CAPÍTULO XVIII
LA CASA DE LA BELLEZA CREPUSCULAR
Cuando de mí no quede sino un árbol,
cuando mis huesos se hayan esparcido
bajo la tierra madre;
cuando de ti no quede sino una rosa blanca
que se nutrió de aquello que tú fuiste
y haya zarpado ya con mil brisas distintas
el aliento del beso que hoy bebemos;
cuando ya nuestros nombres
sean sonidos sin eco
dormidos en la sombra de un olvido insondable;
tú seguirás viviendo en la belleza de la rosa,
como yo en el follaje del árbol
y nuestro amor en el murmullo de la brisa.
(Miguel Otero Silva; Venezuela, 1908 – 1985)
–BUENOS DÍAS –dijo Guille a su hermana.
Cuando esta abrió los ojos pudo ver a su hermano sentado en el suelo, junto a ella.
–¿Has dormido bien? –se interesó él.
–No mucho –reconoció–. Me he despertado varias veces. Y he tenido un sueño –dijo recordándolo de pronto.
–Debía ser una pesadilla –dijo Guille–. Te agitabas tanto que estuve a punto de despertarte.
–Sí –asintió ella–. Era una pesadilla. Bueno –rectificó–, luego terminó bien.
–Anda, vístete –le dijo su hermano, dándose la vuelta.
Teté abrió el saco y fue vistiéndose lentamente mientras de vez en cuando iba mirando a Guille que continuaba inmóvil de espaldas a ella. Sin saber cómo ni por qué sintió como de pronto la invadía un intenso sentimiento de gratitud hacia su hermano. Cuando terminó de vestirse se acercó a él por la espalda y le pasó los brazos por el cuello.
–¿No has dormido nada en toda la noche? –le preguntó.
–La verdad es que he intentado dar alguna cabezada –mintió sintiendo como el rubor acudía a su cara, al sentir el cuerpo de Teté apretado junto al suyo–. Pero estaba tan nervioso que no he podido. Bueno –continuó cambiando de conversación–, vamos a recoger y a ver si encontramos la carretera nacional.
Después de colocarse los anoraks y las mochilas salieron de la casa y comenzaron a caminar, aunque sin saber muy bien hacia dónde. Al cabo de un buen rato, Guille oyó a su hermana que se quejaba.
–Guille, tengo hambre.
–Y yo –reconoció él–. Pero no nos queda nada. Vamos a continuar a ver si encontramos la carretera.
Después de un par de horas de andar por caminos de tierra, divisaron a lo lejos una nueva casa muy parecida a la de la noche anterior.
–Mira –le dijo Guille–. Allí se ve otra casa.
–Guille, por favor –le rogó ella–. Por favor, ve con cuidado.
Su hermano se volvió hacia ella. Acercándose le cogió la cara, colocándole el pelo detrás de las orejas, primero con una mano y después con la otra.
–Vamos, Teté –le dijo–. No todas las personas del mundo son malas.
–Ya lo sé –afirmó su hermana–. Sólo te pido que vayamos con cuidado.
–De acuerdo –aceptó él–. Te lo prometo. Nos acercaremos poco a poco y antes de hacer nada observaremos.
Fueron, efectivamente, acercándose lentamente a la casa, prácticamente ocultos por los árboles. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca vieron que en la parte frontal de la casa, enlosada con unas grandes piedras, un hombre afilaba una hoz con una piedra de esmeril. Debían ser casi las doce del mediodía y el sol, a pesar del ambiente frío, calentaba cada vez más.
Mientras Guille y Teté observaban la escena ocultos, una mujer salió de la casa. Llevaba una lata de cerveza en la mano y acercándose al hombre por detrás le pasó los brazos por el cuello besándoselo. Este dejó la hoz y la piedra, y dándose la vuelta la cogió por la cintura y la besó en la boca apasionadamente. Teté se asombró, no por el hecho en sí, sino por la edad de los actores de la escena que acababan de presenciar. Ninguno de los dos debía tener menos de 60 años.
Después de darle la lata de cerveza, cuando la mujer se giró para marcharse, el hombre la volvió a coger por la cintura y la obligó a darse la vuelta. Esta lo hizo con una gran sonrisa en los labios. El hombre la besó de nuevo en el cuello repetidamente mientras ella reía abiertamente.
–Vamos –dijo Guille.
–Pero . . ., pero . . ., Guille, no sabemos si . . . –intentó excusarse su hermana.
–Vamos, Teté, son dos ancianos –reconoció Guille–. Y dos personas que se quieren así no pueden ser malos –concluyó saliendo de entre los árboles y acercándose a la pareja. Teté lo siguió sin protestar.
–¡Hola! ¡Buenos días! –dijo Guille elevando la voz.
–¡Buenos días! –respondió el hombre–. ¿Quiénes sois? –preguntó mientras continuaba sujetando a la mujer por la cintura.
–Me llamo Guillermo –se adelantó Guille–. Y ella es mi hermana María Teresa –dijo alargando su mano hacia atrás sin mirar si Teté la había seguido. Cuando sintió que ella le cogía la mano, respiró aliviado al tiempo que se sintió capaz de afrontar lo que fuera necesario.
–Encantados –dijo el hombre–. Mi nombre es Mateo y ella es mi mujer Sara. ¿Qué hacéis por aquí?
–La verdad es que es una historia muy larga –dijo Guille.
–Me encantan las historias largas –dijo Mateo riéndose–. Vamos dentro a descansar un rato y nos la contáis.
–Bueno, yo . . ., no sé si . . . –vaciló Guille–. Deberíamos continuar si queremos alcanzar a nuestros compañeros.
–¿Vuestros compañeros? –intervino Sara–. Nosotros no hemos visto a nadie.
–Es que nos separamos de ellos hace dos días –reconoció Teté.
–Bueno, bueno –reconoció Mateo–. Desde luego la historia parece interesante. Venga, vamos dentro y nos la contáis. Podéis quedaros a comer con nosotros. Últimamente no tenemos muchas visitas.
–No tendrán por casualidad un teléfono –preguntó Guille sin ver la mirada de enfado que le dirigió Teté.
–Pues no, lo sentimos –dijo Sara–. Parece ser que la línea se estropeó con la tormenta de ayer y no tenemos móviles. Nos gusta la soledad. ¿No habéis podido hablar con vuestros compañeros?
–La verdad es que no –reconoció Guille.
–Pero ¿por qué no habéis acudido a la policía o a la guardia civil? –preguntó Mateo.
–Bueno, la verdad es que no hemos tenido ocasión de ello –mintió Guille, mientras Teté inconscientemente se refugiaba detrás de él.
–Bien, os quedaréis a comer ¿verdad? –dijo Sara con expresión de suplica, observando el movimiento de Teté–. Por favor, para vosotros será un extra. Y para nosotros que vivimos solos también lo será; hace tiempo que no nos visita nadie.
Guille se giró hacia Teté para saber si a esta le parecía bien la propuesta. Lo cierto era que no sabían dónde estaban y no tenían dinero. La oferta de quedarse a comer era interesante. Así lo comprendió Teté que le hizo un gesto afirmativo a Guille.
–De acuerdo –dijo este–. Teté y yo nos quedaremos.
–¿Teté? –preguntó Sara.
–Es como me llaman todos –reconoció esta.
–Son casi la una –dijo Sara–. Vamos dentro. Prepararemos la mesa y mientras comemos nos contáis vuestra historia.
Entraron en la casa. El comedor era una estancia amplia y acogedora. La temperatura era agradable, por lo que Guille y Teté se quitaron las mochilas y los anoraks.
–Venid –les dijo Sara–. Podéis lavaros un poco antes de comer. No podéis ducharos porque con la lluvia de anoche se nos fue la luz y no ha vuelto hasta hace poco. Así que el calentador –continuó Sara– no estará en condiciones hasta las 6 o las 7 de la tarde.
Los condujo a un baño donde pudieron lavarse las manos y la cara, aunque con agua fría. Cuando volvieron al comedor, vieron que la mesa ya estaba puesta.
–Tenemos potaje de legumbres –anunció Mateo–. Y después unas costillas a la brasa. ¿Os va bien? –les preguntó.
–Estupendo –dijeron los dos sentándose a la mesa.
Durante la comida Mateo y Sara les fueron preguntando por su historia. El recelo inicial se había diluido y tanto Guille como sobre todo Teté, le fueron contando todo lo que les había sucedido. Cuando llegaron a la desagradable experiencia con el camionero, Teté calló agachando la cabeza y fue Guille quien relató todo el suceso, incluyendo la caída posterior de su hermana y la noche pasada en la casa deshabitada.
Sara, sentada junto a Teté le cogió la mano a esta mientras Guille explicaba los sucesos. Pudo comprobar como una lágrima se deslizaba por su mejilla cuando su hermano contaba como el camionero le ponía la mano en su muslo y empezaba a moverla hacia arriba.
–¿Estás bien, Teté? –le preguntó Sara.
–Sí –dijo esta limpiándose la lágrima–. Lo siento.
–Vamos, Teté –le dijo Guille–. Tu no tuviste la culpa de lo que pasó.
–Siento mucho –dijo Mateo– que hayáis tenido una experiencia de este tipo. No es lo habitual, pero está claro que en el mundo hay de todo.
–Esa casa deshabitada –dijo Sara cambiando de tema–, es donde nací. Era la casa de mis padres.
–¿Ah sí? –dijo Guille siguiendo a Sara en el cambio de conversación–. ¿Y cómo es que está deshabitada y casi en ruinas?
–Bueno –dijo Mateo–. Esa es también una historia muy larga.
–En realidad es nuestra historia –dijo Sara mirando con ternura a Mateo–. Escuchadme. Por lo que habéis contado lleváis dos días durmiendo en el suelo, con frío y sin comer muy bien. Os propongo que hoy os quedéis aquí a dormir. Tenemos un par de camas donde podéis descansar bien –calló unos instantes mirándolos alternativamente.
Guille estuvo a punto de aceptar inmediatamente el ofrecimiento de Sara, pero se contuvo a tiempo para mirar a Teté con una débil sonrisa en los labios. Esta todavía tenía una ligera expresión de tristeza provocada por los recuerdos desagradables que habían evocado. También miró a Guille a los ojos. Sin comprender demasiado por qué la tristeza que la atenazaba fue disminuyendo y su alma se liberó de la angustia que la había aprisionado poco antes. De pronto le vino a la memoria el sueño de la noche anterior cuando, desnuda frente a él, Guille la cubrió con la sábana y se la llevó a la cueva para después besarla en la frente. Con esos pensamientos, el rubor apareció por unos segundos en sus mejillas.
–Mañana por la mañana –dijo Sara observando atentamente a los dos hermanos–, Mateo con el tractor puede llevaros hasta la carretera nacional.
Guille continuó callado a la espera que Teté tomara una decisión, aunque en su fuero interior deseaba que su hermana se decidiera a pasar la noche allí y poder reposar durante unas horas de todas las preocupaciones y las angustias que les atenazaban.
–Creo que me gustaría mucho dormir en una cama de verdad –dijo Teté.
–De acuerdo –corroboró Guille–. Nos quedaremos a dormir.
–Estupendo –dijo Sara–. Así, además podremos hablar de nuestras cosas –añadió enigmáticamente.
–¿Qué quiere decir? –preguntó Guille a Mateo.
–Pues no lo sé exactamente –respondió este–. Supongo que se refiere a cosas de mujeres.
–¡Ah! Ya entiendo –dijo Guille pero con cara de no entender nada.
Cuando terminaron de comer, Sara comenzó a recoger la mesa ayudada por Teté y Guille.
–Te ayudamos a lavar los platos –se ofreció Teté.
–No es necesario –dijo esta–. ¿Por qué no te tumbas un rato en el sofá? –le ofreció Sara–. Haces cara de cansada.
–La verdad es que esta noche no he dormido muy bien –reconoció Teté–. He estado toda la noche soñando y dando vueltas –sólo Sara se percató de que Teté se ruborizó de nuevo al decir esto, al tiempo que dirigía su mirada hacia Guille–. Voy a tumbarme un rato.
Cuando Teté se tumbó en el sofá no pudo evitar emitir un par de gemidos.
–¿Qué te ocurre? –le preguntó Guille.
–Es que me duele todo –reconoció ella–. Y los pies ni te cuento.
–Tráelos –le dijo Guille sentándose en el sofá y cogiendo los pies de su hermana.
–¿Pero que haces? –exclamó ella recogiendo sus piernas.
–Sólo quiero hacerte un masaje, no seas mal pensada –le dijo cogiéndole de nuevo uno de sus pies–. ¿No te han hecho nunca un masaje en los pies? –preguntó mientras le desabrochaba la zapatilla.
–No, yo no . . ., no sé si me gustará.
–Pues a mí me encanta –continuó su hermano mientras le quitaba el calcetín–. Mi madre me los hacía cuando volvía de alguna excursión.
–Pero, Guille . . ., los tengo sucios –le dijo con voz avergonzada.
–¿Y qué más da, tonta? Anda relájate.
Luego cogió con sus dos manos el pie de Teté y fue acariciándolo y masajeándolo lentamente. Primero los dedos, cogiéndolos todos con su mano e imprimiéndoles un movimiento de rotación. Luego la planta apretándola con sus pulgares y finalmente también el talón, para posteriormente volver a empezar por los dedos y continuar así una y otra vez.
Los gemidos de Teté al principio fueron muy fuertes y evidentes, tanto que Sara no pudo evitar sacar la cabeza desde la cocina. Luego, poco a poco, se hicieron más débiles y espaciados. Guille continuó masajeándole el pie a Teté, mientras esta cerraba los ojos y su respiración se convertía en profunda y acompasada.
–Venga, dame el otro –pidió Guille.
–¿Eh? ¿Qué? –dijo ella medio adormilada.
–Nada –contestó Guille al darse cuenta–. Déjame a mí.
Guillermo desabrochó la zapatilla del otro pie de Teté y después de sacarle también el calcetín, comenzó las mismas operaciones que había realizado con el primero. Cuando sus manos comenzaban a dolerle de forma ya insoportable, la llamó suavemente:
–Teté, Teté.
Sin embargo, ella no contestó. Tuvo la certeza de que estaba dormida. Se levantó para acercarse a la cocina, donde Sara estaba terminando de lavar los platos.
–Sara –dijo–. ¿No tendrás una pequeña manta por ahí? –preguntó con un poco de vergüenza.
–¿Una manta? –dijo Sara–. ¿Para que quieres una manta?
–Es que Teté se ha quedado dormida en el sofá. No quisiera que cogiera frío –se disculpó.
–¡Ah, claro! Espera un momento –le dijo mientras se secaba las manos–. Ahora te la traigo.
Sara subió al piso superior, mientras Guille volvía al comedor. Teté continuaba durmiendo apaciblemente. Su rostro se encontraba relajado y una ligera sonrisa lo surcaba. Su hermano se arrodilló junto a su cara, observándola con atención. Luego con su mano derecha le apartó algunos cabellos que habían permanecido en su cara. Se volvió cuando percibió una presencia a sus espaldas. Sara estaba allí, detrás de él, de pie, observándolo pensativa, con una manta en la mano.
–Toma –le dijo mientras le entregaba la manta.
Guille le envolvió primero los pies desnudos con la manta, para luego irla extendiendo poco a poco sobre su cuerpo, intentando que ella no se despertara. Cuando llegó a su cuello la dobló, dejando sólo su cabeza descubierta. Finalmente no pudo evitar acercarse a su cara y depositar un ligero beso en su frente.
Mientras todo eso ocurría, Sara no dejó de observarlo atentamente, al tiempo que una mueca de extrañeza y preocupación aparecía en su rostro. Cuando Guille se volvió hacia ella, Sara intentó poner una cara lo más amable posible.
FIN DEL CAPÍTULO
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