CAPÍTULO XIX
AL ATARDECER LA MELANCOLÍA
Pocas cosas más claras me ha ofrecido la vida
que esta maravillosa libertad de quererte.
Ser libre en este amor más allá de la herida
que la aurora me abrió, que no cierra la muerte.
Porque mi amor no tiene ni horas ni medida,
sino una larga espera para reconocerte,
sino una larga noche para volver a verte,
sino un dulce cansancio por la senda escondida.
No tengo sino labios para decir tu nombre;
no tengo sino venas para que tu latido
pueda medir mi tiempo sin soledad un día.
Y así voy aceptando mi destino, el de un hombre
que sabe sonreírle al rayo que lo ha herido
y que en la tierra espera que vuelva su alegría.
(Antonio Carvajal; España, 1943)
DESPUÉS DE tapar y arropar a su hermana, Guille se incorporó para dirigirse a Sara.
–¿Puedo ayudarte en algo? –preguntó Guille.
–No, no. De momento no hace falta. Ve a ver si puedes ayudar a Mateo.
–¿Dónde está?
–A esta hora debe estar en el establo.
Guillermo salió al exterior. La tarde estaba clara y el sol aunque comenzaba a descender, todavía calentaba la piel. Mateo se encontraba efectivamente en el establo.
–Hola –dijo Guille–, ¿puedo ayudarte?
–¿De verdad quieres, o es sólo cortesía? –preguntó riendo Mateo.
–No, de verdad. No sé que hacer. Teté se ha quedado dormida en el sofá y Sara dice que no hace falta que la ayude.
–Tu hermana parece una chica muy simpática –dijo Mateo.
–Cuando quiere –reconoció Guille
–Mira hay que cambiar la paja a todos los animales –dijo Mateo–. Allí hay una carreta y una horquilla, puedes comenzar a quitársela por aquí. Luego la vas dejando allí. ¿Qué quieres decir con “cuando quiere”? –continuó Mateo haciendo referencia a Teté.
–Que a veces puede llegar a ser muy irritante.
–Bueno, pero eso nos pasa a todos ¿no?
–Supongo, pero ella es la reina en eso. Puede ser muy cruel cuando quiere.
–Aunque quede un poco de la sucia no pasa nada –le dijo Mateo–. Vaya, ¿tan mala es?
–No, no –rectificó Guille inmediatamente–. No es mala. Todo lo contrario, tiene un gran corazón, y es sensible. Pero ella y yo no nos llevamos muy bien.
–Pues no me lo ha parecido. Yo he creído ver que te preocupabas mucho por ella. No os llevaréis tan mal como dices.
–Si . . ., bueno . . ., desde que nos hemos quedado solos procuro no irritarla demasiado, aunque no siempre lo consigo. Soy bastante estúpido a veces –reconoció.
–Ahora coge la carreta y sígueme, vamos a buscar paja limpia –le dijo Mateo mientras se dirigían al exterior–. ¿Y por qué os peleáis?
–Bueno a ella no le gustaba la chica con la que yo salía –se sinceró Guille–. Y a mí no me gusta el chico con el que ella sale ahora.
–Pero ¿a ti que más te da? Ella estará enamorada de él, ¿no?
–Supongo que sí –reconoció Guille.
–Entonces, ¿cuál es el problema? –continuó preguntando Mateo.
–Que la trata a patadas. Es como si ella fuera su criada. No le tiene la más mínima consideración –Guille fue elevando el tono de voz mientras esta se volvía más agresiva; Mateo no dejaba de observarlo mientras cargaba la paja limpia en la carreta–. ¿Cómo puede ser que Teté se haya enamorado de un tipo así? –se preguntó Guille–. Ya sé que es tractivo y todo eso, pero ¡joder! hay otras cosas ¿no? aparte de estas.
–Ahora la misma operación pero dejando la paja limpia –dijo Mateo–. Bueno, también debe tenerlas cuando a tu hermana le gusta –continuó Mateo con el tema de Guille–. No parece que Teté sea una chica que no sepa lo que quiere, ¿no crees?
–No lo sé. Yo pienso que en realidad no está enamorad de él.
–¿Ah no? –preguntó con una sonrisa que no pudo distinguir Guille–. ¿Entonces que piensas?
–Creo que se ha encaprichado de él, pero en realidad no está enamorada.
–Ya, bueno, en realidad a ti eso no debe preocuparte demasiado. Yo creo que ella sabrá lo que le conviene.
–Eso es cierto –reconoció Guille–. Pero no quiero que le hagan daño. No me gustaría verla sufrir por un tipo que no se la merece.
–Bueno ya hemos terminado –dijo Mateo–. Vamos a prepararnos para la cena.
–Pero si es muy pronto –dijo Guille.
–Aquí en el campo se cena pronto –explicó Mateo–. Y luego hacemos la sobremesa, explicando alguna historia junto al fuego antes de irnos a dormir.
CUANDO TETÉ se despertó, vio a Sara sentada junto a la ventana cosiendo alguna prenda de ropa. Se quitó la manta y se puso los calcetines y las zapatillas antes de levantarse.
–¿Has dormido bien? –le preguntó Sara.
–Muy bien –dijo Teté desperezándose–. Y lo mejor: los pies ya no me duelen como antes. ¡Qué maravilla de masaje! ¿Dónde está Guille? –preguntó mirando a su alrededor.
–Ha ido a ayudar a Mateo en el establo.
–¿Puedo yo ayudarte en algo? –preguntó Teté.
–Bueno, mientras yo termino de zurcir estos calcetines de Mateo, podrías ir pelando unas patatas para la cena, si quieres, claro.
–Por su puesto que sí –asintió Teté.
Mientras continuaban sus respectivos trabajos, Sara comenzó a preguntarle a Teté por su casa y sus amigos, por su vida y sus actividades. Poco a poco fue llevando la conversación hacia el tema que le interesaba. El desmesurado interés de su hermano por Teté, todas sus atenciones, su forma de cuidarla y protegerla, preocupaban a Sara. Así que con sus preguntas fue acercándose a la cuestión que más le interesaba: Guillermo.
–¿Guille? –preguntó Teté–. Guille es un cafre y un gamberro.
–No es esa la sensación que me ha dado a mí –dijo extrañada Sara.
–Bueno, la verdad es que ahora no lo es –reconoció Teté.
–¿Cómo que ahora no lo es?
–Quiero decir que desde hace un tiempo ya no es el gamberro que era. Desde que nos quedamos solos se ha portado muy bien conmigo. Si no hubiera sido por él, yo no sé que hubiera hecho. La verdad es que siempre se ha preocupado de mí –reconoció pensativa.
–¡Ah! –dijo Sara–. ¿Y por qué crees que debe ser que ya no es tan gamberro como dices que era?
–Pues no lo sé. No había pensado en ello.
–¿Y desde cuando no lo es? –volvió Sara a la carga.
–Pues desde . . ., desde . . . que se enamoró –tuvo que reconocer Teté.
–Vaya. ¿Así que está enamorado?
–Sí. Bueno, eso creo.
–¿Y de quién? –continuó insistiendo Sara.
Las preguntas de Sara cada vez resultaban más incómodas para Teté, pero eran tan lógicas, o al menos a ella se lo parecían, que no podía eludirlas.
–Bueno –dijo Teté–, él está saliendo con una chica de su clase. Pero creo que está enamorado de otra.
–Vaya lío, ¿no? –dijo Sara– ¿Por qué salir con una si estás enamorado de otra?
–Es que la otra, cuando se le declaró le rechazó –dijo Teté aunque no le contó el resto de la historia.
–¡Vaya por Dios! ¿Y sale ahora con esta por despecho?
–Por despecho o por pecho –ironizó Teté.
–¿Cómo dices? No entiendo.
–No, bueno . . ., era una broma. Es que la chica con la que sale tiene abundancia de . . . –balbuceó mientras con sus manos parecía hincharse los pechos–, bueno . . ., ya sabes, que tiene unas tetas impresionantes –dijo finalmente.
–¡Ah, ya! –asintió Sara–. Pero no se olvida un amor con unas tetas, ¿no crees?
–¿Qué quieres decir? –preguntó Teté intrigada.
–Que si realmente estaba enamorado de esa chica, dudo mucho que la haya dejado de amar por unas tetas.
–¿Crees que todavía está enamorado de la primera? –preguntó de nuevo Teté.
–Bueno, yo no lo sé –reconoció Sara mirando fijamente a los ojos de Teté–. Pero si es verdad lo que tú dices, estoy segura que todavía continúa queriéndola.
Las dos callaron durante unos instantes. Sara no perdía ojo a cualquier reacción de Teté, mientras esta última se sentía ligeramente turbada por las revelaciones que le había hecho Sara.
–¿Sabes? He conocido bastantes hermanos y vosotros sois la primera pareja que os veo realmente preocupados e interesados el uno por el otro –dijo Sara, mientras observaba como Teté se sonrojaba–. Sobre todo tu hermano; creo que si alguien intentara acercarse a ti con intención de hacerte daño no dudaría en tirársele al cuello a morderle –dijo riéndose–. Bueno, ya lo comprobaste ayer. ¿Y tú? –continuó Sara cambiando de tema–. ¿También tienes novio? ¿Sales con alguien?
–Sí, salgo con un chico de un curso superior al mío.
–¿Qué bien, no?
–Sí, es guapísimo, y rubio –dijo Teté sin mucha convicción–. Guille no lo soporta, dice que es un pijo. Pero en realidad sé que lo que pasa es que le tiene envidia.
–¿Envidia, por qué? –se extrañó Sara.
–Porque sale conmigo –reconoció Teté, aunque inmediatamente se dio cuenta del error que había cometido.
–¿Me estás diciendo que Guille está celoso de tu novio? –Sara iba derecha al meollo de la cuestión.
–No, no –Teté se percató que a Sara no se le escapaba nada–. Es que no se llevan bien y claro . . ., siempre nos estamos peleando por culpa de él.
Teté empezaba a encontrarse extremadamente violenta con la conversación. Extrañamente Sara tenía una facilidad pasmosa para acercarse a la realidad de la historia. Mateo y Guille la salvaron cuando ya se veía perdida ante Sara.
–Bueno –dijo Mateo–. Será cuestión de comenzar a preparar la cena.
–Sí –dijo Sara–. Nosotras vamos a ello, mientras vosotros os laváis y arregláis un poco.
–Si –dijo Teté riéndose– hueles fatal, Guille.
–A trabajo y a establo –reconoció Mateo–. Anda, venga vámonos a lavar.
–Subid y no tardéis –dijo Sara–, que luego se duchará Teté.
–De acuerdo –dijeron los dos.
CUANDO TETÉ terminó de ducharse bajó de nuevo al salón. Mateo estaba poniendo la mesa, mientras Sara continuaba trasteando en la cocina.
–¿Puedo ayudaros? –preguntó Teté.
–No es necesario –dijo Mateo–. Ya lo tenemos todo preparado, aunque para cenar aún falta una media hora.
–¿Y Guille? –preguntó ella mirando a su alrededor.
–A dicho que iba a ver la puesta de sol.
–Voy a ver si lo encuentro –dijo Teté cogiendo el anorak.
Salió al exterior mientras se abrochaba la cremallera del chaquetón al tiempo que buscaba a su hermano con la vista. Lo vio sentado sobre un pequeño muro de obra de no más de un metro de altura. Se acercó a él colocándose enfrente.
–Ayúdame a subir –le dijo.
Guille le extendió su mano. Ella se la cogió mientras con un pie apoyado en el muro se daba impulso para subir. Se quedó sentada junto a Guille. El sol todavía estaba entero en el horizonte. Sin embargo, su rojizo resplandor era suficientemente apagado como para poder mirarlo directamente. Junto a él algunos jirones de nubes negras lo acompañaban,
–Qué hermoso, ¿verdad? –dijo Guille–. Es realmente bonito. Eso no se ve en Madrid.
Callaron los dos mientras el sol iba lentamente escondiéndose en el horizonte.
–¿Sabes? Mirando eso, no sé porque, me siento melancólico –dijo Guille–. Siento que una tristeza inexplicable me coge el estómago y me sube por el pecho hasta los ojos, haciéndome saltar las lágrimas –calló de nuevo unos instantes, para luego continua: –La verdad es que no lo entiendo.
Teté se asombró de oír a su hermano diciendo estas cosas, expresando esos sentimientos. Giró su cara para ver el rostro de Guille y comprobó extrañada que una lágrima se deslizaba por su mejilla. Aún sin poder creérselo alargó su mano para tocarla con su dedo.
–¡Estás llorando! –exclamó Teté.
–¿Creías que no soy capaz de llorar? –preguntó Guille tristemente–. Soy un ser humano como los demás, ¿sabes? Y me duelen las mismas cosas, y me alegro con las mismas cosas. Y me hieren las mismas cosas que los demás –calló durante unos instantes para luego continuar: –ya sé que piensas que soy un cafre y un insensible, y como me dijiste una vez en lugar de besar seguro que muerdo. Quizá sea verdad. Pero ahora viendo este paisaje tengo ganas de llorar.
–Pero . . . ¿por qué? –preguntó su hermana todavía impresionada por las palabras de su hermano. La referencia a lo que le había dicho cuando él le declaró su amor la hizo sentir culpable.
–No lo sé –reconoció él–. En estos momentos me siento triste, sólo y perdido en un mundo demasiado grande para mí.
Guille notó como un escalofrío recorría el cuerpo de su hermana. Limpiándose las lágrimas con su mano, le preguntó:
–¿Tienes frío?
–Un poco –reconoció ella.
Guille le pasó el brazo por sobre los hombros, mientras la acercaba más a él. Ninguno de los dos era consciente que estaban siendo observados de forma atenta.
–Míralos –dijo Sara mientras Mateo se acercaba a la ventana.
Teté se acercó más a Guille reposando su cabeza lateralmente en el hombro de su hermano.
–¿Crees que están enamorados? –le preguntó Mateo.
–Él desde luego que sí –afirmó Sara–. Y ella estoy casi convencida que también, aunque intenta negárselo a ella misma.
–¿Qué podemos hacer? –preguntó de nuevo Mateo–. Tienen derecho a escoger su destino.
–Pero Mateo, son hermanos –se excusó Sara–. Me pregunto si no habrán escapado por este motivo.
–¿Crees que los alcanzaremos? –preguntó Teté ajena a la conversación entre Mateo y Sara.
–Desde luego que sí –reconoció Guille–. Te prometo que llegarás a Santiago para encontrarte con tus amigos.
Y para abrazarte con tu Humberto, pensó Guille, sin ira, aunque con desconsuelo y abatimiento.
–Gracias Guille –dijo ella mientras le miraba a los ojos.
También Guille miró la profundidad de esos maravillosos ojos que lo habían cautivado desde el mismo principio que los contempló. Lentamente acercó sus labios a los de ella, mientras los dos se miraban alternativamente a los ojos y a sus bocas.
–¡Guille! ¡Teté! –gritó una voz detrás de ellos–. ¡A cenar!
Se separaron rápidamente mientras Sara aparecía en el quicio de la puerta.
–Vamos –dijo Guille mientras ayudaba a descender a su hermana.
Entraron en la casa. A sus espaldas no pudieron observar la mirada de desaprobación que Mateo dirigió a su mujer. Esta, sin embargo, tenía una expresión entre preocupada y asustada.
FIN DEL CAPÍTULO
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