerró las cremalleras de los dos sacos.

 Una vez asegurada Teté y más o menos seca, se dedicó a recoger más madera, sobre todo de ventanales y puertas rotas, así como un par de sillas desvencijadas que encontró en el piso superior. Con todo ello hizo una pequeña hoguera en la habitación, junto a Teté. Alrededor de la misma distribuyó los anoraks y encima de ellos el resto de la ropa.

 Luego se sentó en el suelo. Miró a su hermana y no pudo reprimir los sollozos. Ahora que nadie lo oía dejó fluir el llanto que durante tanto tiempo había reprimido. Se levantó y fue caminando hacia la puerta de la vieja casona. Allí continuó llorando mientras fuera continuaba cayendo la lluvia. Cuando se calmó volvió al lado de Teté. La habitación que había elegido era pequeña y aunque el humo de la hoguera le picaba en los ojos, ésta se caldeó rápidamente.

 Habrían pasado un par de horas, cuando Teté se movió ligeramente al tiempo que emitía un gemido. Guillermo se levantó y se acercó a ella poniéndole la mano en la frente. La notaba caliente pero no de fiebre. Luego la llamó:

 –¡Teté! ¡Teté! Despierta Teté.

 Esta abrió los ojos mostrando una mirada desconcertada y algo perdida.

 –¿Dónde estamos? –preguntó con un hilillo de voz.

 –¿Recuerdas el riachuelo? ¿Recuerdas que te caíste?

 –Sí, ahora me acuerdo. Corríamos para guarecernos y no vi la riera –dijo llevándose la mano a la sien–. Tengo un dolor de cabeza horrible.

 –Al caer te golpeaste con una piedra y perdiste el conocimiento.

 –¿Y la casa?

 –Es esta. Es una casa abandonada.

 –Lo siento –dijo ella intentando incorporarse–, de lejos parecía normal.

 –No te levantes. He tenido que quitarte la ropa porque la tenías empapada por el agua del riachuelo.

 –¡Qué! –exclamó ella, mirando hacia el interior del saco– ¡Me has desnudado! –gritó histérica incorporándose.

 –Teté –intentó explicarse Guille– estabas . . .

 Sin embargo, ella no le dejó terminar. Los nervios volvieron a aparecer y sin querer atender a razones comenzó a insultarlo, al tiempo que sollozaba.

 –¡Eres un cerdo y un salido! Eres igual que el cabrón del camionero –le gritó llorando–. ¡Todos sois iguales! ¡Te odio! Desde el principio lo único que tú has pretendido ha sido aprovecharte de mí.

 –Vamos Teté, no digas eso –intentó cogerle las muñecas para impedir que ella continuara golpeándole en el pecho y en la cara, mientras al mismo tiempo procuraba que no se destapara.

 –¡Te odio, te odio! –repetía ella–. Aléjate de mí. Eres un cerdo. No me toques.

 –Por favor Teté, cálmate. Te he quitado la ropa cuando estabas dentro del saco. No te he visto desnuda, ni me he aprovechado de ti.

 –No me lo creo –Guille consiguió por fin cogerle las muñecas y se las apretó contra su pecho.

 –Sabes que no te mentiría en una cosa así. Te he quitado toda la ropa menos la interior –pudo explicarle por fin–, luego te he colocado en el interior de los sacos y allí te he quitado la ropa interior sin destaparte.

 Teté ya no gritaba, pero continuaba llorando. Guille le soltó las manos y ésta se tapó la cara con ellas.

 –Teté ya deberías saber que te respeto y que nunca me aprovecharía de ti –le repitió con expresión triste

 – Yo . . . , nunca me había pasado una cosa así, como la de esta tarde. –le dijo ella todavía sollozando y abrazándose lentamente a él–. Lo siento.

 –Bueno, tranquilízate. Anda, no pienses más en eso –estuvieron así un buen rato; ella fue calmándose poco a poco mientras la tarde iba declinando lentamente; él se levantó para comprobar el estado de la ropa–. El sujetador y las braguitas ya están secos –le dijo–, ¿los quieres?

 –Sí, por favor.

 Él se los entregó cogiéndolos con dos dedos; luego un poco azorado se volvió mientras ella se colocaba las prendas con alguna dificultad en el interior de los sacos.

 –Teté –le dijo Guille–, todavía hay luz. Me gustaría ir a dar una vuelta a ver si encuentro una casa habitada o algo parecido.

 –No, por favor –le suplicó ella–, no me dejes sola, por favor.

 –Pero debería buscar algo para comer.

 –Te lo suplico –insistió ella–, no me dejes sola.

 –De acuerdo –claudicó él.

 Luego estuvo buscando en la mochila de ella y en la suya propia. Encontró todavía una barrita energética.

 –Toma –le dijo dándosela– cómetela.

 –Coge la mitad, Guille –le ofreció ella.

 –Yo no tengo hambre ahora. Cómetela tú, anda.

 –Bueno.

 –¿Cómo te encuentras?

 –Tengo un dolor de cabeza tremendo.

 –Ya; es lógico. Deberías intentar dormir un poco.

 Después de terminar el pequeño bocado Teté se volvió a tumbar. Guille palpó los dos anoraks. Cogió el que parecía más seco, le dio la vuelta y lo enrolló en un cilindro. Luego se acercó a su hermana.

 –Levanta la cabeza –le dijo, mientras le colocaba el anorak enrollado a modo de almohada y le pasaba la mano por la frente–. Así estarás mejor.

 Poco a poco la única luz que quedó en la habitación fue el resplandor de la hoguera. En el silencio del anochecer sólo se oía la lluvia golpeando contra las paredes y el techo de la casona.

 –Guille –le dijo ella con voz temerosa–, ¿no vas a venir a dormir a los sacos, como ayer?

 –No –negó él, mientras la miraba a los ojos y esbozaba una ligera sonrisa–. Esta noche creo que no es una buena idea. Además –se excusó–, estoy demasiado nervioso para dormir. Tú procura descansar.

 Guille deseaba con todas sus fuerzas tumbarse al lado de su hermana, abrazarla y acariciarla, consolarla por todo lo que había pasado hasta entonces, pero en su interior algo le decía que en ese momento no podía, no debía acercarse a ella, que era mejor no tocarla. Sin embargo, se sentía angustiado por Teté; tanto, que hubiera dado parte de su vida por saber cómo acariciarle el alma.

 El calor de la hoguera, el humo en los ojos y el cansancio y las emociones del día fueron venciendo a Teté, hasta que se quedó dormida. Sin embargo, no fue un descanso tranquilo y placentero. Los sueños y las pesadillas la acompañaron durante toda la noche. Se despertó varias veces para ver a Guille sentado con la espalda apoyada contra la pared de la habitación con un largo palo en el regazo y observándola. Creyó ver que le sonreía. También lo vio caminando por la habitación, arriba y abajo, con el mismo palo en las manos. Esas visiones la tranquilizaron bastante, permitiéndole descansar un poco mejor al ser consciente que Guillermo estaba vigilando.
 
      Sin embargo eso no evitó que las pesadillas le recordaran los sucesos de la mañana, con el camionero. En ellos Teté lo vio acercarse a ella. En la cara le vio las intenciones. Intentó correr, pero sus pies no respondían todo lo rápido que ella quería. Él se iba acercando, con la cara babeando. La ansiedad y un tremendo agobio se apoderaron de ella. Cuando parecía que iba a tocarla con sus unas manos grandiosas y sucias no sabía de qué, se dio cuenta que podía comenzar a alejarse de él, pero todavía muy despacio. Su corazón se aceleró cuando comprobó que a medida que corría iba perdiendo los vestidos. Poco a poco fue quedándose desnuda, mientras continuaba corriendo. El camionero no dejaba de seguirla. Tuvo que atravesar un río. El agua estaba helada y ella con su desnudez aún la sintió más fría. La vergüenza de la desnudez la dominaba. Iba tapándose como podía con las manos, cuando, de pronto distinguió a lo lejos, en el pasillo del colegio, una figura de alguien que parecía Humberto. Estaba de espaldas y curiosamente a medida que se acercaba a él, el pasillo del instituto se convirtió en un gran salón, que parecía el comedor de un hotel. Un hombre tocaba el piano para la gente que estaba cenando allí. Todos hablaban en un idioma que ella no comprendía. Nadie se fijaba en ella a pesar de ir desnuda. Corrió hacia él con los brazos abiertos, llamándolo. Cuando llegó cerca de él, éste se volvió. Efectivamente era Humberto, pero su cara le infundió temor y asco. Este le dijo algunas palabras que ella no entendió. Volvió a repetírselas, ahora con un tono más agresivo. Ella continuó sin entender nada de lo que le decía. Humberto levantó la mano y la descargó con furia sobre su rostro, tirándola sobre la cama de su habitación. La sorpresa no la dejó llorar al principio, pero luego vio como Humberto iba quitándose la ropa ayudado por Lorena, al tiempo que se reían los dos de una forma estrepitosa. Cuando Humberto iba a abalanzarse sobre ella, que ahora si lloraba desconsoladamente, alguien lo derribó de un puñetazo en la cara. Este cayó al suelo mientras el camionero y Lorena se reían y comenzaban a patearlo. El desconocido se acercó a ella. Curiosamente, se dio cuenta que, frente a él no sentía vergüenza, a pesar de continuar desnuda. El desconocido le echó una sábana encima para cubrirla y la cogió en brazos, sacándola de la habitación. Luego comenzó a correr por el campo hasta depositarla en el suelo de una cueva. Se colocó delante de la entrada de la misma y con un palo larguísimo iba golpeando a todos los que se querían acercar, como si fueran pequeñas hormigas. Cuando no quedó nadie, el desconocido se volvió hacia ella y Teté pudo ver la cara de Guillermo con claridad. Este se acercó a ella y le acarició el pelo con infinita ternura. Sus rostros continuaron acercándose cada vez más. Sus labios estaban a punto de rozarse. Ella lo deseaba; después de todo lo que había pasado deseaba descansar la boca en la de él; sentir el tacto suave y blando de sus labios. Estaba convencida que si lograba besarlos, se sentiría más tranquila, que nunca más la iba a perseguir nadie. Cuando creyó que ese beso era inevitable, Guille continuó levantando la cara, hasta depositar ese beso en la frente. Una sensación de paz y tranquilidad la invadió, a pesar de la decepción que sintió. Todo a su alrededor desapareció. Sólo la nada quedó flotando en sus sueños, o tal vez sus sueños en la nada.

 A él la noche se le hizo interminable. Sentado en el suelo, recostado contra la pared oyó como Teté se revolvía en el saco y gemía varias veces. Se acercó para deducir que probablemente estaba soñando. En una de las veces estuvo tentado de despertarla porque era manifiesto que estaba teniendo una pesadilla, pero cuando estaba a punto de hacerlo ella se calmó súbitamente. Entonces acercó sus labios a su frente y depositó un ligero beso en ella.

      Luego, cuando sintió que sentado se dormía, se levantó y con el palo en la mano comenzó a caminar por la habitación, intentando no hacer demasiado ruido. Ahora el silencio era palpable, ya que la lluvia había cesado. Sólo se oía el crepitar de la madera en la hoguera.

 Cuando la primera luz del alba apareció, su corazón se tranquilizó y sus nervios se relajaron.

FIN DEL CAPÍTULO



Tags: Viaje hacia el amor, Quiquebo, Romanticismo, El mismo amor, Novela romántica, Amor, Poesía

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