lunes, 22 de diciembre de 2008
Publicado por Quiquebo @ 7:30  | Viaje hacia el amor
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CAPÍTULO XX

LA HISTORIA MÁS HERMOSA


Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
medulas, que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, más tendrá sentido;
polvo serán, más polvo enamorado.
(Francisco de Quevedo; España, 1580 – 1645)

 El silencio presidió la mayor parte de la cena. Teté lanzaba miradas de vez en cuando a su hermano. No podía quitarse de la cabeza la conversación que habían mantenido sentados afuera. ¿Guille llorando? ¿Y esa sensación que sintió cuando él le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí, mientras ella descansaba la cabeza en su hombro? Y luego cuando se miraron a los ojos. De nuevo habían estado a punto de besarse. Como el día en la nieve, cuando él encima y ella debajo, le pareció natural e inevitable que terminaran besándose. Cuando él fue descendiendo lentamente su cabeza acercándose a la suya, pensó que lo más lógico y, sobre todo lo natural, era que terminaran besándose. Si no hubiera sido por Humberto, como ahora por Sara, lo hubieran hecho. ¿Pero que demonios te pasa, Teté?, se dijo a sí misma. Cuando te besa Humberto pierdes el sentido, se repitió; casi te desmayas cada vez, todo te da vueltas. ¿Por qué quieres que te bese Guille? ¡Dios, ¿qué me está pasando?! Aquella tontería de los celos ya pasó. No, no son celos. ¿De quién iban a ser? Pero me gustaría que me abrazará, reconoció, reposar en sus brazos y que me besara. ¿Pero qué digo? Sí, sí. Y cuando él estaba llorando me hubiera gustado abrazarle yo y besarle en los ojos y acunarle. ¿Dios mío, qué me está pasando?, se repitió de nuevo.

 –Sara –dijo Guille, interrumpiendo los pensamientos de su hermana–, este mediodía nos dijiste que la casa abandonada donde pasamos la noche había sido la tuya o la de tus padres.

 –Bueno –dijo ella–, eso es preguntarme por mi vida, por nuestra vida.

 –Espera –intervino Mateo–. Vamos a recoger y luego continuamos hablando.

 Así lo hicieron; recogieron todos los platos y los cubiertos, y después de dejarlos en la cocina, se prepararon unos vasos de leche caliente. Luego cuando Guille y Teté iban a sentarse en el sofá, Mateo les detuvo.

 –No, no, esperad –le dijo–, vamos a acercar el sofá y los sillones y vamos a sentarnos sobre la alfombra, cerca del fuego. Así el sofá y los sillones nos servirán de respaldo. A mí –continuó– me encanta hablar mirando el fuego.

 Hicieron tal como había dicho Mateo. Teté se sentó junto a su hermano, apoyándose un poco lateralmente en él.

 –La verdad –comenzó Mateo–, es que no sé por dónde empezar. Sara y yo íbamos al mismo colegio, aunque me parece que nunca me había fijado demasiado en ella. O eso creo –dijo pensativo–. Pero un día –continuó– fue como si la viera por primera vez y me enamoré definitivamente. Como digo, nunca me había fijado en ella y todavía no sé por qué aquella mañana la vi diferente. Ella estaba junto a la ventana. El sol entraba por ella e iluminaba su pelo, su largo pelo. Como el tuyo –dijo dirigiéndose a Teté–. Pero rubio, hermosamente rubio. Fue el momento más desgraciado de mi vida. Cuando fui consciente de su existencia y también cuando fui consciente de que yo no existía para ella. ¿Cómo era posible que hubiera pasado desapercibida para mí hasta entonces? ¿Y cómo era posible que ahora se me revelara en todo su esplendor, en toda su hermosura? En el recreo la continué observando, mientras hablaba con su grupo de amigas. Sólo se acercaron un par de chicos, los más guapos, intentando entablar conversación, que ella despachó rápidamente. Eso me descorazonó aún más. ¿Qué probabilidades tenía yo frente a una chica que despreciaba a los chicos más populares? Aquel curso fue el peor de todos mis estudios. Me pasaba los días observándola sin que se diera cuenta, o eso creía yo. Mis amigos no entendían por qué estaba tan ido y tan absorto. En broma me decían que estaba enamorado, y no sabían cuanta razón tenían. Aprobé por los pelos el curso. Durante el verano fuimos de campamento. En una de las pocas excursiones en que fuimos chicos y chicas, ella se perdió. Cuando volvimos nos dimos cuenta que ella no estaba. Se había perdido. Mi corazón dio un vuelco y en mi desesperación salí a buscarla cuando la tarde comenzaba a caer. No me preguntéis cómo, ni por qué pero la encontré, con el tobillo torcido, se había dormido por el cansancio. Cuando la desperté, inesperadamente, se abrazó a mí mientras me besaba impulsivamente. Yo también la besé y nos declaramos nuestro amor. También ella se había fijado en mí hacía tiempo.  Cuando la besé y le dije que la quería, sus ojos brillaron de una forma tan especial que nunca podré olvidarlos. En ellos vi resumida toda la chispa y el amor del mundo.

 Mateo calló durante unos segundos, para mirar a Sara. Ella le sonrió, mientras movía su cabeza en un gesto afirmativo.

 –Yo –dijo Sara– estaba soñando con él cuando me despertó. Creo que sólo otras dos veces he sido tan feliz como entonces, al ver al chico del que estaba enamorada cuando abrí los ojos. No pude contenerme y empecé a besarlo con desesperación, sin saber siquiera si él me correspondía.

 –Luego –continuó Mateo– como anochecía y ella tenía el tobillo muy hinchado pasamos la noche en una cabaña de cazadores. Ella durmió dentro y yo fuera en una hamaca que encontramos. Pero durante un rato estuvimos juntos, abrazados, confesándonos nuestro amor. Por la mañana la llevé a cuestas hasta el campamento. Llegué de milagro, estaba más lejos de lo que pensaba y llegué agotado y medio deshidratado.

 –Y yo –reconoció Sara–, todavía le quise más. Sobre todo después por la tarde en la enfermería, cuando me contó todos sus temores e inquietudes, todos sus miedos y dudas que hacían referencia a nuestro amor y a cómo se lo tomarían nuestros padres y nuestros amigos.

 –Así fue –dijo Mateo–, nuestro enamoramiento y nuestra declaración mutua de amor. Jamás la olvidaré. Nunca olvidaré esa mirada, ese brillo en sus ojos, tan especial, cuando le dije que la quería, que estaba loco por ella.

 –El resto del instituto –continuó Mateo–, fue maravilloso. Poder verla cada día, poder besarla y abrazarla aunque fuera a escondidas, cogerla de la mano cuando salíamos juntos a pasear. El día que decidimos hacer el amor por primera vez –la miró sonriendo–, regresamos a la cabaña de cazadores para realizarlo allí. Y fue maravilloso. Teníamos 16 años, pero yo sabía que iba a quererla durante el resto de mi vida.

 –Y yo –añadió ella–, sabía que él era el hombre de mi vida, que jamás podría querer a otro que no fuera él. Cuando me besaba, cuando me abrazaba todo mi cuerpo se estremecía, temblaba como una hoja mecida por el viento. Cuando me leía una poesía era capaz de hacerme llorar de tristeza, de melancolía o de amor. Cuando sus ojos miraban fijamente los míos, sabía que no podía esconderle nada dentro de mí corazón. Tenía, y aún tiene, la capacidad de ver dentro de mí como a través de un cristal. Jamás pude esconderle un secreto más allá de unos segundos de su mirada.

 Sentados junto al fuego, Teté se había ido aproximando a Guille, hasta que con las piernas recogidas y cruzadas sobre el suelo apoyó su espalda en el pecho de su hermano, mientras él le pasaba los brazos por su cintura y le depositaba un beso en la sien. Mateo y Sara intercambiaron una mirada de complicidad y de extrañeza.

 –Se lo ocultamos a nuestros padres –continuó Mateo–, pero al final nos descubrieron un día los padres de ella besándonos. La verdad es que lo pasamos muy mal. Ninguno de nuestros padres aprobó nuestro amor. Decían que éramos demasiado jóvenes y todas esas cosa. Menos mal que nunca supieron que habíamos hecho el amor. La verdad es que no desistimos. Decidimos hacer ver que aceptábamos sus deseos, pero lo cierto es que nos continuábamos viendo cuando podíamos. Y entonces los besos y las caricias eran más dulces, porque eran más escasos. Yo le propuse a mi padre dejar de estudiar y comenzar a trabajar. Él no se opuso, era de los que creía que la educación no sirve para nada. Pero nosotros lo habíamos hablado y pensamos que en los tres años que me quedaban hasta los 18 me dedicaría a ahorrar todo lo que pudiera.

 –Lo decidimos –intervino Sara–, pero yo no estaba muy de acuerdo. Pensé que debía continuar estudiando, pero la verdad es que los razonamientos que me hizo fueron muy difíciles de rebatir. Además –dijo Sara mirando a Mateo a los ojos–, yo confiaba ciegamente en él, confío ciegamente en él –rectificó.

 Mateo le cogió la mano a Sara mientras la besaba en la mejilla y luego tiernamente en los labios. De forma inconsciente Teté se apretó más contra Guille. Tirando la cabeza un poco hacia atrás dejó su mejilla junto a la de su hermano. Sara no se perdía ninguno de sus movimientos junto a Guille. Vio que Teté se encontraba totalmente relajada y abandonada en los brazos de su hermano. Mientras tanto Mateo continuó:

 –Fueron tres años muy duros. Trabajando sin parar por un jornal mísero. A los jóvenes de nuestra edad no se les pagaba casi nada. Pero poco a poco conseguí ahorrar un poco de dinero. Nos continuábamos viendo en secreto. Sólo lo sabían mis amigos y sus amigas que nos cubrían todo lo posible. Nos veíamos en las fiestas de los pueblos de los alrededores. Entonces bailábamos toda la noche o nos tumbábamos sobre la hierba del campo abrazados, y nos contábamos lo que nos había sucedido desde la última vez. O llorábamos los dos por nuestra suerte y sobre todo cuando nos teníamos que separar. Así pasamos como pudimos hasta que cumplimos 18 años. Entonces nos escapamos.

 –¿Os escapasteis? –preguntó interesada Teté al tiempo que cogía las manos de Guille que reposaban sobre su  vientre.

 –Qué fuerte, ¿no? –exclamó Guille.

 –Nos fuimos a León –continuó Mateo–. Ahora puede decirse que está aquí mismo, pero entonces que no había carreteras ni casi automóviles, eso significaba todo un mundo de por medio. Sabíamos que difícilmente podrían encontrarnos. Alquilamos una habitación y yo encontré trabajo en una explotación que había fuera del pueblo. En aquellos años –dijo Mateo al ver la expresión de Guille–, León no era más que un pueblo. Continuamos ahorrando todo lo que pudimos porque sabía que cuando cumpliera los 21 años debería ir al servicio militar y ella se quedaría sola mucho tiempo. Tenía que dejarle el dinero suficiente para que pudiera vivir durante todo ese período. Fueron años muy duros, trabajando y viviendo con lo justo, pero fueron años maravillosos. Teníamos poco, pero teníamos nuestro amor y nos teníamos a nosotros.

 Teté continuaba recostada sobre Guille, pero ahora jugaba con sus manos con los dedos de las manos de su hermano.

 –Así fueron pasando los años –dijo Sara–. Cuando llegó el momento terrible de la separación, él se fue al servicio militar y yo me quedé sola.

 Sara se acercó más a Mateo. Curiosamente ahora las dos parejas estaban prácticamente en la misma posición, Sara y Teté recostadas sobre Mateo y Guille, mientras estos las abrazaban por la cintura con sus manos.

 –Fue la etapa más terrible de mi vida. Lo destinaron a África. Nos escribíamos largas cartas, pero su ausencia era algo que tenía clavado en el corazón. Estaba tan lejos que era impensable que en uno de los cortos permisos que le daban pudiera venir hasta donde estaba yo. Fueron años terribles –volvió a reconocer Sara–. Pero aún recuerdo el día que volvió.

 Sara se calló, mirando a Mateo fijamente con una sonrisa en los labios. Este la besó en la mejilla. Inconscientemente, como acto reflejo, Guille hizo lo mismo con Teté besándola también en la mejilla. Esta no se opuso ni protesto, solamente cerró los ojos unos instantes, para luego continuar escuchando la historia de Mateo y Sara.

 –El día en que volvió –continuó Sara–, llamó a la puerta sin que yo supiera que era él.  Yo desconocía el día que iba a volver. Al verlo allí en el umbral de la puerta estuve a punto de desmayarme. Creo que si él no me hubiera cogido, me hubiera caído al suelo. Todo mi cuerpo se estremeció y comencé a temblar. No podía parar las lágrimas. Él me cogió en brazos y, bueno . . ., ya podéis imaginaros el resto. Fue otro de los días más maravillosos de mi vida.

 –A partir de entonces las cosas comenzaron a mejorar –continuó ahora Mateo–. Un tío mío nos vio en León y se lo dijo a mi padre y un día éste se presentó por la noche en nuestra casa. Nos reconciliamos. Me dijo que si habíamos podido superar tantas cosas en esos años, era claro que estábamos hechos el uno para el otro. Nos pidió que volviéramos aquí. Mi madre estaba enferma y los dos se encontraban muy solos. Así que decidimos volver.

 –A los que les costó más aceptar la situación fue a mis padres –dijo Sara–. Bueno, en realidad a mi padre, porque mi madre lo aceptó casi de inmediato.

 –Las cosas fueron arreglándose –repitió Mateo–. Con el dinero que aún teníamos nosotros modernizamos un poco la casa y compramos más terrenos. Éramos felices –dijo triunfalmente Mateo–, y el tiempo fue pasando, aunque para mí se había detenido por el hecho de poder estar con ella de forma normal y definitiva. Luego con el tiempo mis padres murieron y me dejaron la finca. Cuando murieron los suyos también nos dejaron la suya, pero la distancia que había entre las dos y la gran cantidad de terreno que significaba para que nos encargáramos nosotros, hizo que la vendiéramos y utilizamos el dinero para mejorar las comodidades de esta. Es la casa abandonada en la que pasasteis la noche ayer.

 –¿Y no tuvisteis hijos? –preguntó Teté.

 –No –dijo Sara–. Lo intentamos muchas veces pero no fue posible –fue la única sombra de tristeza que Guille y Teté vieron en sus caras, aunque sólo duró unos instantes.

 –Ante ese hecho –dijo Mateo–. Pensamos que no valía la pena continuar agrandando la finca. Tal como estaba nos daba el dinero suficiente para vivir bien, así que la dejamos tal como estaba, tal como está ahora.

 –Pero cuanto más grande –dijo Guille–, les hubiera dado más beneficios.

 –¿Para qué? –preguntó Mateo–. Teníamos lo que queríamos, es decir, a nosotros. Vivíamos bien. ¿Para qué queríamos más? No deseaba pasarme trabajando todo el día, sino lo justo para continuar como estábamos y tener más tiempo para estar juntos.

 –Así hemos vivido –intervino Sara– hasta ahora. Así continuaremos viviendo.

 –Que historia más hermosa –reconoció Teté–. A mí me gustaría vivir un amor así.

 –Sólo tienes que encontrar la persona adecuada, y una vez encontrada entregarte a ella con todas tus fuerzas, amarla con toda tu alma –sentenció Sara–. Aunque no sé por qué tus ojos me dicen que ya la has encontrado o que estás a punto de encontrarla.

 Ante ese comentario Guille se puso serio y retiró sus brazos de la cintura de su hermana. Mateo y Sara se levantaron.

 –Bueno, creo que ya es hora de que os vayáis a la cama –dijo Mateo–. Mañana os acercaré hasta la carretera nacional.

FIN DEL CAPÍTULO


 


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